Eduardo R. Huchim: Miradas sobre la muerte

miércoles, 3 de noviembre de 2021 · 02:17
De fiesta y de dolor
El pasado martes 2 de noviembre se celebró el día de los Fieles Difuntos (y yo diría que de los infieles también). El carácter celebratorio de tal recordación es indudable en México, más aun cuando la reclusión pandémica sembró escasez de jolgorio en el espacio público durante más de 20 meses. Así se explica que el domingo pasado el espléndido desfile carnavalesco en Ciudad de México, con la temática mortuoria, haya reunido a más de un millón de espectadores.
En un pueblo como el mexicano, la muerte no podía exceptuarse de los motivos-pretextos para hacer fiesta y tomarse un puente, o al menos un día de pausa en el trabajo para llenar los panteones y rezar o cantar junto a las tumbas.
Festejar a la muerte, corporizarla y burlarse de ella acaso enmascare el temor, la angustia y el dolor que provoca la fatalidad de ser mortales. O quizá, como apunta Julio Moguel, la muerte abre “un diálogo amoroso, creativo, vigoroso de la gente viva con sus muertos, que no es solo dolor y llanto sino en muchos sentidos comunión festiva y animosa” (Aristegui Noticias). O para decirlo con el verso de José Emilio Pacheco, “Aquí sabemos a qué sabe la muerte / Aquí sabemos lo que sabe la muerte”.
La sociedad mexicana tiene una proclividad inocultable por el culto a los muertos. La necrofilia posee aquí manifestaciones diversas, una de las cuales es la transfiguración del que muere y por ese hecho se hace poseedor de virtudes de todo tipo. Es llamativa la beatificación laica post mortem de políticos, poetas, escritores, actores y otros personajes que en vida alcanzaron notoriedad pública.
La beatificación incluye a la propia terminación de la vida, pues en este veinteañero siglo el culto a la Santa Muerte se ha popularizado. Si bien este culto se tiene por novedoso, en realidad sus orígenes antropomórficos más remotos se hallan en tiempos prehispánicos.
En Tultitlán, Estado de México, se erigió una gran estatua de fibra de vidrio que mide 22 metros de altura. Curiosa deidad esta que no venera a una diosa o beata sino a un hecho, estado, transición y/o desaparición. Las iglesias convencionales han condenado a la Santa Muerte, pero hay miles de adeptos que la veneran y le rezan.
Si bien tal culto escandaliza a muchos, lo cierto es que posee raíces indígenas mesoamericanas y también europeas. ¿O podemos ignorar a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, Ah Puch, Hades, Plutón, Thánatos, Morta y otras personificaciones del óbito fatal? Hoy la festividad sincrética que recuerda a los fallecidos tiene, sobre todo por su vertiente indígena, el reconocimiento de la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Dolor y angustia

Decía yo que el carácter festivo de los días de muertos podría encubrir el dolor y la angustia asociados a los decesos. El enmascaramiento se prolonga en la evasión oral del término. En México y en el habla diaria, raras veces nos referimos a la muerte por su nombre. Preferimos llamarla Fría, Flaca, Calaca, Dientona, Catrina, Niña Blanca, Huesuda, Peregrina, Doña Osamenta, Xtabay, Parca, Tiznada, María Guadaña, Pelona, Segadora, Patas de Popote, Polveada, Tía de las muchachas, Chimuela, Niveladora, Calva, Tostada, Tilica, Chirrifusca, China Hilaria, Chingada, Novia fiel, Fregada, Llorona, La RIP, Polveada…Y no dudo que el lector puede agregar otros nombres.
Los personajes con presencia pública son origen y destino de las famosas Calaveras, expresión versificada del ingenio mexicano. Una de las mejores de este año es aquella protagonizada por el Presidente que dice en un fragmento: “Ha sufrido (AMLO) en el panteón, / pues no logra en sus procesos / evitar la corrupción / de la carne y de los huesos” (Reforma, 02/11/21).
En el tema de muertes, hay una dolorosa y dual realidad que se ha aposentado en nuestra nación: la violencia homicida y feminicida y la pandemia coronavírica. Una de larga data y otra de hogaño, pero las dos devastadoramente mortíferas. Tuvo sentido la Marcha de las catrinas en la CDMX, que con su protesta antifeminicida, contrastó el lunes con el tono fiestero del desfile dominical.
Por todo ello hay que concluir que la celebración mexicana del día de muertos tiene la doble vertiente de fiesta y de dolor, de jolgorio y de llanto. Fiesta y jolgorio que se burlan de quien es imposible burlar porque siempre nos alcanzará. Y dolor y llanto por los interminablemente (o infinitamente) muertos que decía Rilke.— Ciudad de México.
Periodista

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