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El tortuoso camino de Rigoberta Menchú Tum

El tortuoso camino de Rigoberta Menchú Tum hasta el reconocimiento mundial como portavoz internacional de los pueblos indígenas comenzó en Chimel, una aldea aislada en una zona montañosa y selvática del municipio de San Miguel Uspatán, en el norte de Guatemala, donde nació el 9 de enero de 1959.

Su infancia y juventud estuvieron marcadas por la pobreza, la discriminación racial y la violenta represión con que las clases dominantes guatemaltecas trataban de contener las aspiraciones de justicia social del campesinado. Desde muy niña empezó a trabajar con sus padres en una de las grandes fincas cafetaleras de la costa sur de su país.

Durante su adolescencia viajó a la capital para dedicarse al servicio doméstico, fiel a una tradición que parece formar parte del ciclo vital de las mujeres de zonas rurales de Latinoamérica; sin embargo, el destino tenía trazado otro camino para ella: fue testigo del brutal asesinato de su hermano de 16 años, víctima de terratenientes que querían despojar a los campesinos mayas de sus tierras.

Este crimen, en el que se señaló alguna complicidad de las autoridades, hizo que su padre, Vicente Menchú, realizara una ingente labor de organización entre sus vecinos, actividad que constituyó para la futura activista la primera escuela de conciencia social.

La tragedia estaba en el camino de Rigoberta. Su padre murió carbonizado en la Embajada de España en Guatemala, a donde había ingresado para protestar contra el gobierno guatemalteco, durante el sangriento asalto que la policía lanzó contra la sede diplomática el 31 de enero de 1980. Unas semanas después, el 19 de abril, y como consecuencia de la “caza de brujas” contra opositores, la madre de Rigoberta fue secuestrada y asesinada tras bárbaras torturas por grupos paramilitares.

La suerte de Rigoberta estaba echada. Escogió el camino de la lucha cívica, a diferencia de dos de sus hermanas, que eligieron el combate armado y se incorporaron a la guerrilla.

Exilio en México

Comenzó entonces, sin más ideología que el cristianismo de matices revolucionarios de la Teología de la Liberación, denuncias pacíficas del régimen guatemalteco y de la sistemática violación de los derechos humanos de que eran objeto los campesinos.

Para escapar de las amenazas de muerte y la persecución se refugió en Chiapas, donde recibió el apoyo del obispo mexicano Samuel Ruiz García y donde, en 1983, se publicó su conocida autobiografía “Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia”.

Desde el exilio realizó una serie de viajes con epicentro en Ginebra, Suiza, donde comenzó a participar en el grupo de trabajo de la ONU sobre poblaciones indígenas.

En 1988 regresó otra vez a su país. Fue acosada inmediatamente por el gobierno y se vio obligada a partir de nuevo al exilio.

En 1996 fue condecorada con la Legión de Honor de Francia en el máximo grado de Comandante y en 1998 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Es además Embajadora de Buena Voluntad de la Unesco y doctora Honoris Causa por más de 30 universidades de todo el mundo.

Al concederle el Nobel de la Paz en 1992, el comité del premio argumentó que Rigoberta “representa un poderoso símbolo por la paz y la justicia no solamente en su país, sino en todo el continente americano y en el mundo”. Actualmente se mantiene en su incansable lucha a favor de los derechos humanos.

Luz y sombra de AMLO

Listos para el regreso