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Con “serios caracteres” en Yucatán

Recomendaban hervir las ropas de los enfermos

En la Península, los casos de “gripe española” fueron numerosos. En noviembre de 1918 Palizada estaba “infestada por la terrible influenza española”, con 70 afectados y cuatro fallecidos.

“Las autoridades están tomando medidas enérgicas y han ordenado la clausura de los sitios de reunión para evitar el contagio”, decían.

A su vez, a Cozumel la epidemia la había “invadido por completo (...) “con caracteres verdaderamente alarmantes”: 500 enfermos y una veintena de decesos. En Payo Obispo —hoy Chetumal— hasta el 3 de diciembre habían fallecido 60 personas, entre ellas el administrador de Correos.

La epidemia no perdonó al Estado, donde hubo centenares de enfermos y fallecidos. Según lo reportó “La Revista de Yucatán”, en la segunda quincena de octubre en Seyé murió una treintena de vecinos, lo que llevó a solicitar las gestiones del diputado Héctor Victoria Aguilar para el envío de un médico. “El H. Consejo Superior de Salubridad e Higiene envió allí un practicante del Hospital O’Horán, el cual ha trabajado con todo éxito, pues ha disminuido considerablemente la enfermedad”, se informó.

Homún solicitó igualmente un médico para atajar la enfermedad que “ha tomado serios caracteres”, lo que se le concedió.

A principios de noviembre Espita recibió a vecinos de Cenotillo “en busca de medicinas” ante la expansión de la influenza, por la que habían muerto 10 personas, “número considerable en relación de la población”. “Todo Cenotillo está invadido por la epidemia y dicen los informantes que aunque ya ocurrieron pidiendo un facultativo y medicinas, no se les ha enviado nada”, escribió el corresponsal.

Ante la gravedad de la pandemia, “La Revista de Yucatán” publicó el 20 de octubre una entrevista con Gil Rojas Aguilar, director de Sanidad de Mérida, quien explicó las características de la enfermedad y las medidas para su combate. “La influenza ‘española’ como se ha querido llamar a la actual es la misma influenza de siempre, la que da aquí y en todas partes, con sus mismos síntomas y sus mismos cuadros clínicos”, declaró el funcionario al periódico.

Las enfermedades contagiosas, añadió, “unas veces atacan en forma benigna y otras veces por una exageración de la virulencia de sus gérmenes se presentan en forma grave”.

A la pregunta de qué medidas preventivas de higiene deberían tomarse, Rojas Aguilar apuntó que “el contagio se verifica por medio de las secreciones del enfermo que son las que contienen el germen”; por lo tanto, “es necesario alejar todas aquellas circunstancias que puedan retener y extender éstos, así como tratar de destruir el micro-organismo”.

Aconsejaba “fijarse en las condiciones que rodean al enfermo”, como ubicarlo en una habitación amplia y ventilada, sin alfombras ni adornos y solo con los muebles indispensables; colocar un paño empapado con solución desinfectante a la entrada del cuarto para que quienes ingresaran se limpiaran en él la suela de los zapatos; limpiar el piso con una tela humedecida con solución desinfectante en lugar de barrerlo, y depositar las ropas del enfermo en una vasija con solución desinfectante y después hervirlas.

La sociedad civil aportó opiniones sobre la prevención. En un artículo del 20 de octubre, Pedro F. Rivas consideraba que “el cierre de los centros de reunión es medida muy conveniente empleada en todas las epidemias, y aun cuando su observancia siempre es ilusoria y su alcance muy relativo, (...) es (...) una medida que atenúa en algo el contagio”. Pero no le parecía buena idea la clausura de escuelas, porque “perjudica grandemente la marcha de tan importante ramo y vulnera las justas aspiraciones de la sociedad y los propósitos del Gobierno”.

“Cuando los niños son retirados de la escuela, van a su casa a gozar de extraordinarias vacaciones, y visitando las casas vecinas, formando corrillos en las calles y dispersándose por los sitios más concurridos de la población, crean grandes fuentes de contagio, que es precisamente lo que se quiso evitar al cerrar las clases. En cambio, cuando se les obliga a asistir a la escuela, diariamente son vigilados por los maestros, se separa a los enfermos de los sanos, se puede dar medicación apropiada a los que no tengan que guardar cama”.

Un año después habían desaparecido las menciones a la influenza en “La Revista de Yucatán”. Pasarían 90 años para que México se viera ampliamente afectado otra vez por el virus H1N1, pero de una nueva cepa: la de la influenza porcina.— V.B.M.

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