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El Festival de Avándaro, una "válvula de escape" para un yucateco

Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.
Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.
Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.
Notas publicadas en el Diario en septiembre de 1971.
Notas publicadas en el Diario en septiembre de 1971.
Portada del libro de Luis de Llano. Foto de Graciela Iturbide para el libro "Yo estuve en Avándaro".
Portada del libro de Luis de Llano. Foto de Graciela Iturbide para el libro "Yo estuve en Avándaro".
Fotos de Graciela Iturbide en el libro "Yo estuve en Avándaro".

Reportes de prensa lo describieron como “el primer festival ‘estilo Woodstock’” en México, que “paz y amor” era la frase de identificación de los asistentes y que algunos de éstos debieron caminar hasta 80 kilómetros para llegar al sitio del evento.

La mayoría de las reseñas destacó, sin embargo, aspectos negativos, como dio cuenta el Diario: que por Valle de Bravo se vio a una población “con vestimenta, pelo y maneras extravagantes que hizo refugiarse a los reales pobladores”, que los jóvenes “fuman mariguana ante la mirada de gente extraña, que se supone sean policías encargados de guardar el orden” y que el programa significó “más de 12 horas de delirio, degeneración”.

Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.

Para el yucateco Abraham Wejebe Gómez el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, del que este mes se cumplen 50 años, fue “un desahogo, una válvula de escape para los jóvenes de aquella época”.

El músico y deportista, nacido en el Estado y que por ese entonces residía en Ciudad de México, recuerda que al programa musical —efectuado el 11 y 12 de septiembre de 1971 en el poblado de Avándaro (Tenantongo), perteneciente al municipio de Valle de Bravo, Estado de México— “había gente de todas las clases sociales, gente grande, familias”.

“Nunca vi ningún desmán ni que empezaran a hacer revueltas”, añade Wejebe Gómez, quien atribuye los reportes de prensa negativos a la “manipulación del gobierno para hacerse con la política a su favor; exageraron las cosas diciendo que había mucha droga, personas haciendo el amor al aire libre.., eso no es verdad, al menos yo no vi nada de eso”.

Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.
Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.

Al evocar para el Diario su asistencia al festival, dice que acudió con un primo y un tío que tenían la misma edad que él: 20 años. Compró los boletos —a 25 pesos cada uno— en la agencia automotriz Automex de la avenida Ferrocarril Hidalgo y el sábado 11 los tres tomaron el autobús hacia Toluca, de donde se dirigieron a Valle de Bravo. “Y, después, a caminar, caminar y caminar...”.

Wejebe Gómez admite que anduvieron kilómetros a pie hacia las montañas de Avándaro y que “iba yo muy a la hippie”, con huaraches que le sacaron ampollas y le hicieron sangrar los pies. En el camino se encontraron con personas que hacían el trayecto de regreso y les aconsejaron no ir por la limitada infraestructura sanitaria y de hospedaje en el sitio; “pero nosotros seguimos”.

Una vez ahí experimentó las dificultades que se derivaban de las condiciones meteorológicas, el número de espectadores y las ideas circulantes sobre la juventud de la época: el escenario distante unos 300 metros de donde se encontraba, lluvia toda la noche, necesidad de dormir en una tienda de campaña improvisada, comercios cerrados por la desconfianza de los vecinos y largas filas para abordar los autobuses de vuelta a Ciudad de México.

“Perdí a las personas con las que iba, nos volvimos a encontrar y luego nos volvimos a perder porque había mucha gente”, señala Wejebe, quien admite que sí había personas que fumaban mariguana y bebían alcohol, pero sin causar problemas.

Portada del libro de Luis de Llano. Foto de Graciela Iturbide para el libro "Yo estuve en Avándaro".
Portada del libro de Luis de Llano. Foto de Graciela Iturbide para el libro "Yo estuve en Avándaro".

