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¿El lenguaje tiene el poder de erradicar la discriminación por género?

lenguaje incluyente
Foto de Fernando Vicente.

Resistir desde el idioma: El desdoblamiento y el uso de símbolos son herramientas de lucha en la lengua española para hacer visible lo femenino en el habla pública.

¿Se puede luchar desde la gramática por el respeto a los derechos humanos de la mujer? ¿El lenguaje tiene realmente el poder de erradicar la discriminación por género?

De eso están convencidos quienes incurren en la “desobediencia lingüística” para hacer visible la figura femenina en el habla pública.

Desobediencia porque desacatan la norma que indica que, en español, “los sustantivos masculinos no solo se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, sino también, en los contextos apropiados, para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos”, según describe la Real Academia Española.

Así, en el discurso recurren a desdoblamientos (“todas y todos”, “niñas y niños”, “ciudadanas y ciudadanos”); al nombramiento de profesiones y cargos en femenino (“médica”, “música”, “árbitra”), y al uso de símbolos como la arroba y letras como la e y la equis para evadir el genérico masculino (“tod@s”, “todes”, “todxs”).

Estas estrategias las utilizan también colectivos como el LGBTTTIQ a fin de abrir el habla pública a más identidades.

Desobediencia lingüística

La desobediencia a partir del lenguaje inclusivo es uno de los fenómenos que caracteriza a los feminismos contemporáneos, recuerda Virginia Cristina Carrillo Rodríguez, maestra en Cultura y Literatura y profesora del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM.

“A pesar de la oposición de muchas personas, indistintamente hombres y mujeres, ha permeado en muchos círculos del habla pública”, destaca. “Es difícil encontrar políticas y políticos que no se refieran a la ciudadanía con el desdoblamiento de la lengua. Esa visibilización de lo femenino se ha conseguido a partir del uso cotidiano del lenguaje inclusivo”.

Es común, dice la maestra Carrillo Rodríguez, que a quienes usan este lenguaje se les “regañe” por ir contra la norma del génerico masculino, que “incluye a las mujeres en un todo que se refiere a lo humano”.

“Por supuesto que conocemos la norma”, continúa; “sabemos que la estamos transgrediendo para visibilizar epistémicamente la diversidad de identidades genéricas y que se convierta en una presencia política”.

“La tradición patriarcal ha impuesto al hombre como modelo de lo humano y eso es lo que se busca cambiar con el lenguaje inclusivo”.

“Nunca se van a poder nombrar todas las posibilidades de identidad existentes en el mundo, pero sí abrir las formas para que quepan otras identidades; principalmente, romper con la opresión del sistema patriarcal que pone a las mujeres como objeto de lo masculino”.

Si estas formas terminarán por cambiar las reglas del español “nos lo dirá el avance de la historia de la lengua, que las academias registran tomando nota de los nuevos usos que hacemos del idioma”.

Por lo pronto ya se observa claramente su influencia en los ámbitos cultural y académico.

Nombrar para existir

¿Cambia en algo nuestro entorno social cuando se modifica nuestro modo de hablar? “El lenguaje, al nombrar, hace que las cosas existan, de esta manera cambia nuestra forma de entender y transitar por el mundo”, precisa la maestra Carrillo.

“Hay opositoras al lenguaje inclusivo que dicen que no les beneficia en nada que las nombren cuando lo que quieren es tener un sueldo en igualdad de condiciones que los hombres o las mismas oportunidades. Pero conseguir esa igualdad sustantiva también pasa por el terreno de la lengua, por la forma en que nombramos al mundo”.

Una de las mujeres que ha hecho pública su oposición al lenguaje inclusivo es la filóloga Concepción Company Company, integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, quien apunta que en las sociedades cuyo idioma carece de genérico masculino —por ejemplo el inglés— no necesariamente se garantiza un trato igualitario a mujeres y hombres.

“Diría, en diálogo con la opinión de Concepción Company, que sí es un fenómeno ligado a los países hispanohablantes, a la historia de la colonialidad y la dominación; por eso ha tomado este rumbo en el caso de nuestra lengua”, afirma la maestra Carrillo Rodríguez.

Por lo demás, “cuerpo de mujer no es sinónimo de feminismo”, agrega la entrevistada, quien evoca los análisis de la antropóloga Ochy Curiel para señalar que “existen muchas mujeres que son tan patriarcales como muchos varones que defienden la norma de lo masculino”.

“Eso puede ocurrir por la necesidad de adaptarse al mundo ordenado en función del varón adulto blanco propietario paterfamilia, el centro del mundo social en que vivimos. Hay muchos hombres y mujeres que se oponen a esta rebeldía lingüística, es una cuestión de posicionamiento ideológico”.

Los habitantes del Estado no han sido ajenos a esta transgresión, asegura la maestra Carrillo. “Veo que se utiliza cada vez más, tanto en el uso oral de la lengua como en el escrito; lo veo en los campos del desempeño humano en Yucatán: la academia, la escuela, el activismo, entre pares, entre grupos de amigues. Es muy utilizado”.

Perspectiva de género

En 2016, la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim) en México publicó el “Manual de lenguaje incluyente con perspectiva de género” con el propósito de promover una forma de hablar que “visibilice la presencia, la situación y el papel de las mujeres en la sociedad en general y en el discurso de la administración pública en particular, tal y como ocurre con los hombres”.

Su autora, María Julia Pérez Cervera —fundadora de Defensa Jurídica y Educación para Mujeres, S.C., y cofundadora de la asociación civil Ciudadanas en Movimiento por la Democracia y Ciudadanía—, recuerda en la introducción que la lengua “no es más que el reflejo de los valores, del pensamiento, de la sociedad que la crea y utiliza”.

“Nada de lo que decimos en cada momento de nuestra vida es neutro: todas las palabras tienen una lectura de género”, advierte. “Así, la lengua no solo refleja sino que también transmite y refuerza los estereotipos y roles considerados adecuados para mujeres y hombres en una sociedad”.

En el capítulo 3, “El sexo de las personas y el lenguaje”, Pérez Cervera señala algunos “cambios que hay que comenzar a hacer”:

—No usar el femenino para lo privado o de una manera que denote posesión de las mujeres: “La mujer de Pedro”, “Le otorgó la mano de su hija”.

—No usar frases estereotipadas que consoliden roles tradicionales asignados al género femenino: “La gallina protege a sus pollitos”, “Si quería trabajar ¿para qué tuvo hijos?”.

—No usar el masculino como universal: “El mundo es de los hombres”, “El origen del hombre”, “Los jóvenes de hoy”.

—Dejar de utilizar supuestos genéricos que son masculinos: “Los alumnos que no se han matriculado”, “Los ciudadanos que acudieron a votar”, “En aquel tiempo el hombre era nómada”.

—No hacer saltos semánticos comenzando a hablar en masculino como si fuera genérico y continuar con una frase que se refiere solo al masculino: “Los mexicanos viajan siempre con su esposa y sus hijos”, “Los indígenas que trabajan la tierra cuentan con la ayuda de las mujeres de la comunidad”.

—No usar falsos duales: “zorro/zorra”, “astuto/astuta”.

—No usar fórmulas de tratamiento que implican inferioridad, menosprecio o infravaloración: “Fox y Martita”, “Plácido Domingo y la Caballé”, “El diputado González y la diputada Paty”.

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