in

Tesoro escondido

En manglares y pastos marinos de la Península se almacenan miles de toneladas de carbono azul, vital en la lucha contra el cambio climático

La Península de Yucatán puede jugar un papel fundamental en las estrategias de adaptación al cambio climático y sus devastadores efectos. Sus ecosistemas costeros no sólo sirven de hogar para cientos de especies de animales y plantas, sino que también —se sabe desde hace poco tiempo— son un inmenso almacén de carbono azul.

El concepto es nuevo. Comenzó a cobrar relevancia hace apenas cuatro o cinco años, pero de la importancia que ha adquirido el carbono azul dan cuenta los cuatro viajes, tres de ellos al extranjero —Noruega, Dinamarca y Guatemala— que el Dr. Jorge Alberto Herrera Silveira realizó el mes pasado para participar en foros sobre el tema.

Esta importancia se explica porque la emergencia climática ha comenzado a impactar a pueblos y ecosistemas en todo el mundo, lo que ha incrementado la necesidad de buscar soluciones sostenibles encaminadas a la mitigación y adaptación, dice.

¿Qué es?

El cambio climático es resultado del incremento en la atmósfera de los gases de efecto invernadero, CO2 (dióxido de carbono) principalmente. Aunque están por allá el metano y el óxido nitroso, el CO2 es el campeón, recuerda el investigador del Cinvestav al comenzar a explicar qué es y por qué es tan importante el llamado carbono azul.

El CO2, un gas de efecto invernadero, se ha incrementado por el uso de combustibles derivados del petróleo, pero también por la deforestación, añade. Finalmente, el carbono es el que las plantas usan para la fotosíntesis: lo toman y convierten en biomasa (troncos, ramas, raíces). De esta manera, el gas queda almacenado en el árbol, lo que quiere decir que puede reducirse su presencia en la atmósfera si se conserva la cobertura vegetal del planeta. A este gas capturado por los bosques se le llama carbono verde”.

Hace ocho o nueve años, un estudio en Indonesia encontró que los humedales tienen una pasmosa capacidad de capturar carbono. Mientras un bosque terrestre puede almacenar de 200 a 300 toneladas por hectárea, un bosque de manglar absorbe 1,000. Otras investigaciones observaron que los pastos marinos también pueden recoger hasta 500 toneladas de carbono y que otro ecosistema costero, las marismas saladas, propias de los ambientes templados, almacenan 1,000 toneladas por hectárea. Al CO2 capturado por manglares, pastos marinos y marismas se le denominó carbono azul.

Y además de captar más carbono que un bosque, los ecosistemas costeros lo mantienen secuestrado mucho más tiempo, añade el investigador. “En un bosque terrestre, la mayor parte del gas se almacena arriba —en troncos, ramas y hojas—. En un manglar, un pasto marino, una marisma, el carbono orgánico está principalmente en la parte subterránea, por lo que permanece atrapado siglos o milenios”.

El carbono se almacena en los sedimentos de los manglares porque, a diferencia de los ecosistemas terrestres, en un ambiente costero inundado la descomposición de la materia orgánica es muy lenta, ya que el oxígeno se agota y tienen que entrar en acción bacterias. “Cae una hoja en el agua y aún está empezando a descomponerse cuando cae otra y otra y otra… ese material se va enterrando en el sedimento sin haberse desintegrado. Por eso un manglar huele como a huevo podrido, ya que la descomposición microbiana de materiales orgánicos en ausencia de oxígeno produce ácido sulfhídrico, un gas incoloro que tiene ese tufo”.

Esta acumulación de hojas, raíces, troncos en proceso de descomposición van creando capas cada vez más gruesas de materia orgánica, por eso en los manglares el CO2 está principalmente en el subsuelo.

El descubrimiento de la enorme cantidad de carbono azul guardado en los manglares despertó el interés mundial por la conservación y restauración de estos ecosistemas. Y también en esto llevan ventaja sobre los ecosistemas terrestres, apunta el Dr. Herrera: “Mientras la reforestación de un bosque tarda 30 años, la restauración de un manglar con las técnicas apropiadas no lleva más de 10”.

Pero los servicios de los manglares no se reducen a ser los sumideros de carbono más eficaces de la Tierra, también ofrecen beneficios en términos de adaptación: absorben el exceso de lluvia y reducen las inundaciones, cuando llega el calor liberan el agua almacenada retrasando la aparición de sequías y reduciendo al mínimo la escasez de agua, protegen las comunidades de huracanes y tormentas y les dan comida.