“Estuve formado no sé cuántas horas en una fila interminable esperando los autobuses que mandó el gobierno (para trasladar a los asistentes a la metrópoli). Unos se fueron en aventón”, apunta.

Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.
Portada del libro "Yo estuve en Avándaro". Fotos del músico yucateco Abraham Wejebe Gómez.

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Miedo al vandalismo

“Los comercios en Valle de Bravo cerraron porque tenían miedo de que los fueran a saquear o hubiera vandalismo, pero no hubo nada de eso”.

Sin embargo, añade, algunas personas se animaron a venderles alimentos, como galletas y frituras.

Después de hacer larga cola “con un jorongo totalmente empapado por la lluvia”, él y sus familiares abordaron el autobús y “en algún punto de Ciudad de México nos dejaron; de ahí, a buscar cómo regresar a la casa, sin dinero, sin comer, sin dormir, todos empapados”.

Wejebe Gómez recuerda que eran 12 los grupos previstos para subir al escenario del festival, pero al final solo actuaron 11 porque uno se quedó varado en el camino por la multitud. En el evento se encontraron con el músico yucateco Luis Alonzo “El Mazapán”, a quien su primo se lo presentó.

“Avándaro fue como una explosión después de años de represión, del movimiento del 68 y ‘El Halconazo’. En ese tiempo los jóvenes no podíamos reunirnos, estábamos reprimidos”, reconoce el músico, que años antes tomó parte en las manifestaciones estudiantiles. “Eran años convulsionados. Por eso el Festival de Avándaro fue un desahogo, una válvula de escape para los jóvenes de aquella época”.

Según indica, después del festival empezó a escucharse en México la música de más grupos de rock, por ejemplo en las estaciones Radio Capital y Radio Éxitos, que programaban canciones de Los Beatles, Los Rolling Stones y otras bandas europeas y estadounidenses.

“El gobierno era tan represivo que por eso vino después el canto de protesta, el canto nuevo”, afirma. “Las cosas empezaron a cambiar después de Avándaro”.

Para él, la espera y la falta de lugares para comer y dormir hicieron del festival “una experiencia no muy grata”; sin embargo, asegura, “me gustó haber vivido esos tiempos”.

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Respuesta al Festival de Avándaro

Música tradicional mexicana interpretada por una orquesta como réplica al rock tocado por grupos juveniles. El Paso de Cortés, en las faldas del Popocatépetl, como contestación a las montañas de Avándaro. La planeación en manos de la Confederación Mexicana de Deportes en vez de un comité encabezado por un empresario vinculado a las carreras de automóviles.

El gobierno federal respondió al Festival de Avándaro, una semana después de la cita musical, con una concentración de deportistas a la que asistió el presidente Luis Echeverría Álvarez, quien caminó con los jóvenes hasta el pie del volcán, donde se instaló un campamento del que al día siguiente salió un grupo de alpinistas en dirección al cráter para colocar la bandera nacional y el fuego de la Independencia.

Cómo la prensa lo reportó

En el encuentro oficial las alusiones al reciente festival de rock quedaron claras, como se lee en los reportes de prensa publicados por el Diario hace medio siglo. El 25 de septiembre, fecha de la actividad en el Popocatépetl, un cable de la agencia UPI aseguraba que la concentración se hacía como “respuesta de la juventud responsable” al evento de Avándaro.

Notas publicadas en el Diario en septiembre de 1971.

Al día siguiente, un cable de la AEE citaba declaraciones de Echeverría en el sentido de que “cada uno de ustedes (los asistentes) da prueba de esa determinación de servir a México con lo mejor que pueda darle, de proyectarse hacia el futuro para que juntos sigamos creando una patria llena de fuerza, con una íntegra fe en su porvenir”.

Pero las posturas condenatorias a Avándaro habían comenzado antes con las reseñas sobre el festival.

