(Primera Columna publicada el 10 de febrero de 2001)
Durante 131 años, de 1643 a 1774, sólo dos hombres y una sola familia -la casa de Borbón- mandaron a Francia: el Rey Sol, Luis XIV, y su nieto Luis XV. En este siglo y cuarto, símbolo universal del absolutismo, nació en 1689 y murió en 1755, a la edad de 66 años, el diseñador de la estructura democrática que caracteriza al estado moderno: Carlos de Secondat, barón de Montesquieu.
La Columna lo recuerda porque murió en un día como hoy, un 10 de febrero. También porque su doctrina nos ayuda a comprender la importancia del actual desacato de las autoridades yucatecas a la Federación mexicana.
El barón fue un especialista en el estudio de los autócratas y sus antídotos. Sus “Cartas persas” son retrato y caricatura de la corte de Versalles. No pasarán de moda sus “Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los Romanos y de su decadencia”.
Su obra cenital es el “Espíritu de las leyes” (Génova, 1748). Son tres volúmenes que se dividen en 31 libros, con 1.086 páginas. Fruto de 20 años de trabajo y viajes por Europa, ha sido el “best seller” por excelencia de la bibliografía política: 22 ediciones en 18 meses. J.
López Peñalver la tradujo al español.
En una historia de todos los tiempos y de todos los países, Montesquieu examina los principios éticos de los gobiernos, estudia las necesidades físicas y morales de sus pueblos y encuentra el origen de las leyes que los gobiernan.
En el libro que alcanzaría la inmortalidad, el 11o. de los 31, en el capítulo sexto, cambió el curso de la política al separar el ejercicio del gobierno en tres poderes autónomos: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial.
En el pensamiento del abogado Secondat, el Legislativo dispone, con las leyes, la manera de vivir; el Ejecutivo, con la fuerza, la pone en práctica, y el Judicial vigila que ni éste ni aquel se extravíen en el ejercicio de sus atribuciones. Montesquieu confió a los jueces, a los magistrados, la misión de defender al pueblo de los excesos de sus gobernantes.
Ese capítulo sexto fue la cuna donde nació la Declaración de los Derechos del Hombre y la Constitución de los Estados Unidos de América. Las cartas magnas que en el mundo son y han sido beben y bebieron de la doctrina de Montesquieu.
Al salir la 22a. edición, el político francés Chavelier de Solar escribió: “Desde la creación del sol, esta obra es lo que más se ha hecho para iluminar el mundo”. El filósofo escocés David Hume agregaría: “Su obra tendrá la admiración de todas las épocas”. Un científico suizo, Charles Bonnet, dijo de Montesquieu: “Descubrió las leyes del mundo intelectual como Newton descubrió las del mundo físico”.
En célebre controversia sobre el poder, los Parlamentos de Aix y de Dijón invocaron la declaración de Montesquieu de que a los magistrados, como intermediarios que son entre el gobernante y el pueblo, no se les puede debilitar sin vulnerar la Constitución de Francia.
“Ay de los gobernantes que fincan su poder en las ruinas de la ley -advirtió, interpretando a Monstesquieu, el Parlamento de Tolosa -.
Tendrán que gobernar a sus estados como tierras conquistadas”. Por la fuerza.
Dos siglos después de la muerte del barón, otro abogado francés, Alexis Henry Charles, conde de Tocqueville, también ilustre especialista en la investigación y análisis del oficio de gobernar, con palabras proféticas subrayó el respeto insustituible que merece el Poder Judicial.
-Es el poder que está colocado a mayor altura que ningún otro tribunal conocido. En las manos de los magistrados reposan incesantemente la paz, la prosperidad. Sin ellos la Constitución sería obra muerta. A ellos se acude para impedir las usurpaciones, para defender el interés público contra el privado, el espíritu de conservación contra la inestabilidad democrática. Sin embargo…
-Su poder es inmenso, pero es un poder de opinión -advierte-. Son todospoderosos en tanto que el puebloconsiente en obedecer la ley. No pueden nada cuando la desprecia, y el poder de opinión es muy difícil de manejar, porque no se sabe cuáles son sus límites. Es peligroso traspasarlos…
Palabras proféticas. En el siglo siguiente traspasaron esos límites el comunismo, el nacismo, el fascismo. La Columna recordó ayer las arenas de Mussolini a las camisas negras en la Piazza Venezia de Roma, la histeria de Hitler ante las camisas pardas aglomeradas ante el Reichstag. Los recordaron la Columna al ver en la Redacción del periódico las fotografías de Víctor Cervera Pacheco y los diputados del PRI en el balcón de Palacio, con los puños en alto, en su reto a la historia, en su sublevación contra el Poder Judicial, la Suprema Corte, sus magistrados y la Constitución, mientras abajo, entre el desdén de la masa por la ley, la bandera yucateca se extiende junto a carteles de desafío al presidente Fox.
Qué límites vamos a traspasar en este desacato al que se incorporaron ayer los dirigentes de la Coordinadora Empresarial con una declaración en que se adhieren sin reservas al comportamiento del gobernador en esta crisis política y proponen que las decisiones de los magistrados, representantes del pueblo en la República, sean letra muerta en Yucatán.
Cuando el pueblo no aprecia la ley, o permite, con su silencio, que una minoría imponga su desprecio, sobre las ruinas de la Constitución se asienta el imperio de la fuerza. Así se ve al desacato desde el balcón de la historia: como un retorno a los excesos y las decadencias del absolutismo.
Terminamos nuestra evocación de Montesquieu con las divisas que asignaba a las formas de gobierno: “La monarquía está basada en el honor; la república, en la virtud; el despotismo, en el miedo”.
En el fondo del desacato a los magistrados del Trife hay un temblor de miedo. El miedo que es la cruz que lleva a cuestas Yucatán en el encuentro y deslinde de dos siglos. ¿Caminamos hacia Versalles o hacia México?
