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El matrimonio igualitario

¿Es auténtico?

RUBEN J. BOLIO PASTRANA (*)

Desde una óptica estrictamente jurisprudencial, muchos juristas opinan que el Congreso del Estado, en reciente sesión, al no aprobar la enmienda que permitiera los matrimonios entre personas del mismo sexo contradijo los lineamientos trazados por la H. Suprema Corte de Justicia de la Nación, ya que ésta ha emitido un fallo que aduce que en los matrimonios igualitarios se está frente a un acto normativo que amplía o extiende un derecho civil, a fin de alcanzar la plena equiparación de la protección jurídica entre las parejas homosexuales y lesbianas, como las heterosexuales, justificando este criterio en el principio de igualdad y en la prohibición de la discriminación respecto de la orientación sexual, que representa una verdad fundamental que debe normar la labor legislativa, al tener un impacto significativo en la libertad y dignidad de las personas.

Como en el Código Civil estatal no existe esa clase de uniones conyugales, cuando se niega su realización, los pretendientes la obtienen por la vía del amparo, pues se les concede, bajo el cariz de que con la denegación, se están violando los derechos humanos de los interesados, invocando la sentencia ya referida anteriormente.

En ese contexto rigurosamente judicial, alegan que la Cámara de Diputados estaba obligada a acatar los postulados del Tribunal Máximo de la Nación, optando por abolir el veto de que dos personas de igual género contraigan matrimonio, ya que la Corte sostuvo que es un principio que debe de normar la función legislativa, como lo es precisamente la que efectúa la legislatura, exponiendo que no cumplió con el mandato constitucional, con el abundamiento de que los jueces federales otorgan la autorización, con apoyo a lo sustentado por la autoridad judicial de mayor jerarquía.

A mí no me corresponde decidir si la diputación cayó en desacato o no, nada más que yo, en lo personal, con ausencia de prejuicios religiosos, no estoy en contra de la alianza marital entre dos personas de la misma especie genital, porque cada quien es libre de tener las preferencias sexuales que quiera, sin que deba de ser objeto de críticas, o desprecio social, pero sí estoy en desacuerdo de que ese aparejamiento sea clasificado como matrimonio, ya que esta denominación es un atentado al idioma español, porque según el diccionario de la Real Academia Española, matrimonio es la unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales, es decir, que no puede existir acorde a la lengua castellana, una pareja matrimonial de análogo sexo, toda vez que no se dan los requisitos que nuestro lenguaje exige para ello; bien podrían llamarse de otra manera, como sociedades de convivencia, antes de que a alguien se le ocurriera la peregrina idea de que se establecieran civilmente con los mismos derechos y obligaciones que se estatuyen en la legislación para marido y mujer; sin embargo, a la Corte le pareció muy acertada la postura de que las lesbianas y los del grupo gay también tenían derecho a casarse entre ellos mismos, sosteniendo que no permitirlo constituye una vulneración a sus derechos humanos, externando así sutilmente la tesis de que los estados modificaran sus leyes, para incluir que se actuara en el Registro Civil de igual manera, ya fuere en el tradicionalmente auténtico matrimonio heterosexual, como en el homosexual.

Muchos aplauden ese acompañamiento íntimo con el nombre que actualmente ostenta, otros lo rechazan mayormente por razones de índole religiosa, sin descartar a muchos fanáticos que repudian ese enlace, no por su equiparación a un casamiento, sino por su misma naturaleza, a la cual injurian con toda falta de comprensión y calidad humana.

Yo no desprecio a quienes se juntan de esa manera, porque así nacieron o les atrae su mismo sexo, y hay que respetarlos y no discriminarlos, porque son seres humanos, iguales a los que habitamos este planeta, por lo tanto, si desean tener un hogar, vivir familiarmente, con derechos y obligaciones recíprocas, les asiste la legitimidad para llevar al cabo sus aspiraciones, con la convivencia que requieran, al igual que los heterosexuales, pero no aplicarles el título de matrimonios, porque no lo son de verdad, sino que pienso que el legislador puede elaborar una figura que contemple una similitud con los esposos, a semejanza de una ceremonia nupcial, que prodigue igual situación de equidad para ambos sujetos en el entorno en que se desenvuelven, o sea, deberes y obligaciones que sean exigibles.

La cúspide del Poder Judicial de la Federación no solo decide sobre la constitucionalidad de un decreto, sino que haciendo a un lado expresiones idiomáticas, se atribuyó la prerrogativa de modificar la definición de matrimonio determinada por la Real Academia, y agregarlo con el catálogo de igualitario.—Mérida, Yucatán.

rbolionot56@hotmail.com

Abogado. Notario público

 

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