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Reinventar lo local

Nuestra lucha debe ser por reivindicar nuestras particularidades

 

Vivimos en el caos de un mundo globalizado, si no restablecemos lazos con nuestra comunidad estamos perdidos, dice el investigador Oscar Madoery.— Identidad propia

Vivimos en un mundo desbocado, en una sociedad que ha hecho una religión de la idea de traspasar los límites, lo que es un poco también la consigna de romper el orden, porque el límite no es solamente una prohibición, es una pauta de ordenamiento y convivencia: el derecho de acción de uno termina donde empieza el derecho del otro o no hay sociedad, como todos sabemos.

Así comienza el investigador argentino Oscar Madoery sus reflexiones sobre el mundo globalizado en el que estamos inmersos, una etapa de la historia donde esta cultura de lo ilimitado ha generado, entre otras cosas, los mayores niveles de desigualdad social desde que hay registros. “La distancia entre ricos y pobres es enorme. La exclusión de grandes masas de la sociedad es un dato que hablaría del fracaso de cualquier tipo de teoría del desarrollo, porque si tenemos más de la mitad de la población en condiciones de necesidad y un porcentaje altísimo de ella por debajo de la línea de pobreza, hemos fracasado como comunidad internacional”.

La pobreza es estructural —es decir ya no es una pobreza porque ha habido una inflación y no alcanza el ingreso—, sino que estructuralmente los pobres son sujetos que están fuera de la sociedad. “Y no alcanza con atribuirles a los países necesitados, a sus sociedades y gobiernos la responsabilidad exclusiva, porque hay una lógica de avasallamiento e intervencionismo. Y de esto puede dar fe América Latina, que a lo largo de su historia ha sido despojada de sus recursos y su fuerza de trabajo”.

Desintegración

Horas antes de pronunciar en la Facultad de Economía de la Uady la conferencia que lo trajo a Mérida, el investigador sudamericano conversa con el Diario en un hotel del Paseo de Montejo, donde comparte sus reflexiones sobre los complejos desafíos del mundo moderno.

El joven, dice, no tiene la expectativa de ser un profesional, de ganarse la vida y mantener una familia, sus opciones son más cortas y más crudas. “Recuerdo a uno, un chico de 18 años muy inteligente, al que ofrecíamos un plan de capacitación en un oficio, que me cuestionó: ‘¿Me dices que si termino la secundaria y estos estudios a lo sumo entro de empleado en un supermercado? Con eso gano 3,000 pesos mensuales, si me meto al delito en mi barrio los obtengo en un día. Esas son mis opciones’”.

O sea, vienen las consecuencias, las sociedades están desestructuradas, con algunos vinculados a la informalidad y otros al delito, “pero más que de los efectos tenemos que empezar a ocuparnos de las raíces del problema”.

Egoísmo al extremo

“Yo diría que el problema máximo que tenemos hoy es que las pautas culturales predominantes nos ponen en un lugar de individuación al extremo. Es decir, nos sentimos individuos con la capacidad de producir y ser felices solos, sin nadie más. “El sistema da todas las posibilidades de encerrarte en tu propia lógica, de desprenderte de los lazos, el compromiso moral es una carga… ¿Para qué te vas a preocupar de otro? ¡Preocúpate de lo tuyo! A ti te tiene que ir bien, sé más competitivo, ¡cómete el mundo!”.

La “superindividualidad” arrasa con la ecuación de que toda persona es un sujeto de derechos y obligaciones. En ese sentido, el neoliberalismo —que no es sólo una medida económica, sino un orden civilizatorio de falta de regulaciones, de destrucción de lazos sociales— ha sido una pauta cultural muy fuerte, dice.

Y esa pérdida del sentido de comunidad nos ha convertido en sujetos asépticos. “Si uno va al diccionario, ‘aséptico’ es algo que no demanda compromiso ni genera emoción, es muy buena definición. Y como seres asépticos no nos identificamos con nuestra sociedad ni nos emocionamos con las cosas comunes, no nos conmueve la pobreza, la naturaleza… le echamos la culpa a los otros, al pobre porque es un vago. Ahí no hay posibilidades de construcción social”.

Nuestro contexto actual entonces es de degradación de lo común, de lo público, señala. Ahora bien, la historia demuestra que todo se pelea, que los cambios no son naturales, sino sociales, entonces ¡no naturalicemos lo social, volvamos a problematizarlo, a plantear los temas sociales como temas sociales!, dice.

La gran mentira

Cuando estalló la crisis global de 2008, los titulares de los grandes diarios decían “Tsunami financiero”, como si se tratara de un fenómeno natural, prosigue. “Si es así ¿a quién le echamos la culpa? ¿A la naturaleza, a Dios? No hay responsables, aunque sí víctimas y hay que socorrerlas”.

“Si los procesos sociales los naturalizamos, no vamos a encontrar a los responsables y sólo iremos a salvar a las víctimas. ¿Qué hicieron los gobiernos del mundo? ¡Salieron a sustentar a los bancos, que con su especulación desmedida fueron los causantes! ¡Le pagamos al culpable!

Hay que cuestionar eso de que lo dado es camino único… No hay una sola vía en desarrollo ni nada que sea irreversible, la historia no está escrita de antemano, la hacen los hombres y los pueblos en su lucha. “Si no hacemos nada por romper esa lógica no vamos a poder cambiar las cosas y lo que probablemente ocurra es que nos llevemos puesta a la sociedad”.

