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La prostitución se extiende en el primer cuadro del Centro 

La mayor actividad de las sexoservidoras en el Centro se concentra en las calles 58 y 69. Otras operan en los alrededores del mercado San Benito.

 

Un travestido recorre todos los días la calle 69 entre 50 y 54, uno de los corredores del sexo que funcionan en el centro de la ciudad.

Su nombre real es César, pero todos le llaman “Mónica”. Tiene continuo trato con las prostitutas de ese sector, pero no es precisamente en plan amistoso: es el encargado de cobrarles una cuota de $50 por cada “servicio” que aquéllas realicen durante la jornada.

En la calle 58 entre 71 y 73, otro corredor del sexo, “Mónica” tiene su contraparte: es una mujer conocida como “Colas”, quien ejerce una función de liderazgo entre las sexoservidoras del tramo.

“Mónica” y “Colas” son parte de una de las facetas de la prostitución callejera, uno de los cánceres del primer cuadro de la ciudad, agobiado por antiguos problemas heredados a cada administración municipal.

En anteriores entregas nos referimos a otros lunares del Centro Histórico, como el explosivo aumento de vendedores ambulantes y la proliferación de máquinas tragamonedas, este último un negocio que arroja millonarias ganancias a sus promotores y protectores.

La prostitución es el azote más antiguo de la zona. Gobiernos van, gobiernos vienen y, sin una legislación que la considere, se le practica a toda hora y sin control de las autoridades de salud.

El sexoservicio callejero es una de sus manifestaciones más comunes, tal como se ejerce en otros puntos de Mérida, como las avenidas Itzaes y Canek.

Los corredores de la prostitución en el centro de la ciudad han tenido pocos cambios en los años recientes: la práctica de ese oficio se encierra en las paredes de pequeños hoteles de baja categoría, posadas y, cada vez más frecuente, casonas que son habilitadas para la renta de cuartos por breves espacios de tiempo.

En la calle 69 están identificados con ese fin las posadas San Cristóbal, frente al parque del mismo nombre, y Castañeda. Es fácil de comprobar por las falenas y sus clientes, lo mismo que en la calle 58 entre 71 y 73, donde funcionan con el mismo fin los hoteles Rossana Pastora, Principal, San Pablo y San Clemente. Cada negocio tiene sus propias mujeres. Éstas saben que no pueden invadir otro territorio.

Tampoco ha variado mucho la procedencia de las prostitutas: en buena parte son yucatecas y también hay muchas oriundas de Chiapas, Veracruz, Tabasco y Campeche, principalmente. Otras son extranjeras, sobre todo de Centroamérica.

En las mañanas, a las puertas del San Clemente, es notoria la presencia de mujeres con hipil, procedentes del interior del Estado, que aprovechan el paso tempranero de obreros, albañiles y otras personas que desean compañía femenina a esa hora.

Se calcula que unas 200 mujeres ofrecen servicios sexuales en las zonas ya referidas. Están distribuidas en turnos, que abarcan el día y la noche.

Testimonios recabados por nuestros reporteros indican que los hoteles y posadas que dan cabida a las suripantas pagan “protección” a las autoridades. Identifican como la cobradora a una mujer conocida como “la güera”, a quien hasta hace tres años, en la administración municipal anterior, veían con uniforme policíaco. Ahora la ven de “civil”.

Las cuotas están a la orden del día. Los hoteles tienen su ganancia en el pago de las tarifas por uso de cuartos, que es de un máximo de media hora. El tiempo adicional es también un pago extra. Los establecimientos no descansan: están abiertos las 24 horas todos los días.

Como indicamos líneas arriba, las falenas que trabajan en la calle 69 tienen que pagar a “Mónica” por cada servicio. Si no lo hacen se exponen a una golpiza del travestido, quien hace muchos años trabajó en un centro nocturno con el nombre de “Mónica Montiel”.

En la calle 58, ese manejo está a cargo de la mujer conocida como “Colas”.

Las cuotas representan una buena tajada del pastel, pues hay prostitutas que en una jornada considerada “buena” pueden prestar hasta 20 “servicios” o más.

En ambos corredores la prostitución es femenina, a diferencia de la que se ejerce en las avenidas Canek e Itzaes, que es masculina.

La “oferta” visible es de mujeres mayores de edad, pero no falta quien diga que “adentro (del hotelucho) puedes ver más jovencitas”.

Nuestros reporteros no pudieron ir más allá de la entrada de algunos de esos inmuebles, en medio de las miradas de desconfianza de las hetairas después de varias preguntas.

En el Rossana Pastora llama la atención un pequeño muro interno. “Es que se pelearon las dueñas y decidieron dividir”, fue la explicación que recibimos.

A escasa distancia, en la esquina que forman las calles 60 y 71, está la posada “San José”, que comenzó como sastrería y ahora da cabida a suripantas y sus clientes. El sastre continúa allí, junto a un estanquillo.

La prostitución va de la mano de otros problemas, como los robos —hay clientes que se quejan del despojo de sus pertenencias—, pleitos al calor del alcohol y el consumo de drogas, que para nadie es un secreto.

Las “tarifas” por un servicio sexual varían. Lo mismo hay de $400 ó $500 —de las más altas— que de $150 o menos por uno “básico”, aunque también depende de la persona elegida.

En próxima edición publicaremos detalles de una entrevista con el director de la Policía Municipal de Mérida, Mario Arturo Romero Escalante, sobre los lunares del centro de la ciudad.— ÁNGEL NOH ESTRADA

 

Prostitución

La prostitución que se practica en el primer cuadro es de bajo nivel, de clientela específica.

¿De dónde son?

Buena parte de las falenas de la zona son yucatecas. Otras son del interior del país, generalmente ex bailarinas de centros nocturnos que al rebasar los 25 años entraron en declive para prostíbulos considerados de “caché”.

Características

Según sus propios testimonios, varias mujeres que ejercen la prostitución en ese sector se iniciaron en el oficio al ser abandonadas por sus maridos. Un factor común es su baja escolaridad, en algunos casos nula.

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