Marcas que dejó el 11-S

Testimonios de sobrevivientes del ataque terrorista

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Testimonios de sobrevivientes del ataque terrorista Respirando a través de una máscarilla de oxígeno en una cama de hospital, Wendy Lanski se dijo a sí misma: “Si Osama bin Laden no me mató, no moriré de Covid”. Casi dos décadas antes, la gerente de seguros médicos escapó del piso 29 de la torre norte, y corrió descalza a través de la nube de polvo del colapso de la torre sur. Once de sus colegas de la empresa Empire Blue Cross Blue Shield murieron. “Lo único bueno de sobrevivir a una tragedia o una catástrofe de cualquier tipo es que definitivamente te hace más resiliente”, dice Wendy, quien fue hospitalizada debido al Covid-19 —al igual que su esposo— durante dos semanas en las que estuvo entre la vida y la muerte, en la primavera de 2020. Pero “sobrevivir es sólo la primera parte del viaje”, agrega Wendy, de 51 años, de West Orange, Nueva Jersey. Entrevistada junto con otras personas que ofrecen su testimonio de aquel día, Wendy tiene las Torres Gemelas, “9/11/01” y “sobreviviente” tatuados en el tobillo. Pero los ataques también le dejaron otras marcas que no eligió. Imágenes y sonidos de personas y cristales al caer se incrustaron en su memoria. Le diagnosticaron sarcoidosis en 2006, dijo; el gobierno federal concluyó que la enfermedad inflamatoria puede estar relacionada con el polvo del World Trade Center. Y se pregunta: “¿Por qué yo estoy aquí y 3,000 personas no lo están?”. Con el tiempo, aceptó no saberlo. “Pero mientras estoy aquí, tengo que hacer que cuente”, dice Wendy, quien ha hablado en escuelas y viajado a conferencias sobre víctimas del terrorismo. “Tengo que compensar a las 3,000 personas que perdieron la voz”.

Un hombre con túnica

Enterrado en la oscuridad y bajo seis metros de escombros de ambas torres, Will Jimeno estaba preparado para morir. El novato de la Autoridad Portuaria de Nueva York y del Departamento de Policía de Nueva Jersey sentía un dolor punzante por un muro derrumbado que inmovilizaba su costado izquierdo. Su compañero, el oficial Dominick Pezzulo había muerto a su lado. Escombros en llamas habían caído sobre el brazo de Jimeno y calentaron tanto el área atiborrada que el arma de Pezzulo se disparó y mandó una ráfaga de balas más allá de la cabeza de Jimeno. Había gritado para pedir ayuda durante horas. Estaba muy sediento. “Si muero hoy”, recuerda haber pensado, “al menos morí tratando de ayudar a la gente”. Entonces Jimeno, quien es católico, tuvo lo que describe como la visión de un hombre con túnica que caminaba hacia él, con una botella de agua en la mano. Vamos a salir, le dijo al sargento John McLoughlin, quien estaba atrapado con él. Pasaron horas de aguantar el dolor de espalda, de pensar en rescates en desastres pasados y de hablar para mantenerse alertas antes de que fueran hallados y rescatados extenuantemente por exinfantes de la Marina de los Estados Unidos, oficiales de la policía de Nueva York, un exparamédico y bomberos, entre escombros que se movían y caían, y llamaradas resplandecientes. “Si usted quisiera imaginar cómo es el infierno, probablemente era esto”, recuerda el entonces oficial de policía de Nueva York Ken Winkler. Jimeno fue rescatado alrededor de las 11 de la noche; McLoughlin, a la mañana siguiente. Jimeno se sometió a cirugías y una larga rehabilitación. Pero dice que su recuperación psicológica fue más difícil. Cosas triviales lo hacían enfurecer —alimentadas, ahora se da cuenta, por la ira debida a la muerte de colegas y personas a quienes los rescatistas no pudieron ayudar—. A veces, dice, pensó en el suicidio. Le tomó tres años y varios terapeutas antes de que lograra dominar sus arrebatos. Le ha ayudado contar su historia en charlas, en la película de Oliver Stone “World Trade Center”, de 2006, y en los dos libros recién publicados de Jimeno: el libro ilustrado para niños “Immigrant, American, Survivor” (“Inmigrante, Estadounidense, Sobreviviente”) y “Sunrise Through the Darkness” (Amanecer a Través de la Oscuridad”), sobre afrontar el trauma. El veterano de la Marina de los Estados Unidos nacido en Colombia espera que la gente vea en su historia “la resiliencia del alma humana, el espíritu estadounidense” y el poder de personas buenas que se unen en momentos malos. El 11 de septiembre “me motiva a vivir una vida mejor”, dice Jimeno, de 53 años, de Chester, Nueva Jersey. “La forma en que puedo honrar a los que perdimos y a los que resultaron heridos es vivir una vida fructífera, ser un ejemplo para otros de que el 11 de septiembre no nos destruyó”.