Mapas

El Dr. Madoery comenta que hay cuatro mapitas, un programa diseñado por una universidad inglesa, que muestran de qué tamaño serían los países de acuerdo con una variable determinada. Por ejemplo, el aporte al PIB mundial: Estados Unidos, Japón, Europa aparecen grandes… América Latina se hace un hilito.

¿Y de acuerdo con su población en nivel de pobreza?: África, India, América Latina se hacen grandes. ¿Y por su contribución al calentamiento global?: EE.UU., Europa, China, enormes. ¿Y por su exportación de armas?, quedan cuatro países: EE.UU., Francia, Rusia y China.

“Las causalidades de los problemas que padece la sociedad son directas, no abstractas. Si hay cambio climático, los principales responsables son aquellos que más contribuyen al calentamiento del planeta, es decir, el mundo no es una globalización donde todos estamos en igualdad de situaciones”.

Por tanto, más que de globalización, hay que hablar del sistema mundo, porque este concepto marca interacciones: si alguien produce armas, es porque alguien las consume… si es negocio producir armas, es negocio generar guerras y tensiones.

“Cuando ocurrió el conflicto de Libia, las fuerzas de Kadafi y las que se les enfrentaban usaban el mismo armamento. O sea, alguien hizo negocio. Eso es lo que hay mirar de la globalización, que no es un mundo dado, a donde llegamos y no hay forma de diferenciarnos, sino un sistema mundo de jerarquías, desigualdades, oportunidades, transmisiones, de derechos conquistados y derechos lesionados, entonces para que ese mundo sea más humano, tenemos que ser capaces de intervenir en él”.

Y eso, enfatiza, es una invitación a nosotros como ciudadanos a tomar partido, a comprometernos, a emocionarnos. Por ejemplo, dice, a los millennials, como están en las redes sociales, los sensibilizan cierto tipo de cosas, como las causas feministas, que los comprometen y movilizan para dejar de ser asépticos y convertirse en protagonistas de la historia que les toca vivir.

“O sea que hay causas generacionales o globales, si se quiere, como los derechos del medio ambiente, que movilizan a sujetos de distintos países porque forman parte de una lógica global, pero a la que se contribuye desde una lógica territorial”.

Actuar localmente

Lo territorial vuelve lo abstracto en concreto, sigue el investigador argentino, ayuda a focalizar los problemas, porque el territorio es el lugar donde nos conocemos y nos desenvolvemos. El mundo es global, pero nuestra vida transcurre en Mérida, en Yucatán, donde está el 90-95% de nuestras cosas, nuestros afectos, nuestro trabajo, nuestras relaciones y lugares de consumo.

La idea es recuperar vínculos y compromisos, recobrar instancias protagónicas de lo social, señala. “Todos los grandes teóricos de las ciencias sociales y políticas sostienen que las democracias se hacen fuertes en la base, lo decían Aristóteles, Jefferson, Montesquieu… y la base es el territorio, ahí es donde protagonizamos, donde nos hacemos fuertes y donde reivindicamos nuestra cultura contra la globalización, que nos incentiva a vestirnos igual, a comer lo mismo”.

“La globalización no puede ser nunca sinónimo de homogenización, si esto pasa, perdimos, porque vamos a creer que tenemos que ser igual que un yanqui, que un europeo, cuando el mexicano tiene que ser mexicano e insertarse en el mundo desde su particularidad”.

Tras insistir en que debemos recuperar nuestras identidades, “que son históricas, culturales, sociales y productivas”, cuenta sobre los efectos provocados por los cambios de patrones productivos en Argentina. “Sentíamos orgullo de que generábamos alimento para nosotros y para otros, pero alguien decidió reemplazar la producción de lácteos y de carne por soya y la de peras y manzanas por otras cosas…”.

“Nos homogenizamos y ahora tenemos que importar esos productos. En consecuencia nuestra economía se desacelera, hay más endeudamiento, las áreas rurales se van despoblando porque no hay trabajo, se emigra a las ciudades, que son rodeadas por anillos de miseria…, nuestra sociedad se desintegra”.

Es urgente recuperar la idea de la territorialidad, porque el gran mensaje de la globalización es “Ábrete al mundo y consume lo que otros producen con más eficiencia”, lo que es una tremenda mentira, sentencia.

Las claves

Pese a sus denuncias, el doctor Madoery no es ningún pesimista, señala que si bien no es posible acabar con los grandes problemas globales, sí es posible mitigar sus efectos locales. “Para comenzar, hay que ser conscientes del problema y alzar la voz, dejar de ser indiferentes. Y después abrazar las causas que creamos importantes para contribuir con nuestro granito de arena, en nuestro lugar, a que las cosas cambien. No vamos a poder frenar lógicas de imposición global, pero sí podemos amortiguar sus efectos en nuestro lugar”, dice. Hay que pensar globalmente y actuar localmente, como las comunidades latinoamericanas que se han organizado para impedir el extractivismo a mansalva en su territorio, como lo están haciendo aquí en Homún o en Kinchil…

“El éxito no está garantizado, porque la lucha es muy dispareja, pero hay que darla, la primera batalla que se pierde es la que no se da. Hay que luchar a brazo partido para que las cosas cambien en nuestro lugar y ese es un mensaje para nuestros hijos, de que la vida no pasa en vano, de que vale la pena vivirla”.— Mario S. Durán Yabur

 

El mundo es global, pero la vida transcurre en Yucatán, el 95% de nuestras cosas está acá, nuestros afectos, trabajo, relaciones, nuestros lugares de consumo…

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