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Equilibrar el poder, exigencia democrática

La actual contienda electoral se ha visto reducida a una lucha pura y dura por conquistar el poder, en la que las diferencias ideológicas entre partidos se han desvanecido y las consideraciones de beneficio social o económico se han vuelto accesorias.

 “Todo es una pirámide de intereses. Y una movilización que se hace en función del markenting político: encuestas, clientelas verticalmente armadas, manipulación de la opinión pública, compra encubierta de votos a través de promesas o dinero…, eso es lo que funciona”, señala el Dr. Luis Ramírez Carrillo, investigador de la Uady, al continuar su reflexión sobre las campañas electorales y el momento político que viven Yucatán y el resto del país.

 “Es un juego que todos los partidos están jugando. No están a discusión principios ni lo que llamaban antes –tal vez erróneamente- ‘doctrinas partidistas’. No están a discusión valores éticos y morales”, señala.

Según opina, los partidos políticos cada vez más se parecen entre sí, hablan la misma lengua, usan los mismos métodos, las mismas mañas y se desplazan de una a otra plataforma. Todos sus movimientos se explican mayormente por la ambición de mando, es una competencia simple por el poder: “Yo voy a ganar, no tú. Y voy a mandar”, de eso se trata.

El fin justifica los medios

Como nunca antes, los ciudadanos vemos confundidos cómo en la política mexicana guardar las apariencias ha dejado de importar, cómo un buen currículum ético ya no es requisito para estar en las listas electorales. Abiertamente, sin necesidad de justificarse, los partidos postulan o tejen alianzas con personajes de mala reputación, pero con redes clientelares.   

A simple vista parece un contrasentido, pero el objetivo es el poder y toda acción política es evaluada en función de su capacidad para obtenerlo y mantenerlo, no de su ajuste más o menos cabal a los imperativos de la moralidad. Como enseña Maquiavelo, lo único que importa es el éxito a la hora de buscar el objetivo. Y esto condiciona la naturaleza de los medios que sean necesarios para alcanzarlo.

Así ha sido siempre, la ambición es una condición sine qua non para acceder a ciertos niveles de poder político, “lo que cambia ahora con los procesos electorales es que las reglas del juego que antes exigían una serie de formalidades, dejaron de existir por culpa, en parte, de la multiplicación de partidos, que ha distorsionado qué es oposición y qué es gobierno”, señala el Dr. Ramírez.

La lectura del “fenómeno Morena” es precisamente esa: el fin justifica todos los medios. Eran tantas sus ansias por conquistar el poder, que pirateó el viejo estilo priista: si para ganar hay que aliarse con personajes oscuros como Manuel Bartlett o la “Maestra” (Elba Esther Gordillo), pues adelante sin ningún escrúpulo, tal como hizo López Obrador.

El mismo juego

Esa escuela, ya establecida, es la que impera hoy en todos los partidos, todos están jugando el mismo juego, afirma. Al postular a Verónica Camino Farjat, Morena ya demostró que es capaz de cualquier cosa…

A Verónica lo único que le interesa es obtener el poder, pega de brincos y se ubica con Morena tratando de ganar posiciones. Y Morena se la juega con ella pensando que le puede dar más votos, aunque vaya a perder, probablemente”.

Otro ejemplo claro de la degradación de la política es Ivonne Ortega, agrega. “Para la exgobernadora, la cuestión es ser el centro del juego”.

El PRI, por su parte, se está rompiendo en pedazos y el grupo que no encuentra acomodo dentro del partido se está vendiendo al mejor postor. “Vemos que empieza a moverse hacia el PAN y hacia el gobierno del Estado, en una deriva que puede funcionarles a ambos”.

El poder llama al dinero

La vida política es una mezcla variada de intereses por el poder y por el dinero. Una cosa va con la contra, prosigue el Dr. Ramírez. Evidentemente, no hay que perder de vista la pista del dinero, aunque de manera inmediata no es siempre el dinero el que manda, como en el caso de Liborio Vidal, empresario metido a la política que ha perdido dinero en campañas que ha financiado de sus bolsillos.

“A mucha gente le interesa más el poder que el dinero, la motiva más a corto plazo, aunque a la larga les acabe dando dinero… y lo saben. Ese tipo de lógica hace que todo se valga con tal de alcanzar el poder o de conservarlo”.

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Es bien sabido que los protagonistas de la vida política pueden ser clasificados en varios tipos, indica. Están los que luchan por mantener una plaza y un puesto, la tropa, digamos. Un hueso, una chamba en el gobierno, la que sea. En un esquema de pobreza y desempleo, que les ofrezcan un puesto en el Ayuntamiento o en el gobierno del Estado será siempre bienvenido.

“Su filosofía es ‘soy del color que sea, con tal de que me den trabajo’”.

Están los que buscan hacer negocios, los más ambiciosos. Reclaman un puesto directivo, donde además del salario está la posibilidad de hacer transas.

Están luego los políticos más grandes, los que están dispuestos a hacer inversiones. “Si ponen dinero en una campaña y pierden, vuelven a invertir en la próxima, con la esperanza de desquitarse cuando su grupo gane. “Es como en la búsqueda de petróleo, se invierte mucho, pero se gana mucho: si le pegan al Gordo les sale un contrato de cientos de millones de pesos para hacer una supercarretera y ya solucionaron para siempre su vida”.

