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Tras el gran profeta

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Uno, dos, tres... por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz (*)

Aquel sobresalto que trastornaba mi pensamiento y mi sentir fue dejando espacio a una claridad y tranquilidad inusuales en mí.

Por un conocimiento que rebasaba el propio, tenía claro dónde me encontraba.

Estaba en el valle del Jordán, a unos tres kilómetros al oeste del arroyo donde había visto por primera vez, y de lejos, al gran heraldo y como a 10 kilómetros al sur de Beisan, la ciudad fortificada de los hijos de Cam.

El lugar estaba en los límites de territorio “samaritano”, camino muy frecuentado por los galis y muy mal visto por los habitantes de Judá, debido a su pasado históricamente pagano.

El pequeño poblado se llamaba Ainón.

Frente a él

Como en un cerrar y abrir de ojos, mi querido lector, vi cara a cara un rostro curtido por el Sol y la austeridad.

La vivienda donde estaba, de adobe amasado. Los muros revestidos con cal. El techo, eran vigas entrecruzadas con ramajes. La sobriedad de su habitante coincidía con la modestia de la habitación.

¿Eres tú el gran heraldo? Pregunté con tono de duda.

¿A quién buscas? Replicó enseguida.

Al precursor del Maestro Bueno, contesté esperando un: “yo soy”.

Sin embargo, con tono atrevido y audaz, contestó:

“Conviertan el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres y dejen de seguir a guías ciegos que pretenden guiar a otros ciegos”.

Un profundo e íntimo silencio, querido lector, colmó entonces aquella calurosa habitación.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. Antonio Alonzo @delosabuelos

 

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