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Valoración de la anticoncepción

Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

La anticoncepción y la esterilización, los medios contraceptivos, abortivos… donde se impide la vida o se mata la fuente de la vida o incluso la vida misma, es el caso de los medios abortivos. El mal moral en todo esto está en que el hombre y la mujer se colocan por encima del vínculo estructural y muy profundo existente entre el amor y la fecundidad.

Poniéndose en el lugar del Creador, se afirman a sí mismos como los señores que quieren dominar a su gusto, disociando voluntariamente las dos significaciones de la sexualidad: unión mutua y procreación. Y al mismo tiempo que manipulan la sexualidad humana y se colocan como árbitro y señores del designio divino, los esposos cesan, por la contracepción, de aceptarse y donarse mutuamente uno al otro según la verdad de su ser a la vez físico y espiritual.

La mujer acoge al marido pero con el rechazo a su gesto inseminador; el hombre recibe a la mujer, pero con la activa negación de su ritmo fisiológico y psicológico propio. Conjuntamente, el hombre y la mujer se acogen uno al otro en la exclusión de una apertura, simplemente posible, a la vida del hijo.

¿Es lo mismo esto que los métodos naturales?

De ninguna manera. La actitud espiritual y ética de los esposos en este caso es distinta. Aquí también en los métodos naturales, ciertamente, los esposos buscan evitar un nacimiento, pero lo hacen por un procedimiento cuyo alcance moral es totalmente diverso. Eligen simplemente unirse cuando, independientemente de su voluntad, el vínculo entre el amor y la fecundidad está como en suspenso y es inoperante, pero siempre abiertos a la vida, si viniera.

Al hacer esto, no se erigen en señores de ese vínculo estructural, sino que se comportan más bien como sus servidores o ministros diligentes, como custodios responsables del vínculo, inscrito en el ser y querido por Dios, entre el don mutuo de las personas y su apertura a la vida.

Simultáneamente, por el recurso de los métodos naturales, el hombre y la mujer se acogen recíprocamente y se entregan el uno al otro en el respeto de su ser íntegro, a la vez espiritual y carnal. La mujer recibe al hombre en la acogida de su sexualidad concreta; el hombre recibe a la mujer en la aceptación de su ritmo específico y de los tiempos que le son propios.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética

 

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