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Periodismo bajo fuego

Miguel Ángel Vega

En su libro “El Fixer”, Miguel Ángel Vega revela los peligros a que se enfrentan los periodistas que guían a reporteros extranjeros por los sitios dominados por el narcotráfico

Miguel Ángel Vega nació en Culiacán, Sinaloa, cuna y epicentro del narcotráfico en México. Mientras estudiaba periodismo, descubrió su pasión por el cine y cruzó a Estados Unidos para estudiar producción cinematográfica en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

De regreso a Culiacán, filmó su primera película, “El robo”, que obtuvo una buena respuesta en taquilla. Animado por el éxito, invirtió todo lo que tenía en su siguiente cinta, “Cáliz”, la cual resultó un rotundo fracaso que lo dejó sin un centavo, lo llevó de vuelta al periodismo y —sin poderlo prever— a convertirse en un fixer, una especie de “facilitador” de periodistas extranjeros que llegan a cubrir un conflicto.

Una mañana recibió el mensaje de un productor estadounidense que le preguntó si podía servir de guía a un equipo que viajaría a Culiacán a grabar un documental relacionado con el narcotráfico. Aceptó y a partir de entonces lo siguieron buscando, cada vez con mayor continuidad, periodistas, documentalistas, fotógrafos, videógrafos y escritores de otros países que querían conocer la realidad de la frontera norte.

Al principio, no sabía que se había convertido en un fixer. A sus compañeros de nota roja les decía que brindaba apoyo a periodistas extranjeros como colega. “Creo que, en el fondo, me sentía avergonzado de ser guía de reporteros luego de darme a conocer como director de cine”.

Figura esencial

Todo esto lo relata en su libro “El Fixer”, en el que hace un emocionante recorrido por los acontecimientos más duros que le han tocado vivir en el ejercicio de esta labor invisible, desconocida, pero que cumple un rol esencial en la investigación periodística. Los nombres de los fixers nunca aparecen en los créditos, pero son quienes preparan todo para que los corresponsales se cubran de gloria, son los traductores, los que arreglan los contactos.

Por ejemplo, si se trata de un reportaje sobre cómo el cártel de Sinaloa trafica droga a Estados Unidos, Miguel Ángel tiene que conseguir la “bendición” del jefe de la plaza, un requisito indispensable para entrar y salir con vida del territorio. Una vez logrado esto, da luz verde al equipo de producción, que puede estar en Alemania, Estados Unidos, Francia, Holanda o Rusia, para tras-ladarse a México.

“El Fixer” no es otro libro de narcotráfico. Es sobre periodismo, sobre cómo los reporteros investigan contra viento y marea el tema oscuro y peligroso de la delincuencia organizada. Es sobre los sentimientos encontrados de un cineasta que tiene que trabajar en investigaciones periodísticas de alto riesgo con la esperanza de retomar su carrera en el cine.

Es un libro absorbente, emocionante y emotivo, de los que dan ganas de leer sin parar. Pero sobre todo, apunta, es una obra honesta, en la que expone algo de sí mismo, habla de la angustia que vive cuando debe librar a sus colegas internacionales de un levantón, de las amenazas de los sicarios, de cómo ha logrado esquivar, a veces por los pelos, las emboscadas de la muerte.

Como el día en que en compañía de dos corresponsales rusos se topó en un callejón de Cosalá, comunidad de la sierra sinaloense, con un grupo de sicarios.

Tras bajarlos del auto, los narcos pusieron una pistola en la cabeza de Miguel Ángel y le ordenaron que les dijera a qué cártel pertenecían. “Somos periodistas”, respondió con la vista clavada en el suelo y los brazos en alto. “Les mostré el gafete de prensa que colgaba de mi cuello mientras veía de reojo cómo golpeaban a uno de los periodistas rusos. Pensé que nos matarían”.

En otra ocasión, el equipo grababa una entrevista con un sicario del cártel de Juárez cuando llegó un grupo rival abriéndose paso a sangre y fuego. El entrevistado murió acribillado, los periodistas —sin saber todavía cómo— lograron escapar, con el director del proyecto herido de bala y “con todo el miedo del mundo”.