Y detrás están los políticos de viejo cuño, que también se hacen multimillonarios, pero poquito a poco. Son los que luchan primero por ganar, como fue el caso de Cervera Pacheco, quien por supuesto que se hizo millonario. Cervera era capaz de invertir y hasta de perder dinero en sus campañas con tal de obtener el poder”.

Todos son lo mismo

Si se analiza el conjunto, lo que se observa es un personaje político  totalmente pragmático, con poca ética, que puede jugar lo mismo por el gobierno que por la oposición, por la derecha que por la izquierda, sostiene. “No hay nada de lo que dicen de dientes para afuera: vocación de servicio, interés por el beneficio de la comunidad, interés de luchar por los menos favorecidos, sino que hay sobre todo una competencia por el poder”.

Es algo intrínseco para el juego de las élites y de los políticos en todo el mundo. Pero los partidos, se supone, deben sujetar este tipo de acciones o encauzar a este tipo de personajes.

“Las reglas de juego electoral ponen en competencia a partidos porque se supone que representan visiones distintas, valores distintos. Y esa competencia de valores distintos es lo que le da al ciudadano la posibilidad de elegir uno u otro: los azules hacen las cosas de una forma, los rojos de otra, los amarillos así, etc. Entonces si las cosas no les salen bien a los azules, voto por los rojos”.

Pero el efecto negativo del fin del bipartidismo con la multiplicación de partidos políticos es que desdibuja cualquier tipo de diferencia entre las plataformas políticas de oposición y gobierno, y solamente hace cambiar a los líderes y las clientelas.

La dificultad para los ciudadanos radica en que todos los contendientes acuden a los mismos argumentos, la única diferencia es que modulando mejor o peor sus aspectos más demagógicos para encontrar algunos que los distingan del resto.

“Pero ojo, a fin de cuentas, esto también implica un juego electoral que modifica las reglas y los contrapesos políticos”, observa el analista. “Es decir, en un contexto en que Morena está al frente, cualquier partido que no sea afín a Morena contribuye  a equilibrar las cosas. En contraparte, si el triunfo es para el grupo en el poder, favorece su fortalecimiento para que siga comportándose como lo está haciendo”.

Por el bien del país

La conclusión es que no es lo mismo que gane uno o que gane el otro, subraya.

“Aunque todos los partidos recurran a las mismas artimañas, en el contexto político, alejándonos de los actores, viendo el proceso completo y viendo el equilibrio sistémico, el que ganen los partidos de oposición –que son grupos de poder en oposición, no necesariamente plataformas ideológicas opuestas- ayuda a contener los excesos del gobierno”.

 Son A y B: el poder lo tiene A y por tanto no lo tiene B. En el fondo, los dos quieren lo mismo: el poder y hacerse ricos, pero como A tiene todo el poder, hace sólo que quiere. Y B trata de servir de contrapeso, explica. “Entonces no puede ser lo mismo que ganen los que están en la oposición a que lo hagan quienes están en el gobierno. Ese es el punto, se vuelve casi una lucha de suma cero: lo que uno pierde, lo gana el otro”.

Y esto a fin de cuentas modifica los procesos de toma de decisiones. Que nadie tenga todo el poder, ayuda. “No porque sean diferentes, miente Amlo cuando dice que su gobierno y su partido son distintos a los demás. Son iguales, lo importante aquí es que si un grupo detenta todo el poder, el país sale perdiendo”.

Las alianzas entre partidos

La unión de partidos de oposición para evitar que Morena siga avanzando tiene una razón positiva: evitar que el poder se concentre en un solo grupo y en este caso en una sola persona.  El punto negativo sería la búsqueda de posiciones y puestos personales, señala. 

Es una cuestión vital para el país, porque, como señala el principio enunciado por el pensador británico Lord Acton, “el poder es fundamentalmente una máquina de corrupción”, por lo cual fragmentarlo es una exigencia democrática.

AMLO y Morena han entendido bien que no sólo se trata de la distinción tradicional entre Legislativo, Ejecutivo y Judicial, sino también la que se refiere a otros poderes sociales como el económico o el de la comunicación. Tan es así que tratan de apoderarse del resto de los poderes que sirven de contrapeso.

 “Si otros enfrente de ellos les quitan un pedazo de ese poder, no tendrán tanta fuerza como para seguir imponiendo sus decisiones. Y los de enfrente se las van a cuestionar no porque sean diferentes, sino porque no tienen todo lo que ellos poseen y están obligados a ponerse del lado opuesto”.

Gana la sociedad

Finalmente, indica, gana la sociedad con el juego político tal como está ahora, que no es la misma situación de hace 20 o 30 años, cuando eran claras las posiciones y se luchaba por cosas más elementales, como el respeto al voto, no rellenar urnas, tener un árbitro electoral, por ejemplo. Y todo eso se ganó… “Unos luchaban por seguir rellenado urnas y otros porque se respetara el voto, era claro qué quería cada quien desde posiciones distintas”.

Ahora no queda tan claro, pero no es lo mismo votar por unos o por otros, reafirma. Porque al votas por quien tiene todo el mando se están apoyando todas sus decisiones y se le está dando más y más poder, lo que no es bueno de ninguna manera. Lo que tiene que hacer la ciudadanía es equilibrar.

“En el tema electoral estamos, en pocas palabras, de lo más fregados. Porque vamos a elegir en términos no de dirigirnos a un puerto mejor, sino de evitar que el barco se hunda. En medio de la tormenta ya no importante quién te ayuda a jalar la vela,  sino de hacer todo lo que sea necesario para que el barco no naufrague. Estamos en una posición desesperada”, concluye el investigador.

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