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El presidente López Obrador no es el “Robin Hood” mexicano

El presidente Andrés Manuel López Obrador en visita oficial a Yucatán

Los propagandistas del gobierno quieren hacer ver a López Obrador como una especie de adalid de los pobres, advierte un investigador.- Su popularidad, tan alta como la de Calderón

Periodistas e intelectuales afines al gobierno intentan propagar la idea de que los altos niveles de popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador se deben a su condición de “paladín de los pobres”.

Confesos admiradores de López Obrador, alegan que no hay ningún misterio, ninguna trampa, que la aceptación reflejada en todas las encuestas de opinión resulta fácil de explicar: se origina y se nutre en el trabajo contundente en favor de los pobres en un país que ha fracasado en su lucha contra la pobreza.

El Dr. Luis Ramírez Carrillo, investigador de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady) y analista político, descarta que esa teoría pueda ser verdadera, pues la premisa sobre la que se edifica está viciada.

“En sus escritos, la intelectualidad defensora de AMLO  asume que hay más pobres ahora que antes… Falso. En términos relativos, en proporción al total de la población, la pobreza ha disminuido en las últimas décadas”.

El triunfo de AMLO, por la clase media

Si regresamos al punto de partida, continúa, AMLO llega al poder no gracias a los pobres, sino a una suma de votos de distinta naturaleza, entre los que estuvieron de manera muy importante los motivados por el hartazgo de los ciudadanos ante la violencia y la corrupción.

Y esta inconformidad no venía de las capas pobres, sino de amplios sectores de las clases medias, de las “clases ilustradas”: universitarios, maestros, profesionistas, científicos –particularmente de la UNAM y Conacyt-, intelectuales, etc., gente que rara vez es parte de grupos populares.

Tenían un apego ideológico con la izquierda. Los grupos populares en cambio no tienen simpatías, tienen intereses, porque su apoyo está condicionado, siempre en busca de algo: un ejemplo es la relación del gobierno de la Ciudad de México y el PRD con los colonos y vendedores ambulantes, que apoyan a la izquierda porque la izquierda negocia y reparte… como lo hacía antes el PRI, asegura.

Juventud sin esperanzas

Es decir, no hubo 30 millones de pobres que se levantaron un día y dijeron: “Vamos a votar por AMLO porque estamos cansados de ser pobres”, no hubo un clamor del “México profundo”, los números no indican nada en ese sentido, recalca.

Las reflexiones del doctor en Sociología por el Colegio de México están avaladas por sus estudios sobre la evolución de la pobreza en México y Yucatán.

Con esa base, afirma que los datos demuestran que en los últimos 25 años los programas del gobierno ayudaron a disminuir la pobreza en el país, tanto extrema como por hambre y en números generales. Desde luego, agrega, hay sectores más afectados que otros, como el de los jóvenes sin empleo.

“Lo que ha pasado es que por el bono demográfico, México nunca como ahora había tenido tantos jóvenes de 18 a 30 años desempleados. Ese segmento de población, que significa muchos millones de votantes, ha sido de los más afectados por las crisis”, explica. “Son jóvenes que se encuentran atrapados en una sociedad sin esperanza: no hay trabajo, no hay prestaciones, no hay seguridad social… no hay futuro”.

Ese voto, que captó AMLO, fue de intraclase social, vinculado en algunos casos a la pobreza y en otros a la falta de movilidad social, que no son la misma cosa, dice. “Por ejemplo, el hijo de dos profesores modestos, que tiene un empleo de 5,000 pesos mensuales y no puede avanzar más. No está pobre, no se está muriendo de hambre, pero está desesperado y molesto… a eso me refiero”.

Los verdaderos beneficiados

Esa lógica casi primitiva y elemental de que los pobres votan por la izquierda porque son pobres y tienen hambre, no se cumple en este caso, insiste. “Entonces, si la premisa de origen es falsa, no puede ser verdadera la conclusión de que el sostén de AMLO  sean las políticas sociales dirigidas a las clases más necesitadas”.

Y una confirmación de esto es que 65 años y más, uno de los programas “estrella” del gobierno federal, es de intraclase social. Abarca más de 14 millones de beneficiarios, se reparte por igual en todos los estratos sociales y sus efectos son recibidos con beneplácito sobre todo en la clase media, señala.

 “Tengo amigos que se volvieron ‘amlovers’ a raíz de que recibieron su primer cheque, porque de pronto sintieron que recibían algo del gobierno… ¡Qué bueno es AMLO!, les da 2,500 pesos al bimestre. Aunque no los necesiten, aunque ganen en su jubilación más de 30,000 pesos mensuales, ese dinero es como un ‘cariñito de papá’ y a alguien tan generoso no se le puede traicionar”.

“A lo que voy: AMLO  gana la presidencia y es popular no porque México sea más pobre. No es que en 2018 haya existido más miseria que seis años antes y todos los pobres hayan votado por él, sino que recibió un apoyo que sumó a personas de distintas edades y clases sociales. Esa misma simpatía que lo llevó a Palacio Nacional es la que, de una forma u otra, hoy lo sigue manteniendo”.

Suma de factores

Insiste el analista: no se puede aceptar el argumento simplista de que la pobreza fue la que llevó a AMLO  al poder. Fue una suma de factores: la inseguridad, la corrupción, la desigualdad social y la pobreza.

Esas cuatro cosas, que permearon a grupos de distintas clases sociales, de origen distinto y de todas las edades, lo mismo mujeres, jóvenes y ancianos que profesionistas e intelectuales. Bolsas grandes de gente insatisfecha con el régimen por distintas razones: unos porque no encontraban empleo, otros porque sentían que su jubilación era muy endeble, algunos más porque estaban molestos con la corrupción del sistema. La suma de estas inconformidades le dio el voto para ganar la presidencia.

