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Símbolo de una ofensa

Desde un punto de vista social y ambiental

La glorieta de la colonia México y el paso deprimido son un recordatorio de que no se puede dejar que vuelva a ocurrir lo que Mérida vivió el 4 de julio de 2011.— La Plancha

La glorieta de la colonia México se ha convertido en el símbolo de una afrenta a los ciudadanos y el recordatorio de que no se puede dejar que vuelva a ocurrir algo semejante.

Para el arquitecto Marco Tulio Peraza Guzmán, la construcción del paso deprimido fue una ofensa, no sólo por los hechos violentos ocurridos allí el 4 de julio de 2011, sino porque la decisión se tomó en los escritorios de los funcionarios en turno y fue realizada contra la voluntad de los vecinos del rumbo y de una gran cantidad de meridanos.

Desde el punto de vista de la democracia, Mérida vivió ese día un retroceso a los tiempos de los excesos autoritarios, en momentos en que se consolidaba un nuevo paradigma en la relación del gobierno con los ciudadanos que comenzó a fines del siglo XX y que dio como resultado que las obras de infraestructura urbana comenzaran a ser consensadas con la sociedad.

La participación ciudadana ha seguido fortaleciéndose, a tal punto que ya está contemplada en una gran cantidad de ordenamientos municipales, estatales y federales, dice. “Y aunque todavía no se ha vuelto una costumbre, es un gran logro en un país en el que está tan arraigada la cultura de la imposición, fundamentada en una noción paternalista de lo que debe hacerse y cómo debe hacerse”.

Nueva amenaza

El recuerdo del 4 de julio es hoy más vigente que nunca, porque nos encontramos ante un amenazante resurgimiento del autoritarismo, advierte el investigador. “Con el actual gobierno federal estamos empezando a darnos cuenta de que la gobernanza, que parecía un avance fincado en la participación ciudadana, se puede ir para atrás”.

Un ejemplo de esta tendencia peligrosa es la forma como se está implementando el proyecto del Tren Maya y la idea de que para hacerlo realidad no importa tirar a la basura proyectos tan avanzados como el Parque de la Plancha, critica. “En ese sentido, el Tren Maya se relaciona con el 4 de julio porque finalmente es una imposición del gobierno”.

“Finalmente es parte de lo mismo, de una vieja cultura autoritaria y paternalista que se niega a desaparecer en México, a contracorriente de otros países, que están dando pasos hacia una mayor consulta a los ciudadanos”, considera. “En esta pugna entre formas diferentes de ejercer la autoridad, vemos que estamos yendo hacia atrás, es decir, en un contexto mundial, casi todas las ciudades del mundo se están orientando hacia procesos abiertos y participativos para generar obras públicas y lo que vemos con el actual gobierno federal son retrocesos”.

Referirse al pueblo es una forma de cancelar la noción de ciudadanía, opina. “Pueblo y ciudadanía son nociones diferentes, han ido cambiando en la medida en que la ciudad se estructura, en que la sociedad se organiza y participa proactivamente, es decir, no esperando que le den, como sucedía antes, sino generando propuestas, iniciativas, solicitudes, para que las cosas se hagan como los ciudadanos las necesitan”.

El 4 de julio fue una regresión, repite. “Y lo que está ahí es un símbolo para Mérida de ese tipo de retrocesos. Si se me preguntara cuál es la percepción de esa glorieta y de ese paso deprimido, diría que simbólicamente nos hablan de actos de imposición”.

De acuerdo con el experto, conforme el tiempo pasa y la obra entra en cierta obsolescencia, como ocurre con todas las que rompen con el entorno, se hacen más evidentes sus efectos negativos.

Es perceptible a simple vista el cambio de giros, incluso dentro del mismo comercio, apunta. Todos los negocios que tenían un carácter social —restaurantes, cafeterías, bares— desaparecieron, se volvieron oficinas, bancos, establecimientos en los que no existe una socialización. “La zona se volvió inhóspita”.

“El problema de estas grandes infraestructuras cuando son incrustadas en lugares como la colonia México —que son hábitats bien configurados y de alguna manera ambientalmente propicios para el encuentro, para la percepción armónica del entorno—, es que quedan como implantes que van generando una obsolescencia día a día”.

¿Valió la pena?

Desde el punto vista funcional, se puede decir que el paso deprimido canalizó el Paseo de Montejo sin ningún obstáculo, pero a sus costados desató otros problemas: a la entrada de la glorieta sobre Circuito Colonias se forman largas filas de vehículos, que se atascan en horas pico, comenta el Dr. Peraza. “O sea, tampoco se puede decir que solucionó los problemas viales en ese punto”.

Lo más penoso es que la obra rompió con el entorno de una de las colonias paradigmáticas de Mérida por su ambientalidad, continúa. La colonia México corresponde a una época de la historia de la ciudad, mediados del siglo XX, donde era predominante la idea de ciudad jardín y fue uno de los mejores ejemplos de integración con la naturaleza.

“Esta obra de gran infraestructura, de cemento, viene a romper ese entorno vegetal que tenía la colonia. Y viene también a apuntalar la tendencia negativa de expulsar vivienda, porque finalmente a raíz de este impacto se consolidó la disposición a cambio de uso de suelo hacia el comercio”, indica el investigador.

“Habría que hacer un estudio de cuánto ha cambiado la zona cercana a esa obra, pero es bastante perceptible a simple vista que el lugar se ha llenado de oficinas y comercios, el uso terciario está predominando y se va extinguiendo el uso residencial. Además la calidad de la vivienda que se está perdiendo es muy buena”.

El 4 de julio es un recordatorio a la ciudad de lo que un gobierno no debe hacer y más aún cuando se llega al extremo de usar la violencia. Ni siquiera se puede decir que es una forma de gobernar imponer las obras físicamente por la fuerza valiéndose de cualquier artimaña, como usar gente que no estaban uniformada y que aparentemente no tenía que ver con los cuerpos policíacos”.

“Hoy todo el mundo ya sabe que así fue y que la agresión del 4 de julio fue en cierto modo como la de los Halcones en los años 70, que también se disfrazaron de civiles. En este caso se usaron agrupaciones y sindicatos que tenían vínculos con el gobierno para reprimir a los ciudadanos”.

En resumen, concluye el investigador, si de algo sirve hoy la experiencia del 4 de julio es para no repetirla. “Los ciudadanos debemos estar vigilantes para que esas cosas no sucedan de nuevo, para que no vuelva a haber imposiciones del gobierno —federal, estatal o municipal— respecto a la obra pública que se gesta en la ciudad de Mérida”.— Mario S. Durán Yabur

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