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Un sabor inolvidable

El cronista Jorge Álvarez Rendón

Charla de Jorge Alvarez sobre “El p’o’k’ebán”

La historia no es nueva, su esencia y protagonista siguen siendo los mismos, verídica y difícil de creer, escalofriante, así es “El p’o’k’ebán”, un ancestral ritual mortuorio propio de la cultura maya que muy probablemente aún persiste en nuestros días que en la ágil narrativa del maestro Jorge Álvarez Rendón, cronista de la ciudad, traspasa el umbral de lo inverosímil.

Quizá hay elementos que el autor cambia con respecto a su relato original, pero lo ha hecho en aras de hacerlo más cercano al público de ayer: alrededor de 80 estudiantes de la Preparatoria Yucatán, reunidos en la biblioteca del Centro de Apoyo a la Investigación Histórica y Literaria de Yucatán en el inmueble que albergó alguna vez al Diario del Sureste.

“El p’o’k’ebán” es una de esas historias revestida con la temporalidad del Janal Pixán, tan real y tan cierta, que en buena medida este elemento puede capturar la atención de un auditorio que, por espacio de casi 40 minutos, se olvidó por completo de sus dispositivos móviles y sus múltiples aplicaciones.

La historia le sucedió al maestro Jorge Álvarez en sus mocedades. Con apenas 15 años cumplidos en aquel 1961, el relato comienza con una revisión de acontecimientos, personajes, modas y costumbres propios de aquella época a manera de contexto; datos la mayoría desconocidos por el auditorio y otros un poco más renombrados.

Originalmente el hecho le ocurrió con su familia, pero el autor se da el permiso de ajustar un poco para complacer a los jóvenes y acercarse más a ellos y tratando de dar ese mensaje de que, adolescentes de ayer, adolescentes de hoy, son iguales por naturaleza. Para quienes conocen el relato original, pronto entendimos que la adaptación era un pretexto ficticio, pero su trasfondo es real.

Todo ocurre en Sotuta, la ocasión, un funeral con todo lo que esto implica en una comunidad apartada de la capital yucateca: los llantos, los desgarradores gritos de dolor de los deudos, los luengos rosarios de interminables misterios y letanías en medio de olor a incienso y ruda… exequias que se prolongan por horas y que pronto se traducen en una sensación de hambre en el imberbe Jorge.

A punto de desfallecer, en la casa del finado, se abre una puerta y en la habitación hay una mesa de albo mantel y aroma flores que le decoran y, en medio, el exquisito relleno negro con abundante pavo y bolas de but, despidiendo un aroma seductor que invita a probar. Una mestiza de rostro serio y voz solemne anuncia: “el relleno del muerto está servido”.

No hubo segundo aviso, tal era el hambre del joven, tan tentador el manjar dispuesto, tal la abundancia del mismo, que en pocos minutos él ya disfrutaba de la comida.

Sin embargo un detalle deja intrigado a Jorge, ¿por qué todos miran y nadie se sirve como ellos?, ¿por qué él y sus padres son los únicos que ante tanta delicia y abundancia, comen hasta saciarse mientras todos callan?

Al momento de despedirse la viuda, una mujer anciana que les regala mazapanes y dulces de despedida, les agradece por cargar con los pecados del finado, ¿qué significaba esto? El misterio se develizaría horas después, en la carretera, camino a Mérida, cuando Jorge pregunta al chofer de la camioneta en la que viajan, pariente del finado y vecino de aquel poblado el por qué de estas palabras. La respuesta impactó al protagonista: por el sentido místico de lo que había hecho y por la forma en que el relleno negro estaba hecho.

“El p’o’k’ebán” es un ritual fúnebre maya, sincretismo de la cultura maya y española, en el que el cuerpo del finado es bañado en agua de ruda y purificado, literalmente, de toda impureza física, y con esa agua se elabora el relleno negro a fin de que a través de los alimentos, el difunto vaya dejando sus pecados en esta tierra entre aquellos que deseen ayudarle en este trance cargando al interior de sus cuerpos, en los alimentos, las impurezas espirituales… y físicas, algo que, no todos los mayas estaban dispuestos a hacer.

A partir de ese momento, el autor, ve con cierto recelo este tradicional guiso aunque reconoce que su elaboración se da generalmente en circunstancias mucho más higiénicas, pero señala que, aun hoy día, es probable que en comunidades muy retiradas, al sur de los límites territoriales de Yucatán con Quintana Roo, aún persiste el ritual.

La historia causó risas y divertidos comentarios entre los ahí reunidos, entre incredulidad y temor de probar el relleno negro.— Emanuel Rincón Becerra

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