Historias de ese tipo encuentra el lector en el libro, además de anécdotas delirantes, como una comida con la madre del “Chapo” y conversaciones con esposas y amantes de capos.

Es además un texto revelador, señala Vega, porque la figura del fixer es desconocida en nuestro país, pese a que en Europa y Estados Unidos su labor se enseña en las escuelas de periodismo. “En México nos asombran los documentales en los que un investigador se mete hasta el tuétano de un grupo delictivo. El crédito es para el periodista internacional, cuando detrás está un fixer que preparó el terreno, cuidó y armó la historia e incluso libró ataques”.

Alarma constante

En el gran escenario del crimen, el riesgo forma parte consustancial del oficio. Es algo con lo que los periodistas han aprendido a vivir. Al aceptar un trabajo saben cuál es el nivel de riesgo, que se mide a través del territorio: si la zona está en disputa, se trata de una investigación muy peligrosa. “Si me mandan a Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, al desierto de Altar, plazas que se pelean diferentes carteles, estoy consciente de hay muchas probabilidades de que pueda ocurrir cualquier cosa… y con cualquier cosa me refiero a la muerte”.

El fixer sabe que al aceptar un proyecto puede meterse a una zona de guerra, pero lo ve como una oportunidad de obtener ingresos. “El periodismo es un oficio mal pagado. Trabajo para ‘Ríodoce’, un periódico pequeño que a duras penas sobrevive, por lo que tengo que buscar medios alternos para sacar adelante a mi familia y mantener vivos mis proyectos”.

Sin embargo, en la mayoría de los casos el interés monetario, pese a su importancia, no es la principal motivación para seguir exponiendo la vida, confiesa Miguel Ángel. Está el compromiso de mostrar las entrañas de las organizaciones criminales, porque no basta con los análisis de académicos, alguien tiene que bucear hasta el fondo para explicar cómo operan los grupos criminales.

Adentro, un sicario quizá no sepa cómo se mueve la droga, porque está dedicado totalmente a la seguridad. Y la mula o traficante tal vez no tenga idea de cómo operan los pistoleros, cómo se arreglan con la policía, cómo dependen de los punteros, que son los que informan quién entra y sale del territorio. Y a lo mejor ninguno de los tres está enterado de cómo se realiza una transacción con productores de Colombia, Bolivia o Perú, que es la parte ejecutiva, de la que se encarga el capo. Y cómo después éste se arregla con sus distribuidores. “Obviamente uno va a aprendiendo en el camino todo este tipo de detalles”.

Deber ético

También está la responsabilidad de documentar un fenómeno que afecta al país hasta los huesos. “Es un deber ético que tenemos todos los periodistas, sobre todo los que abordamos temas de seguridad”.

Y por último, está el orgullo de colaborar con los más importantes medios internacionales, con periodistas reconocidos.

A Miguel Ángel no le preocupa trabajar en la sombra, que su nombre no aparezca en los créditos, un tema que molesta a los fixers en el resto del mundo.

No le mortifica porque cuida mucho su vida privada. “Con este libro, obviamente, cambia todo, porque estoy revelando los entretelones del crimen organizado… Pero bueno, estoy de salida. Prometí a mi familia que este será mi último año como fixer, no tengo nada más qué probar y sobre todo estoy empecinado en reanudar mi carrera en el cine”.— D.Y.

Profesión anónima

Un estudio de Harvard mostró la disparidad con que perciben su colaboración fixers y periodistas extranjeros.

60% de los periodistas extranjeros declararon que nunca o raramente otorgan crédito a los fixers.

86% de los fixers dijeron que les gustaría tener crédito: el 48 % dijo que siempre y el 38 que algunas veces.

70% de los corresponsales aseguró que nunca o rara vez colocaron a un fixer en situación de peligro.

56% de los fixers respondieron en la encuesta que siempre o muy a menudo estaban en peligro.

La labor del fixer es abrirles paso a periodistas extranjeros para que hagan su trabajo en los lugares más violentos donde opera la delincuencia organizada

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