in , ,

Virtuosismo puesto a prueba

Tres piezas llenas de sentimientos, a cargo de la OSY

Es difícil no caer en el encanto de la elocuente, amparadora de mitos y robusta voz del “führer” del romanticismo alemán Ricardo Wagner que, anteanoche, abrió el tercer concierto de la trigésima temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), en su teatro sede, el Peón Contreras.

Un director polaco —Piotr Sulkowski— fue invitado para regir esta velada en la cual escuchamos el Concierto para oboe y arpa del también polaco Witold Lutoslawski y la impresionante tercera sinfonía de aquel solterón de Hamburgo llamado Johannes Brahms.

Un preludio, el de la comedia “Los maestros cantores”, fue lumínica ventana por la cual ingresamos al paisaje de la Nuremberg medieval. Desde los primeros acordes, la garra descriptiva y el raro sentido del humor de Wagner escarba en las emociones del oyente para ubicarlo en una atmósfera donde entrechocaban talento e intrigas, creatividad y bajas envidias.

El compositor nos permite rastrear algunos de los temas de la pieza: el entusiasmo del maestro Hans Sachs, el afán que impulsa las técnicas literarias y el de los encuentros de rivales en el seno de la comunidad de asociados poetas. Un mundo melódico en el que los impulsos wagnerianos, tan heroicos, están momentáneamente controlados. Los copiosos aplausos comprobaron el agrado del público ante la versión ofrecida.

 

Dos valiosos integrantes de la OSY —la arpista Ruth Bennett y el oboísta Alexander Ovcharov— se encargaron de actualizar el concierto, pieza de encargo de los años de plena madurez de don Witold.

Algo debemos adecuar el oído a la sonoridad imprevista, sin orillas definitorias, cuando de herederos del atonalisto vienés y otras exploraciones vanguardistas se trata. Con el lenguaje de Lutoslawski, incluso el de la madurez, estamos, como ante la verificación de un Lezama Lima, en el campo del jugueteo, las asociaciones eclécticas y el afán intencionalmente desconcertante, acaso burlesco.

En este concierto para arpa y oboe, el compositor polaco se deja llevar por un ramillete de tendencias (remedos de Bartok, ritornellos barroquistas, legados del atonalismo, fantasmas armónicos de Cage) para condicionar un texto que sirviese al prurito perfeccionista de los hermanos Hollinger que se lo encargaron.

Bennett y Ovcharov se adaptaron a las revelaciones de la pieza, cuyos tres instantes se suceden sin rupturas ni interrupciones ociosas. El texto —“fastuoso postulado de unánimes, urgentes discrepancias”— transita dentro del marco de cuerdas y percusiones con cauda de irónica, persistente comicidad ante las exigencias interpretativas. El correcto escrutinio del director huésped y la destreza del par de solistas aparentemente obtuvieron el beneplácito de los aficionados.

La segunda parte del programa se apoyó en la robusta naturaleza de don Johannes. Nada menos que en los acordes de la más emotiva y amada de sus sinfonías, la tercera, con la cual obtuvo liberarse un poco más de la sombra de Beethoven, frente a la cual fue siempre tan cauto, para utilizar su propia sintaxis mesurada y plena de autodominio.

Cuatro movimientos se suceden para plasmar un cuadro donde la energía vital y la tristeza ante el amor insatisfecho conviven alternando sus voces con suprema maestría. Por instantes, la masa orquestal escala el entusiasmo vivaz y soberanamente, en tanto en otros esparce granos del mayor lirismo, fragmentos de una íntima desolación que nos estremece.

Más que el allegro con brío, cuya combinación de heroísmo y ternura nos admira; más que el rural scherzo del segundo movimiento, es el tercero, poco allegretto, el que nos atrapa el alma con su intensa melancolía. Fue Francoise Sagan quien en su novela “¿Le gusta Brahms?” dejó la clave temática: el amor de un joven por una mujer mayor, el que experimentó el compositor, desde los 24 años, por Clara, quien fuera la esposa de su ídolo Roberto Schumann, sin haber logrado nunca la correspondencia. Por eso, una sola frase se reinterpreta una y otra vez con diferentes instrumentos dejando un tristísimo, pensativo remanente.

Cierra la pieza con un lapso de gran tensión emocional, con tres temas que se desarrollan en amplitud y desemboca, en un tratamiento lentísimo en el que retorna el tema del primer movimiento que patentiza la resignación, actitud opuesta esencialmente al ideario beethoveniano.

Aunque solo fuese en opinión de un puñado de oyentes, el cronista entre ellos, pues la mayoría de los asistentes, generosísimos, aceptaron la versión con entusiasmo, creemos que —dicho con respeto— a don Piotr se le debió ofrecer, tras bambalinas, una taza grande de chocolate con canela para que a algunos pasajes significativos se asomara el viejo Brahms con algo más de pasión.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

Doctor Who

Serie “Doctor Who” llegará a Latinoamérica con su temporada 11

Sofía Vergara y Ninel Conde

“Arreglitos” de Sofía Vergara y Ninel Conde son criticados por sus fans