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Papá lava autos para ayudar a su hijo enfermo

Es mediodía y hace mucho calor. El termómetro marca 32 grados. Una gota de sudor resbala en la cara de José Dorantes Pasos, mientras termina de lavar un carro. Es sábado y en otra circunstancia estaría descansando, pero tiene que reunir más de 25,000 pesos al mes para salvar la vida de su hijo de 24 años, José Manuel.

José Manuel era, hasta hace un año, un chico normal. Estudiaba Ingeniería Industrial en el Instituto Tecnológico de Mérida, practicaba tae kwon do y los fines de semana armaba la reta de fútbol con sus amigos. Todo cambió súbitamente una mañana de julio.

A José Manuel se le presentó una hepatitis severa. Los médicos le dijeron que la única manera de salvarse era con un trasplante de hígado, para lo cual tendría que viajar a la capital del país, al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición.

“Estaba muy mal. Lo llevaron grave a México, que ni los doctores se explicaban cómo se mantenía parado”, recuerda su abuelo Manuel Loría Rosado, quien solía llevarlo a sus clases de tae kwon do. “Ni un vicio, nada. Si acaso tomaba una cervecita con sus amigos que lo agarraban de chofer”.

José Manuel estuvo internado 17 días en Ciudad de México y, aunque su hígado comenzó a mejorar, no le dieron de alta, pues siguieron consultas de control.

Al ver que José Manuel mejoraba, sus padres se sintieron aliviados, sin saber que lo peor todavía estaba por llegar.

“Le di gracias a Dios”, dice su madre, Irasema Loría Aguilar, quien de manera coincidente dejó de trabajar un mes antes de que a José Manuel se le presentara la enfermedad.

“Creo que Dios va acomodando las cosas, porque si no hubiera estado con él, no lo hubiera podido acompañar”, apunta, haciendo un esfuerzo para que no la traicionen las lágrimas.

De vuelta en Mérida, José Manuel retomó sus estudios y cuando solo le faltaban tres materias para graduarse, vio que algo andaba mal: tras subir las escaleras para llegar a su salón en el segundo nivel, sintió mucha agitación. “Me asusté porque era algo que no me pasaba, siempre fui deportista y con buena condición física”.

Los análisis revelaron que sus plaquetas, que en una persona sana deben rondar entre 150,000 y 400,000 por microlitro de sangre, habían bajado. “Un día tenía 100,000 y al otro 60,000 hasta que llegaron a 5,000, y no era bueno porque podría reventar un vaso en el cerebro y ya estuvo…”.

Pasando la Navidad, José Manuel tuvo que ser ingresado en el Hospital Regional de Alta Especialidad de la Península de Yucatán, donde pasó el Año Nuevo. Allí lo estabilizaron para que pudiera viajar a Ciudad de México para otros estudios, incluida una biopsia ósea.

El resultado fue inesperado y doloroso: padecía anemia aplásica, enfermedad catalogada como rara y que solo afecta a dos personas en un millón; se da cuando la médula ya no produce suficientes células sanguíneas nuevas. “Mis propias células atacaban mi propia médula ósea”, según le explicaron.

“Lo primero que piensas es que te vas a morir, porque si es difícil una enfermedad como un cáncer que es más común, cuando es más rara te entra más la incertidumbre de si vas a salir de eso o no”, dice lleno de fortaleza, aunque luego admite que sí se deprimió.

“Entré en un momento de depresión pues, mientras mis compañeros se graduaban, yo estaba en el hospital… Pensé que todos los años que había pasado en la escuela no sirvieron para nada”.

Con la voz casi temblorosa, José Manuel, quien el 11 de mayo cumplirá 25 años, cuenta que vio caer los planes que había trazado para su vida: graduarse, trabajar en una gran empresa automotriz y tener una familia.

Y es que de pronto su vida se redujo a su habitación. De enero a la fecha no ha salido, salvo para ir al hospital.

La enfermedad, dice, es todo un conjunto de síntomas que van desde el agotamiento hasta la palidez en las extremidades, sangrado en las encías. Por eso el cuidado es extremo. “Tengo que evitar golpes o caídas, y tampoco debo levantar cosas pesadas. No debo comer cosas de la calle y todo debe estar bien cocido”.

Con la certeza del diagnóstico llegó otra preocupación: el costo de los medicamentos. El eltrombopag y la ciclosporina que le recetaron, de las cuales debe tomar tres tabletas cada día, valen $24,435 (la caja de 28 tabletas) y $7,500 (caja de 50), respectivamente.

La familia tuvo que hacer uso de todos sus ahorros y vender los dos automóviles que tenía, pues los medicamentos deberá tomarlos durante seis meses en lo que le hacen nuevos estudios, además de que deben solventar el viaje a México. — Jorge Iván Canul Ek

Al enterarse de la situación, amigos, familiares y conocidos se dieron a la tarea de aportar.

De esa forma solventaron los primeros meses hasta que un día José Dorantes, quien trabaja en una abarrotera, le dijo a su esposa que no podrían más y que habría que pedir apoyo, a pesar de que en su casa improvisó un “car wash” para reunir fondos.

Labor Fondos

“Aquí andamos y esto también nos sirve de terapia, para distraernos un rato”, dice José Manuel Dorantes Pasos.

Lavadero

Todos los sábados y domingos José Manuel lava todos los autos que llegan a su casa en el número 633 de la calle 101 entre 66-C y 66-D, en la colonia Obrera. Para los interesados en apoyar pone a disposición la cuenta de Banamex 4766841103646991. Más informes al teléfono 984-4165.

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