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Desde pequeña, Irma se interesó en tocar música

La señora Irma Canul (a la derecha) ha sido la organista de la iglesia de Maxcanú durante más de 30 años

Cuando era niña y su abuela hacía la novena a la Virgen de la Concepción en Maxcanú, Irma Canul veía con mucha admiración a un joven que tocaba la serafina. Mientras las señoras seguían el rosario, Irma se asombraba de cómo los dedos golpeaban las teclas y hacían música.

“Me gustaba tanto y dije que quería tocar, pero ni yo sabía qué”, recuerda Irma, quien en aquel entonces tenía seis años y unos tres de haber superado una polio que le dejó secuelas al caminar.

Al ver que la música le gustaba, su papá le compró una guitarra, pero el instrumento no fue suficiente. Los años transcurrieron e Irma llegó a la mayoría de edad y empezó a vestirse como la mayoría de las mujeres del pueblo: con hipil y rebozo.

Concentrada en las labores del hogar, la música dejó de ser parte de sus planes hasta que llegó un nuevo párroco al pueblo. “Era el padre Justo Ceballos y entre lo primero que hizo fue formar un coro porque no había ninguno en la parroquia”.

El padre, recuerda Irma, compró un órgano de pedales con ayuda de varios comerciantes de la localidad. Posteriormente contrató a una maestra para que enseñara a todo aquel que quisiera tocar en las misas.

“Cuando lo escuché me emocioné. Era como mi gran oportunidad, pero también sentía angustia de que no me aceptaran”. Recuerda que con mucha pena entró a hablar con el padre y él le dijo que estaba bien, pero que la maestra decidiría quién es apto y quién no.

“Yo rezaba para quedarme y decía: ‘Con que aprenda a leer (las partituras) ya después puedo seguir por mi cuenta’. Mi meta era aprender”, comenta.

La entrevistada recuerda que a la primera clase se presentaron 20 personas. “Ese primer día la maestra enseñó dónde se prende el órgano, cuáles eran las teclas y todo lo básico, pero yo no veía nada, pues como estoy chaparrita todos me tapaban”.

En los siguientes días muchos dejaron de ir, quedándose únicamente cuatro. Eran dos clases por semana, pero como Irma no tenía teclado en su casa, todas las tardes iba a ensayar. “Terminando de almorzar, lavaba los trastes de la comida, planchaba mi hipil, me bañaba y me iba. A cada uno nos tocaba ensayar media hora y era muy bonito porque todos nos llevábamos, no había competencia”.

Según señala, aprender a leer las notas no fue difícil, tampoco manejar los pedales a pesar de que un pie no tenía fuerzas por la polio que padeció de niña. Lo difícil fue leer y tocar al mismo tiempo. Fue tal su empeño que un día pudo tocar sola el vals “Rosas del sur”.

Sus compañeros igual hicieron lo mismo con el tema que les tocó y entonces la maestra dijo que los cuatro ya estaban listos para tocar una misa.

El grupo debutó en una misa de Sábado de Gloria. A Irma le tocó tocar el tema de entrada, el Kirie y El Gloria. “Estaba tan nerviosa que se me echó a perder en plena misa, pero como no teníamos equipo de sonido la gente no se dio cuenta”.

Los cuatro siguieron tocando juntos las misas hasta que con los años, el grupo se disolvió. “Me quedé solita y tocaba todas las misas de domingo hasta que llegó un momento en que dije que no podía seguir así porque era muy cansado y decidí que debía enseñar a otros para que me ayudaran”.

Además, en aquel entonces había conseguido abrir una tiendita en su casa.

Así se quedó sola con una misa y un coro. Para entonces, la iglesia tenía un nuevo párroco a quien le gustaban mucho los encuentros de sanación. “Con él viajamos a Bacalar y nos presentaron como el grupo de la parroquia de Maxcanú. Cuando llegamos a Bacalar había hasta carteles anunciando nuestra llegada… todo fue bonito, la gente se acercaba y nos felicitaba”.

“La verdad me siento contenta porque todo esto que he vivido y estoy viviendo lo soñé”.— Jorge Iván Canul Ek

Actividades religiosas

Irma Canul se interesó desde temprana edad en la música y ha participado en varios coros.

Cooperación

Irma señala que disfrutó mucho el concierto en Bacalar. “Creo que el arte de eso trata, de compartir, en mi caso tocar para que me escuchen, no por presunción, sino por compartir”.

Voces mayas

Por esa época, el órgano falló y tuvieron que pedir apoyo para comprar otro. La ayuda llegó del Instituto de Cultura, pero a cambio tenía que hacer presentaciones en la localidad. Por ello, cuando llegó el nuevo instrumento, ofreció tres conciertos en la plaza principal con su coro de niños al que enseñó “El himno a la alegría” en lengua maya que ella misma tradujo.

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