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Vivencias en La Ermita por la destrucción

Los poderosos vientos que trajo “Gilberto” derribaron a este árbol en San Juan. En toda la ciudad causó daños el ciclón

René Flores Ayora narra episodios del paso del meteoro

René Flores Ayora, ingeniero de Tránsito y auditor en Seguridad Vial por el Centro Nacional de Prevención de Accidentes, recuerda a “Gilberto”.

Ese día casi todos estaban en la casa de La Ermita: sus papás, Ofelia y Rubén; sus hermanos Rudy, Roberto, Rocío, Russell y él, excepto el hermano mayor, Rubén, que estaba en Tabasco.

“Mi mamá empezó a tapar los espejos y a rezar, por ahí teníamos unos huevos de Viernes Santo que tocábamos. Empezamos a buscar las velas y veladoras para alumbrarnos y todos nos refugiamos en el primer cuarto que construyeron mis papás y que era el más seguro”, recordó.

“Entre todos pusieron bloques y maderas a la entrada del ‘hall’, porque cuando se anegaba la calle y pasaban los coches, el agua entraba hasta la casa y con impermeable y el bota aguas sacaban hacia el jardín el agua que entraba.

“Todos andábamos descalzos por si había que entrar al quite cuando el agua entrara a la sala”, dijo el vecino de La Ermita.

Recuerda que toda La Ermita estaba anegada. De los caños de la iglesia el agua caía como una cascada. Las palmeras reales ondulaban con el zig-zag del viento y muchos carros quedaron varados porque el agua les llegaba a una altura a mitad de las portezuelas; la gente tenía que salir por las ventanas, ya que si abrían las puertas el agua le entraba al vehículo…

Al día siguiente no había luz y se iban a comprar hielo para que no se echaran a perder los alimentos que estaban en el refrigerador. Todo Mérida se quedó sin energía eléctrica.

“En aquel entonces tenía una novia que vivía a dos cuadras de la casa, y su papá tenía una combi, y con ella fuimos a recorrer los lugares donde vendían hielo. Llegamos al Paseo de Montejo, donde están las rieles, enfrente del hoy edificio de la CFE. Ahí está la hielera Heredia, y había una larga fila de carros esperando comprar el producto”, dijo.

En el trayecto hacia La Ermita el paisaje era de árboles caídos, semáforos descabezados, autos abandonados, postes de luz y teléfonos en el suelo. No se podía pasar y había que buscar otra calle que estuviera libre para poder llegar al barrio.

Para fortuna de la familia en la casa había un pozo y un aljibe (depósito) de agua lluvia que recolectaban del techo, que la mamá hervía y ponía en una tinaja de barro. “Había vecinos enfrente de la casa que sacaron su ‘llanta inflada’ y como canoa recorrían divertidos toda la cuadra empujándose unos contra otros”.

“A los quince días nos tocó hacer práctica de laboratorio, muestras de sedimentos y nos fuimos a Progreso. Grande fue nuestra sorpresa al ver un enorme barco encallado en la playa, el Lady-C”, dijo (Continuará).— Luis Iván Alpuche Escalante

 

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