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Un concierto inolvidable

La pianista invitada Edith Peña durante su actuación

La OSY y Edith Peña interpretan al gran Brahms

El ceremonioso, algo adolorido concierto No. 1 para piano de Johannes Brahms en la estatura adecuada, las manos de la venezolana Edith Peña, fueron el vaso de alquimia que hizo inolvidable el undécimo recital de la XXXI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).

Anteanoche, en el Peón Contreras, bajo la atenta tutela del maestro Juan Carlos Lomónaco, el público fiel no solamente disfrutó de los pliegues de la enorme pieza romántica, sino también de la tercera suite orquestal del favorito de la plaza, el ruso Piotr Ilich Tchaikowski.

Ademán seguro e imperioso, manos embocadas a la fluencia de la partitura, abriendo los poros juvenilmente atrevidos de Brahms, Edith redobló la espléndida imagen que de ella conservaba el público meridano desde que la escuchara, hace un tiempo, en un Grieg luciente. Por obra de nuestra orquesta y la visitante venezolana nos fue dable disfrutar ese emotivo arranque del enamorado eterno de doña Clara Schumann.

Dudoso su autor entre elevar una sonata para dos pianos o una sinfonía, se decidió finalmente, tras presenciar el triste final de su maestro Roberto Schumann, a ordenar la madeja en un concierto en el que instrumento solista y orquesta se contemplaran con idéntico impulso, ofrendas ambos de un intento experimental, chispas errantes que quedaron esmaltadas tras una labor ardua de erificación ardorosa y meditada.

A través de Edith y nuestra sinfónica recuperamos esa sensación de serena grandeza que arropa el Maestoso dada la decisión de Brahms de infundirle a la orquesta una expresividad frente al solista que casi equipara la pieza con los ánimos de una sinfonía. La pianista visitante —fiesta de firmeza y claridad equiparables— ascendió por las impulsivas líneas del maestro de Hamburgo con pulso vivamente sabio que hizo germinar las cifras temáticas, los reencuentros de grandes y pequeños temas en esa forma sonata levantada con inteligencia que algunos consideraron audaz.

Igualmente, la venezolana nos conmovió con los elementos líricos y la corriente emocional que emerge entre los hilos de cristal del Adagio —agazapada ofrenda a la memoria de Schumann— y alcanzó plenamente a esparcir ese alegre vigor gitano que caracteriza el Rondó final.

El público se volcó en aplausos para agradecer a solista y orquesta por tan grata versión.

La segunda parte del programa se colmó con la orfebrería del ruso de las melodías danzarinas e inolvidables, el Tchaikowski que el público de nuestra orquesta admira en primeros términos y demanda, temporada tras temporada.

De las cuatro suites orquestales, como sinfonías en miniatura, escritas por don Piotr Ilich, escuchamos la preñada con mayor belleza y lentamente elaborada: la No. 3 en Sol Mayor op 55.

En la casa campestre de uno de sus ricos cuñados, Tchaikowski, quien padecía un lapso de esterilidad creativa, se probó a si mismo su capacidad al donarnos esta pieza dividida en cuatro movimientos, el primero de los cuales una Elegía con dos temas melódicos y tiernos que abren sigilosamente una ventana a la esperanza.

Sigue un vals, luciérnaga que juega a las escondidas entre la melancolía y la herencia folclórica del entorno campestre y da paso al Scherzo, exuberante orquídea que se abre con ritmo de tarantela, rico en combinaciones tímbricas, pregones de súbita alegría.

Al final, un tema con doce variaciones resulta el eslabón mas largo de la suite. El maestro salta en pos de una saeta, transita de ritmo en ritmo, asocia motivos, enfatiza expresiones, dando a diversos instrumentos —flauta, clarinete, corno ingles y un violín travieso— ocasión de romper cerrojos y lucirse entre los andamios de un mundo en que folklore y academicismo se fusionan.

Fue este fragmento en el que, según documentación epistolar, trabajó don Piotr con mayor ahínco, placer y soltura. Fue así que el oído de quienes admiran al compositor ruso halló esa vena que tanto satisface. El tributo de aplausos correspondió con generosidad la bella versión.— Jorge Álvarez Rendón

 

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