La de “Excelsior” aparecida el domingo 12 de septiembre relataba que el día anterior cientos de jóvenes habían tomado “por asalto el aristocrático club de golf Avándaro y lo convirtieron en un campo nudista, donde se bailó, se cantó y se fumó mariguana”.

Los asistentes, añadía, iban “vestidos en forma estrafalaria” y se veía a grupos de jóvenes “sentados a la usanza apache, es decir, sentados en el suelo rodeando una hoguera, todos fuman mariguana, ante la mirada de gente extraña, que se supone sean policías encargados de guardar el orden”.

También de “Excelsior” fue la nota sobre el final del programa —publicada el lunes 13—, que reportaba “tres muertos, multitud de heridos, jóvenes, drogados, detenidos por la policía, hombres y mujeres desnudos, un joven sin ropas que subió al templete en que actuaban los conjuntos pop y rezó a Dios cuando pretendían bajarlo por segunda vez”.

El regreso de los numerosos espectadores a sus hogares hizo que el tránsito dominical entre Toluca y Ciudad de México fuera lento, “lleno de dificultades”. “Hay atropellados, algunos entre los que pedían ‘aventón’ y que se interponían al paso de vehículos o colocaban piedras para obligar a parar a los conductores”, afirmaba el cable.

“Los camiones de redilas, repletos, a cinco pesos por persona. Protestas porque no llegaban los autobuses que prometió la Presidencia de la República por el sonido instalado en el gran llano. Pero llegaron, algo tarde, todos amarillos, de colegios particulares”.

Por su parte, UPI aseguró que, “debido a los problemas de tránsito, los organizadores tuvieron que suspender la segunda parte del festival —una carrera de automóviles— debido a que la pista que iban a utilizar estaba llena de gente y vehículos abandonados”.

“En busca de otras diversiones, los jóvenes se lanzaron por millares a las aguas de un lago artificial cercano, muchos de ellos completamente desnudos”.

En cuestión de ganancias, el balance no pareció escandalizar a nadie. El martes 14 el Diario reprodujo información de “El Universal” de que el festival había registrado 10 millones de pesos de utilidades para los organizadores y que la mitad de los 300 mil asistentes al evento —de 8 p.m. del sábado 11 a 8:30 a.m. del domingo 12— había pagado boleto.

Notas publicadas en el Diario en septiembre de 1971.

“El comité organizador encabezado por el licenciado Eduardo López Negrete, ampliamente conocido en los círculos deportivos y de ventas de lotes (...), logró con la realización de este festival una de las más altas recaudaciones que jamás se haya conseguido en espectáculos de este tipo”.

“Fuentes dignas de todo crédito informaron que el gobierno del Estado de México haría una condonación considerable en los impuestos, ya que se ‘había dado demasiada difusión a Valle de Bravo y eso repercutía en beneficio del Estado’”.

“El Universal” añadió que “fueron más de 12 horas de delirio, degeneración, pero en esto tal vez haya que reconocer en los jóvenes algo favorable: el orden general no fue alterado y no se suscitaron escándalos graves”.

“El grupo Peace & Love”, continuó, “mostró gran calidad artística y fuerte impacto popular, impulsó a los asistentes a corear, durante más de 15 minutos, la canción, ¿sugerente para el momento?: ‘Mari... Mari... Mariguana’”.

A “Excelsior” el doctor Jorge Jiménez Cantú, secretario de Salubridad y Asistencia, le dijo que Avándaro hacía “proselitismo hacia el mundo antisocial de muchos jóvenes —en su mayoría ingenuos— que son llevados a ese tipo de concentraciones por una ‘curiosidad morbosa’”.

“Todo aquello que sea sucio en lo moral, en lo físico y mental no puede ser de nuestra aprobación”.

Y el procurador federal, Pedro Ojeda Paullada, ordenó “una amplia y pronta” investigación sobre delitos cometidos en el evento, como aquéllos contra la salud por posesión, tráfico y consumo de estupefacientes y ataques a las vías generales de comunicación.

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