La Joya del Caribe

viernes, 25 de septiembre de 2020 · 03:00

Isla Contoy

Ricardo Méndez Baeza (*)

A inicios de la década de 1960, durante una visita a la oficina del arquitecto Miguel Ángel Cervera Mangas, que se encontraba a escasos metros de la Universidad de Yucatán, donde yo cursaba en la Facultad de Ingeniería Civil, un compañero llamado Carlos Cuevas Carrillo, quien iba más adelantado que yo y trabajaba ahí, tuvo el detalle de invitarme a hacer un levantamiento topográfico bajo instrucción expresa del titular del despacho. El destino era una isla desierta en el Caribe. Llegado el día nos encaminamos a Puerto Juárez donde, al arribo, un yate de conocido empresario yucateco pegaba para recogernos y llevarnos a pernoctar en Isla Mujeres. Al día siguiente, abordamos la embarcación menor que nos llevaría a aquel lugar, donde estaríamos 15 días aproximadamente. ¿El nombre? Isla Contoy. El trayecto fue capitaneado por un marinero llamado Eustaquio Barros, a quien llamamos “Don Taco”. Una fuerte corriente de agua previno que estuviéramos quietos parte del trayecto, el dirigente advirtió previamente, y al querer utilizar uno de los maderos de la proa y hacer más leve la difícil travesía, advirtió a Jaime Sosa, quien se encontraba sentado en uno de ellos: “¡cuidado con la cangreja!” A lo que Jaime respondió asustado: “¡no soy cangrego don Taco, soy Jaiba!”, ya que ese era el apodo de Jaime; todos reímos. Al finalizar después de 8 o 10 horas, llegamos a una playa de arena blanca, el paisaje remataba con un viejo edificio que se coronaba de un faro aguardado por el señor Rivero, acompañante de la jornada de varios días junto con su esposa, quien se encargaría de cocinarnos. Comenzamos los trabajos de medición con Carlos Cuevas en el teodolito, dos baliceros y dos cadeneros, así fuimos avanzando y conociendo las bellezas de esta isla, de la cual se tenía conocimiento desde tiempos de los mayas y tuvo relevancia histórica tanto en la época de la colonia como en el porfiriato gracias a su ubicación estratégica, aguas bajas y variedad de fauna, sobretodo aves. Pasados 7 días, Ramiro Rivero se turnó el teodolito con Cuevas, cuando mientras trabajábamos oimos sonidos de una embarcación. Era el yate que nos había llevado a Isla Mujeres, al mástil se encontraba parada una muchacha con traje de baño, les hicimos señas para que se acercaran mientras nos turnábamos la vista en el teodolito. La muchacha no dejaba de mirarme y yo correspondía. Al finalizar el día y llegar al viejo edificio donde nos hospedábamos, encontramos a dicha embarcación atracada la ribera de la misma, y la muchacha que estaba al mástil era nada menos que mi vecina en Mérida. El trabajo avanzaba, e ibamos conociendo otras partes de la isla, cierta ocasión tuvimos que atravesar con barco una zona pantanosa sobre las raíces de los mangles para llegar a un cuerpo de agua de más de dos hectáreas ¡Lleno de pelícanos! Tuve la oportunidad de acariciar uno de ellos en su nido. El espacio era conocido como “Laguna de pájaros”. Al medir y ubicar la laguna, seguíamos nuestro camino día a día, siempre con el señor Rivero, quien nos conducía en un barquito cada mañana hasta el punto donde nos habíamos quedado el día anterior. Así llegamos a la punta, bahía llamada “Rancho Viejo”, y en medio de zonas rocosas avistamos un barco de madera. Nuestro guía relató que un huracán lo había lanzado hasta allá. Continuamos los días fascinándonos aún más por la belleza de este lugar, tesoro escondido en el Caribe al que poca gente tomaba importancia. El ecosistema contaba con variedad de aves marinas. Cierta ocasión, vimos pájaros camachos en formación por filas a distintas profundidades, los cuales acorralaron a un cardumen de sardinas y se lanzaron en picada para darse un banquete, creando un verdadero espectáculo. Otra ocasión mientras dormíamos escuchamos arrastres por la arena ¡Eran caracoles! El señor Rivero empezó a recogerlos con un cubo y exclamó ¡Ya tenemos comida para mañana! Al cerrar polígono, regresamos a Mérida, Carlos presentó el dibujo, y al entregárselo al arquitecto Cervera, este especificó con seriedad “Cuevitas ¿qué isla mediste? Porque esta no es Contoy, Contoy es ésta” señalando una foto aérea que el mismo había tomado. Cuevas no tuvo más remedio que aceptar el error y forzó la figura de la isla en el dibujo para poder cerrar el polígono. Cervera pidió que regresáramos a medir la isla nuevamente, Cuevas se negó a volver. Ante la situación, el arquitecto preguntó si me podía hacer cargo y le dije que si. Nos embarcamos nuevamente a la aventura ahora mis condiscípulos Augusto Flores, Raúl Méndez, Eduardo Castro y dos más. Al finalizar la jornada y regresar a Mérida, hicimos el plano y descubrimos cuál fue el error en la visita anterior. Al ver el yate con mi vecina a bordo, Ramiro giró el teodolito hasta avistar el barco sin correr el bernier. Ya entregado el plano igual a la foto, nos enteramos que el trabajo era para una empresa estadounidense que le había pedido al Gobierno de México la Isla para construir un desarrollo turístico de clase mundial. ¿Se imaginan lo que eso implicaba? Acabar con toda esa belleza natural para convertirla en edificios, calles y aeropuertos. Afortunadamente un miembro de la familia de doña Esther Zuno, esposa del presidente Luis Echeverría Álvarez, gestionó que se declarará a Contoy como reserva ecológica y su petición fue aceptada ¡Se avistaba un ecocidio! Para mí, ese intento norteamericano de heredar el turismo masivo que canceló Fidel Castro en Cuba y que estaba desaparecido hasta antes de 1970, fue uno de los motivos de que un grupo de banqueros mexicanos realizaran dicho sueño con Cancún.— Cancún, Quintana Roo. Ingeniero

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