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Vacunas contra el Covid no generan proteínas dañinas

Las vacunas contra el Covid-19 de las farmacéuticas Janssen

MADRID (EFE).— Las proteínas de la espícula generadas por las vacunas contra el Covid-19 ni son tóxicas ni se propagan por el cuerpo de forma dañina como afirman mensajes virales a partir de las declaraciones de dos científicos que malinterpretaron investigaciones médicas, de acuerdo con expertos consultados.

En las últimas semanas se difundieron numerosas publicaciones en redes sociales que alertan que las “proteínas pico”, generadas por las vacunas contra el Covid-19, son tóxicas y se distribuyen por el cuerpo a través del torrente sanguíneo.

Las “proteínas pico” a las que se refieren dichos mensajes son las proteínas de la espícula (“spike”, en inglés) también traducida en ocasiones como “espiga” o simplemente “proteína S”.

Las publicaciones citan o reproducen sendas entrevistas con el cardiólogo estadounidense Peter McCullough y el inmunólogo canadiense Byram Bridle.

Ambos médicos apuntan que las vacunas pueden causar así daños mortales.

Interpretación errónea

Para fundamentar sus argumentos sobre la circulación y la toxicidad de la proteína de la espícula, McCullough y Bridle citan una investigación de la Universidad de Harvard y un informe de la Agencia Japonesa de Productos Farmacéuticos y Médicos, cuyos resultados interpretan erróneamente, según responsables de esos estudios y autoridades sanitarias.

Por otra parte, los sistemas de vigilancia de las agencias de medicamentos internacionales no han detectado los efectos adversos mencionados después de que se hayan administrado 3,000 millones de dosis en todo el mundo.

Las vacunas contra el Covid-19 contienen la proteína de la espícula porque esta es fundamental para que se produzca la infección del SARS-CoV-2 y el objetivo es generar una respuesta contra ella.

Cuando una persona recibe la vacuna, el sistema inmunitario reconoce esta proteína viral como un agente extraño y produce anticuerpos y células frente a ella.

Carlos Fernández Moriano, del Consejo General de Colegios Farmacéuticos, expone que “la evidencia hasta ahora disponible indica que la proteína S sintetizada tras la administración de las vacunas de ARNm no se distribuye por el organismo a través de la sangre, sino que únicamente se expresa a nivel local”.

Tanto McCullough como Bridle se refieren a una investigación de la Universidad de Harvard a la que atribuyen la evidencia de que las proteínas de la espícula generadas por las vacunas de ARN mensajero circulan por la sangre y se acumulan de forma tóxica.

En declaraciones a Efe, uno de los autores del estudio, David R. Walt, cita concretamente a Bridle para decir que “malinterpreta por completo los resultados”.

“Los niveles de espícula que medimos son tan bajos que no causan los efectos que él afirma”, añade Walt.

“Nuestros datos demuestran que la vacuna funciona según lo previsto”, concluye este profesor de Patología de la Universidad de Harvard.

Otra mala lectura

En el caso del informe de las autoridades japonesas, la lectura de Bridle también difiere de las realizadas por agencias internacionales que aprobaron el uso de estas vacunas.

El documento recoge un análisis de Pfizer sobre la distribución en el organismo de su vacuna, que fue incluido en la evaluación de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) sin que ello afectara a su aprobación.

La EMA señala que el estudio se hizo con ratas de laboratorio y que las dosis inyectadas eran entre 300 y 1,000 veces mayor de las que reciben los vacunados.

El análisis no afirma que las proteínas de la espícula circulen por el organismo sino que son los lípidos —los compuestos que se encargan del transporte de ARNm a las células— los que tienen ese comportamiento.

Además, la presencia de estos lípidos en el plasma se redujo a un máximo del 1 por ciento a las 24 horas de la inoculación.

Las afirmaciones del cardiólogo estadounidense Peter McCullough y el inmunólogo canadiense Byram Bridle tergiversan los estudios que citan, cuyos resultados no prueban que las proteínas de espícula se acumulen en el organismo de forma tóxica poco después de la vacunación contra el Covid-19, lo que tampoco ha sido detectado por los sistemas de vigilancia cuando el 23% de la población mundial ya recibió al menos una dosis.

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