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Silencio y puños levantados por los muertos del sismo

A un año del sismo que sacudió Ciudad de México y otras ciudades

Aún duelen las pérdidas

CIUDAD DE MÉXICO (EFE).— Son las 13.14 horas y la ciudad calla. El minuto de silencio cae sobre la capital mexicana y durante unos segundos vuelve el recuerdo del estupor, la angustia y las lágrimas del 19 de septiembre del año pasado, cuando un terremoto dejó a los mexicanos con el alma encogida y el puño en alto.

En la colonia Roma de Ciudad de México las miradas se clavaron en lo que era el edificio de oficinas Álvaro Obregón 286, el punto en el que murió un mayor número de personas: 49 hombres y mujeres, del total de los 369 que se registraron en el centro y el sur del país.

Después del potente sismo de magnitud 7.1, ahora es un solar rodeado por unos paneles en que los damnificados han pintado lemas para pedir que no sean engullidos por el olvido.

Cuando el reloj marcó la hora de la catástrofe, los puños se levantaron, copiando la señal que los rescatistas hacían durante las labores de búsqueda para pedir silencio y escuchar si había vida bajo los escombros.

Entre los familiares de aquellas personas que no pudieron salir del inmueble y fallecieron se escaparon tímidos sollozos mientras las lágrimas resbalaban.

Frente al predio, vecinos y familiares dispusieron ayer multitud de flores, velas y retratos de las víctimas.

Uno de los carteles muestra varias fotos de Erick, de quien su familia asegura que siempre estará en su corazón. Otro recuerda a Adrián, a quienes sus amigos han escrito “Te quedamos a deber unas pizzas”.

El silencio lo rompió la alerta sísmica, programada apenas un par de minutos después del homenaje en silencio para dar comienzo al simulacro que se realiza en la ciudad de forma anual.

Comenzó a lo lejos, como un murmullo, hasta que se activó el altavoz más próximo al edificio, lo que provocó que varios de los familiares explotaran en llanto y se abrazaran. Poco antes de que se declarara el minuto de silencio, que se repitió en toda la ciudad, ya se percibía la emoción.

José Antonio Vázquez, una de las personas que pudo salir del edificio en el momento del sismo y, tras salir ileso, regresó para ayudar a otras víctimas, tomó la palabra ayer.

“El valor me lo dieron ustedes, por estar aquí”, señaló, antes de que su voz se le cortara.

El 19 de septiembre, José Antonio se encontraban en Álvaro Obregón 286 haciendo tareas de remodelación en el tercer piso. Cuando salió quedó a escasos metros del derrumbe, pero se adentró de nuevo para rescatar a supervivientes, pese a que había el miedo de que una réplica terminara de derrumbar el edificio.

“Simplemente mi instinto fue ayudar a esa persona (…). Si tuviera que volverlo a hacer, lo hago”, relató sobre el momento en que ayudó a una persona que había quedado atrapada entre la escalera y una ventana.

Los doce meses que han pasado desde ese día, reconoce, han sido los más largos de su vida: “Para mí todo ha sido muy lento”, agregó.

Con el sismo, el inmueble quedó colapsado en su parte central, dejando atrapadas a decenas de personas que los rescatadores intentaron sacar con vida en una larga tarea que se prolongó por 16 agónicos días.

Los familiares, quienes permanecieron en las afueras del edificio a lo largo de todas las labores de búsqueda, nunca perdieron la esperanza de que sus seres queridos fueran rescatados con vida.

En las señales y semáforos se colgaban listas elaboradas con los propios familiares con los nombres de aquellas personas que ya habían sido rescatadas, así como los nombres de quienes permanecían entre los escombros. Ayer los recordaron.

Como un mantra al que se aferraban para guardar la calma, los familiares repetían que en 1985, cuando otro fuerte temblor ocurrido el mismo día azotó la capital, había personas que eran encontradas vivas más de una semana después.

María Olivia Celis estuvo en la calle Álvaro Obregón hasta que, finalmente, a los diez días le entregaron el cuerpo de su sobrino Iván Manuel, quien se hallaba en el cuarto piso, en el que quedaron atrapadas más personas. Ayer decidió venir al mismo punto, “en honor a él y a su compañera”, que también estaba en el inmueble, relató.

“A esta hora mi sobrino ya había muerto. Murió a las 13.23”, afirmó esta mujer, quien asegura que a un año quedan cuentas pendientes con los familiares, porque por lo que les han dicho, la empresa en la que trabajaba su sobrino, que era contable, no tenía contemplado en el seguro a ninguno de sus empleados.

 

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