Funcionan como una suerte de guarderías de peces, dice el investigador. Más del 80% de las especies que se capturan mar adentro, desovan y se crían en los manglares y los pastos marinos, que sirven de refugio y zonas de alimentación.

Son también el hogar de moluscos, crustáceos y la pista de aterrizaje y zonas de anidamiento de gran cantidad de aves. Sus raíces, además, son el refugio de reptiles y anfibios.

“Estoy convencido de que la reducción de la cobertura de manglares y pastos marinos es una de las razones principales —tan importante como la sobreexplotación— de la disminución de la pesca en Yucatán”, señala. “Entonces, si no podemos frenar la sobrepesca porque involucra cuestiones sociales, ¿por qué no dirigir los esfuerzos a la restauración de los ecosistemas?”.

Por otro lado, los bosques de mangle se han convertido en sitios de atractivo ecoturístico y en lugares codiciados para los deportes acuáticos.

Y con la adopción de algunas medidas adecuadas de conservación, también se evitaría la erosión costera.

Restauración

México es el cuarto país con más superficie de manglares (sólo detrás de Indonesia, Australia y Brasil) y en la Península de Yucatán están el 55% de esos manglares y el 80% de los pastos marinos, por lo que “es la región más importante para México en el tema del carbono azul. Nuestro estado, particularmente, tiene más de 10,000 hectáreas de manglares impactados que están en condición de ser restaurados”.

En términos de resultados, la restauración de manglares tiene más potencial que la reforestación de bosques terrestres, insiste el experto, quien pone como ejemplo que en Progreso, como requisito para la construcción del distribuir vial, se le impuso a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) la obligación de restaurar 100 hectáreas de manglar en cinco años.

Aunque nada más hubo recursos para dos años, porque vinieron el año electoral y el cambio de sexenio, fue posible restaurar condiciones ambientales en la ciénega de Progreso y recuperar manglar. “Pero lo más importante es que se pudo recuperar hábitat. En una visita de monitoreo, vimos a unas personas con grandes sabucanes en la ciénega… “¿Qué traen?”, les preguntamos. “Chivita”… “¿Y cuánto llevan ahí?”… “Como quinientos pesos”.

“O sea, la recuperación del hábitat está ofreciendo oportunidades económicas a la gente. Hay grupos que comenzaron a fomentar la apicultura en manglares mielíferos, de avicennia (negro)”.

Mercados de carbono

La Península tiene ante sí una gran oportunidad porque se están empezando a mover los mercados mundiales de CO2 o sea, hay manera de comercializarlo. “Por eso no es raro que en el último mes me hayan invitado a cuatro reuniones internacionales en las que el tema central fue el carbono azul”.

Para explicar cómo funcionan los mercados de carbono, el investigador pone como ejemplo un hipotético caso local: “la hidrogenizadora, que fabrica aceite comestible, genera mucho CO2, supongamos que 10,000 toneladas anuales, pero la Ley de Cambio Climático le autoriza solamente 2,500 toneladas. Esas 7,500 toneladas de déficit puede pagarlas apoyando proyectos de restauración del medio ambiente para capturar carbono”.

Es decir, a las industrias que tienen que pagar un impuesto por emisiones de gases de efecto invernadero les convendrá más invertir en una restauración ecológica para compensar su huella de carbono, con lo que además favorecerían a las comunidades locales y producirían beneficios complementarios en temas como pesquería, apicultura, ecoturismo, educación ambiental… “Hay toda una serie de actividades productivas y de protección ambiental que pueden realizarse en torno a los manglares recuperados”, señala.

De hecho, por ahora esos mercados de carbono son voluntarios, pero pronto van a ser obligatorios, advierte. En estos momentos la tonelada de CO2 está en unos 10 dólares, porque el pago es “espontáneo”, pero cuando sea una obligación subiría a unos 50 dólares.

“Por todo esto, la conservación, protección y gestión de los ecosistemas marinos responsables del carbono azul puede convertirse en una de las opciones más efectivas y sostenibles para ayudar a mitigar los efectos y las consecuencias del cambio climático”.

“Al firmar el Acuerdo de París, México se comprometió a reducir en 20% sus emisiones de carbono en 2030. Para alcanzar esta meta el carbono azul es muy importante y Yucatán juega un papel fundamental, pues es un enorme almacén de este tesoro escondido”.— MEGAMEDIA

México cuenta con 775,555 hectáreas de manglares y el 55% de ellas está en la Península de Yucatán. Dicha extensión representa el 5.4% de la superficie global de este tipo de ecosistemas

Clausuran la granja bovina

Perdón a un “fantasma”