Fanatismo

Si esto es así, la premisa de los propagandistas de AMLO  tendría que replantearse, porque no es algo tan simple como que mientras mantenga sus programas sociales va a conservar el apoyo popular y el voto, repite.

“Son definitivamente unos fanáticos de AMLO. Y quieren creer, de veras quieren creer, que la ecuación es tan simple: más pobres, más votos a favor de la izquierda. Esto no es cierto, de ser así la izquierda habría ganado desde hace muchos años, cuando había muchos más pobres en México, proporcionalmente. En 1960, más del 60% de los yucatecos vivía en la pobreza; hoy, según cifras del Coneval, ese porcentaje se ha reducido al 42%, o sea, si a esas vamos, la pobreza en Yucatán ha disminuido casi un 20% en proporción al número total de población”.

Bajo ninguna circunstancia se puede decir que los mexicanos cada día somos más pobres, apunta. Lo que sí es posible afirmar es que cada día somos más desiguales.

Falta de movilidad social

“Voy a decir algo que es bastante iconoclasta: la clase media baja, que vio atorada su movilidad social, fue la más molesta y la que decidió votar por un cambio. Es la que se manifiesta mayoritariamente en las elecciones, no hay que olvidar eso. No todos votan, hay una enorme proporción de jóvenes y de pobres que se abstienen, en el campo muchos no votan tampoco”.

“¿Quiénes sí lo hacen?: vota la gente de las colonias populares, el carnicero de la esquina que ve cómo cada día rinde menos su dinero, el joven desempleado que desde hace seis meses está buscando chamba y no la encuentra, el maestro de primaria, el muchacho que estudió una carrera técnica y gana 3,000 pesos al mes…”.   

Y esa falta de movilidad, de empleo, de capacidad de acumulación, genera una mayor desigualdad social. México, según el coeficiente Gini, elaborado por el Banco Mundial, es uno de los 15 países del mundo con mayor disparidad entre ricos (el 3% de la población) y pobres.

La desigualdad aumenta, si se mide en una escala de 0 a 10, hay más mexicanos cercanos a 1, o sea, la riqueza está concentrada en unas cuantas manos.

“Lo que se tiene entonces no sólo es una mayor desigualdad, sino una menor cantidad de oportunidades. La gente siente, no tanto que sea más pobre que antes, sino que tiene menos futuro y esperanza. Y la cereza del pastel son los gigantescos escándalos de corrupción, que exacerban el coraje contra el sistema”.

Para el investigador de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady),  la sensación de que las condiciones de vida empeoran con el paso del tiempo (“a la edad que hoy tienen mis hijos ya tenía yo una plaza en la universidad y ellos dan clases por horas”) genera una gran inconformidad, un enorme desaliento que si se mira bien viene de la inmovilidad social, de la falta de empleo, de un buen salario, más que de la pobreza.

“Al voto que viene de los pobres hay que sumarle el que viene de los otros grupos sociales”

Luis Ramírez Carrillo, investigador de la Uady.

Esta es la realidad que esos periodistas e intelectuales que le hacen propaganda a AMLO se niegan a aceptar, porque lo quieren hacer ver como una especie de adalid de los pobres, el Robin Hood mexicano que irrita a las élites porque defiende a los necesitados, afirma.

“Y admitir que una parte importante del voto que lo llevó al poder vino de las clases medias, cambia el esquema de los compromisos que ya como Presidente debe cumplir”.

No hay que exagerar

Todo esto lleva a la pregunta de cuál es la fuente de la que se alimenta la popularidad de AMLO, apunta. Y la primera respuesta tiene que estar en no dejarnos llevar por el “entusiasmo”.

Al concluir el primer tercio de su mandato, Fox tenía un 56% de aprobación, Calderón el 65% -más o menos el mismo que López Obrador- y Peña Nieto el 41%. El mensaje es: los presidentes de México mantienen el respaldo de la gente a estas alturas de su gestión, señala.

“El corolario es que no hay tal ‘fenómeno’ de popularidad de López Obrador, no hay que exagerar, hay que bajarle porque es algo común a las presidencias mexicanas, es algo que viene con el puesto. Ni en los casos en que el apoyo a AMLO es superior hay un abismo respecto a los otros”.

Tal vez lo que más llama la atención esta vez es que la aceptación del Presidente contrasta con la mala situación del país, la peor de los últimos tiempos. Y en esto tiene mucho que ver la estrategia de echarle la culpa de sus fracasos a otras personas o a otras cosas, afirma.

Leer: El presidente López Obrador, con el 61% de aceptación ciudadana

La táctica se aplica de dos maneras, igual de efectivas. La primera consiste en achacarle todo lo malo al pasado –“la culpa no es mía, sino de la mafia del poder, de Calderón, de los neoliberales, de los conservadores”- y estas historias falseadas le han servido para alimentar el apoyo de la gente.

Es una narrativa que repite todos los días López Obrador en sus mañaneras: “Si no tienes empleo o no tienes qué comer, es porque los presidentes de antes saquearon al país”. Aunque no coincidan con la realidad estos cuentos, un considerable porcentaje de población se los traga completos.

La misma estrategia se usa ahora con la pandemia, que pese a sus devastadores efectos le cayó “como anillo al dedo”, ya que le quita la responsabilidad del descarrilamiento del país. “Y se la va a quitar el resto del sexenio, si dentro de dos años mucha gente muere de hambre, la culpable será la pandemia. Ya tiene pretexto para su fracaso”.

“La epidemia de Covid-19 ha destrozado a México, pero ha ayudado a López Obrador a conservar sus niveles de popularidad”, concluye.

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