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Velada de belleza y lirismo

Bajo la batuta de Juan Carlos Lomónaco

Angélica Olivo se une al homenaje para Beethoven

Una bella venezolana —Angélica Olivo— se propuso sostener con su violín el pródigo equilibrio —entusiasmo y lirismo— del Concierto en Re Mayor Op. 61 de Ludwig Van Beethoven como primera y mayúscula silueta en aparecer por los 250 años del nacimiento del fructífero autor alemán.

En el tercer recital de su XXXIII temporada, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), anteanoche, en el teatro José Peón Contreras, gratificó a sus adeptos con el obraje de otros dos músicos: el amadísimo Tchaikovsky y el poco conocido entre nosotros Georges Enescu desde la hábil batuta del titular, maestro Juan Carlos Lomónaco.

Sin resquicios de debilidad o fugas de interés, afiliado por igual a dictámenes clásicos y románticos, ya con la genuina voz de don Ludwig, el Op. 61 forma —con los de Brahms y Tchaikovsky— el trío favorito tanto para intérpretes como públicos.

Concebido como una colaboración de mutuo acompañamiento entre orquesta y solista, sin menoscabo del lucimiento de éste, como lo prueban las dobles exposiciones en el primer, extenso movimiento, esta pieza dio apertura a mayores libertades dentro del género.

Vestida con el rojo que asociamos a la pasión, Angélica resultó un tanto comedida en aplicarla desde el ingreso en ese Allegro ma non troppo cuyas series arpegiadas y escalas demandan asomos de expresividad más evidente. Esa tibieza influyó asimismo en la justeza tímbrica y la percepción del fraseo en las ágiles ligaduras. Asimismo, a algunos aficionados les pareció advertir que se seleccionó un tempo más reposado del habitual.

Más fértil en resultados transcurrió el segundo movimiento —Larguetto— en que los tres temas y sus variaciones poseen un lirismo propio de romanzas. En el instante del rondó final, cuya idea temática permite a solista y orquesta crecer en vigor y entusiasmo dentro de cierto carácter danzable, es posible que nos halláramos ante la misma debilidad expresiva. Generoso, el público tributó a la visitante prolongado aplauso.

Tras el intermedio, la velada prosiguió con el más apreciado de los compositores para el gusto meridano: Piotr Ilich Tchaikovsky retornó con su ardoroso melodismo aupado en el pentagrama de la obertura fantasía para el ballet “Romeo y Julieta”.

Frente de batalla entre dos pasiones —el poder y el amor— el fragmento —con raíces en Shakespeare— requirió toda la perseverancia de nuestra orquesta para emerger con sus famosos temas, el de las familias enemigas y el de los adolescentes en mala hora enamorados que se suceden o combinan, entretejidos sin tocarse, siempre próximos y nerviosamente incendiados de belleza. Con alientos de danza o de combate, la correcta lectura del maestro Lomónaco arrancó aplausos y vítores.

El recital dio fin con Enescu, quien llegaría a ser el más afamado compositor rumano por servir de detonante a la música popular traspasada al ámbito académico. Para esta ocasión nos fue ofrecida la primera de sus Rapsodias rumanas.

La añoranza folclórica inicial llega con la canción “Tengo una moneda y con ella voy a beber” cuyo travieso tema —primero en alientos y después en cuerdas— dará oportunidad para expansión y variantes antes que un motivo más sereno peregrine brevemente para acceder a un efusivo, climático final.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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