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El feminismo y el sufragio en Yucatán

Editorial

Elvia Carrillo Puerto

Piedad Peniche Rivero (*)

A fines de septiembre de 1922, Elvia Carrillo Puerto se presentó en el Palacio de Gobierno en Mérida para entrevistarse con el gobernador y presidente del Partido Socialista del Sureste (PSS), Felipe Carrillo Puerto, su hermano.

De nuevo lo visitaba a fin de rescatar la vieja promesa socialista de reconocer el derecho al sufragio de las yucatecas. Llegaba enojada pues días antes los compañeros diputados habían eludido legislar al respecto argumentando que no estaban lo “suficientemente ilustrados en el asunto”.

Ignoraron, así, sus promesas en los Congresos Socialistas de Motul (1918) e Izamal (1921), y el Memorial que ella les dirigió con el mismo objeto, en agosto, antes de que sesionaran en el Congreso estatal. También estaba impaciente porque, como otras mujeres de la liga feminista “Rita Cetina Gutiérrez” (LRCG) que presidía —maestras en su mayoría—, ella aspiraba a un cargo de elección y el tiempo se agotaba pues la contienda se efectuaría en noviembre. [1]

¿Cómo iba a pronunciarse sobre el tema Felipe, su compañero de las ofensivas anti porfiristas lanzadas desde Valladolid (Candelaria 2009, Plan de Tzelkoop, 2010), su camarada socialista perseguido por el gobernador carrancista Castro Morales y exiliados ambos, su cómplice de sueños socialistas y feministas; su alma gemela, pues? ¿Emitiría un decreto?

Elvia tenía dudas. En Yucatán, se libraba una guerra sorda entre socialistas y miembros del Partido Liberal, donde estaban atrincherados los hacendados henequeneros, todos apostando agresivamente por sus diferencias. Sin hablar del clero y asociaciones religiosas que combatían el feminismo a través de revistas como “El Correo”.

Ambiente adverso

En consecuencia, el ambiente era adverso al socialismo y doblemente al feminismo socialista. Su hermano, un civil sin armas ni parque, dependía necesariamente de la unión de sus “hermanos” en la cúpula de su Partido, a saber, los profesores José M. Iturralde y Bartolomé García Correa y los licenciados Antonio Gual García y Rafael Cebada, entre otros “activos” más rupestres del PSS, como Elías Rivero y Pedro Crespo, todos feministas de ocasión.

Considerando la débil posición del gobernador para tomar una decisión que alteraba la Constitución —como la promulgación del derecho al sufragio femenino—, lo más aconsejable sería tener el aval del Presidente.

Elvia, maestra rural, nacida en Motul, Yucatán, en enero de 1881, espía y correo durante los complots de Valladolid que precedieron la Revolución Mexicana, forjada en actividades político-clandestinas que la sustraían del hogar y que en 1912 le valieron la demanda de divorcio de su esposo, Vicente Pérez Mendiburo, por su falta de obediencia y atenciones conyugales, tenía credenciales inmejorables para presentarse ante el gobernador.

Reclamó el voto femenino en los mencionados congresos socialistas y en noviembre de 1916 participó en el Segundo Congreso Feminista de Yucatán, auspiciado por Salvador Alvarado, el general carrancista que puso a las mujeres en el mapa político del Estado. En este Congreso, la Asamblea logró que la mayoría de las participantes, maestras y estudiantes del magisterio, todas con el alma máter del Instituto Literario de Niñas dirigido por Rita Cetina, se pronunciara por el sufragio femenino. Un triunfo que debió prepararse desde el Primer Congreso Feminista, celebrado en enero del mismo año (sin evidencia de la participación de Elvia), pues aunque la Asamblea no reclamó mayoritariamente el sufragio, treinta y un mujeres pidieron de inmediato el sufragio y cargos de responsabilidad municipal, en el entendido de que su desempeño las capacitaría para cargos más elevados, de niveles estatal y federal.

Sin embargo, Elvia sabía que el sentir de las yucatecas con respecto al voto no estaba unificado. Las actas del Primer Congreso Feminista permitían reconstruir las posiciones ideológicas de las congresistas y de todas las mujeres yucatecas por extensión. La conservadora, integrada a grosso modo por un 15% de las congresistas, se identificaba con las tradiciones basadas en la ideología católica; es decir, con el modelo que exalta la maternidad, precisamente lo que el general Alvarado quería redimensionar, relativizar. Sostenían que la mujer era “el ángel del hogar”, que debía obediencia al hombre y que no estaba facultada para votar ni lo estaría nunca, debido a su maternidad. Incluso alertaban en contra de acumular demasiados conocimientos porque serían una valla para la felicidad. Entre ellas, estaban Francisca García, Isolina Pérez y Mercedes Betancourt, aunque esta última era fuerte partidaria de la independencia económica de las mujeres.

Las de la posición moderada y mayoritaria —un 65% del total de las congresistas—, se identificaban como sujetos sociales pero no políticos; es decir, eran partidarias del trabajo e independencia de las mujeres pero no del sufragio, ni de la educación sexual en la escuela o de la cuestión sexual en general porque sería ofensiva “al pudor”.

Sustentaban que la mujer debía prepararse antes de asumir las responsabilidades de cargos de elección popular: el tiempo y la práctica las harían merecerlos. Incluía, entre otras, a Consuelo Zavala, Dominga Canto Pastrana, las hermanas Vadillo y Candelaria Ruz.

La posición avanzada, feminista, estaba representada por la pequeña fracción de congresistas que se identificaban como sujetos políticos y libres de ideas clericales, un 20% del total. Ellas reclamaron el derecho al sufragio y a la libertad de pensamiento en materia religiosa y sexual.

Denunciaron que en las escuelas y la sociedad en general “está vedado hablar y conocer de los fenómenos que tienen lugar en [la] naturaleza [de las mujeres]”, como convenía a la Iglesia”. Entre ellas, Candelaria Gil de Carrillo, Francisca Ascanio, Piedad Carrillo Gil, María Ávila Pantoja, Encarnación Rosado Ávila, Porfiria Ávila de Rosado, Clara Steger Loge y Elena Osorio C. (continuará).— Mérida, Yucatán.

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1) Este texto está basado en trabajos de mi autoría, incluyendo: “Elvia Carrillo Puerto y “las igualadas”: un liderazgo cultural en Yucatán”. En: Dos mujeres fuera de serie. Elvia Carrillo Puerto y Felipa Poot, Instituto de Cultura de Yucatán, Mérida, 2007; Rita Cetina Gutiérrez, La Siempreviva y el Instituto Literario de Niñas: Una cuna del feminismo mexicano 1846-1908, INHERM, México, 2015; “Elvia Carrillo Puerto, su vida, sus tiempos y sus relaciones peligrosas con los caudillos de la Revolución”. Legajos, 9. Archivo General de la Nación, México, 2009; Siemprevivas. Rita Cetina Gutiérrez, Elvia Carrillo Puerto, Rosa Torre González y sus tiempos (en prensa).

Exdirectora del Archivo General del Estado

Las actas del Primer Congreso Feminista permitían reconstruir las posiciones ideológicas de las congresistas...

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