Columna 7. Transformación institucional de la 4T

domingo, 21 de junio de 2020 · 02:00

Por Dr. Pablo Pérez Akaki

Tendría que ser uno tonto para desear que a un gobierno le vaya mal, porque eso significa que nos irá mal a todos. Sería una estupidez mayor aún emprender un plan contra el fracaso de un gobierno, sabiendo que todos saldríamos perdiendo. Sin embargo, la pandemia parece que ha despertado innumerables quejas hacia esta 4T e insatisfacciones, tal vez desencantos, respecto a las expectativas tan altas que generó la llegada de López Obrador a la presidencia. No ha sido gratis ni ha sido una estrategia orquestada desde los partidos contrarios, los adversarios, los “conservadores”. Todos los días tenemos decisiones polémicas, preocupantes, poco convincentes. Todos los días tenemos declaraciones fuera de lugar, mostrando ignorancia, insensibilidad, radicalismo, en el mejor de los casos terquedad, pero siempre con palabras de descalificación de confrontación, de división entre la sociedad. No es entonces coincidencia que, al interior de los hogares, entre familiares, entre amigos, haya divisiones ideológicas que se profundizan y se manifiestan con distanciamientos y agravios. Sostengo con ello que el Presidente debería ser el modelo de unidad, de congruencia y de respeto a las reglas, entre ellas las sanitarias. No exactamente lo contrario , lo cual además se encarga de presumirlo repetidamente por doquier, mostrando que la autoridad, les guste o no, es él. Siempre he comparado el desempeño de nuestro ejecutivo con el del vecino del norte. Existen muchos puntos en común entre ambos, entre ellos tachar de “complot” a todo aquello que les contradiga, aunque ahora se usen otros conceptos. Ambos parecen sentirse infalibles, sin capacidad de escuchar otras voces, imposibilitados para la autocrítica. Los dos ganaron en procesos democráticos que los llevó a la Presidencia, uno de manera sorpresiva y el otro después de muchos años de lucha, sin embargo lo que han logrado contundentemente es aumentar el conflicto y las divisiones en la sociedad. Cuando hay retos del tamaño de la pandemia que nos azota, esta división no parece ayudar absolutamente en nada. Estados Unidos tiene reelección presidencial este año, en México se renovará el Congreso el próximo. Parece que la pandemia llegó a evidenciar las limitaciones que ambos tienen al momento de enfrentar grandes retos. Bajo un discurso similar, han buscado regresar a las actividades económicas prematuramente cuando la pandemia muestra sus peores momentos, presionados por la devastación económica que se ha presentado, pero incapaces de encontrar una alternativa que aminore la crisis y garantice la salud a sus ciudadanos. En cambio, sí tienen a quien culpar de sus malos resultados, ya sean chinos o conservadores, se anclan en fundamentalismos que no caben en este convulsionado planeta, uno en el nacionalismo discriminatorio – americano pero blanco – y el otro en un intangible utópico – el pueblo sabio y maduro políticamente. Ambos terminarán dejando su puesto, tarde o temprano, con profundas divisiones internas, que tardarán en borrarse. En nuestro caso, además vendrá con daños severos a las instituciones públicas, las que queden pues parece que se quiere acabar con todo – centros de investigación, centros de salud, organismos reguladores, centros para atender las desigualdades sociales, organismos para las elecciones – proponiendo, en el mejor de los casos, que las funciones sean asumidas por las dependencias federales. Si lo que se busca es el bienestar del pueblo, estos organismos deberían ser los mejores vehículos para lograrlo, no un estorbo como quiere demostrarse. Estos deberían ser de la sociedad y para la sociedad y ponerlos en manos del ejecutivo es la peor amenaza al pueblo mismo.—Mérida Profesor investigador de tiempo completo, UNAM FES Acatlán, Posgrado en Economía Texto

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