(Artículo publicado el 3 de septiembre de 2002)

En un parque de Lisboa se levanta una estatua de José María Eca de Queiroz acompañada de una representación de la verdad en cuerpo de mujer con un manto que más que vestirla la destapa. Bello conjunto del escultor Texeira de Lopes que tiene esta inscripción: “Sobre la verdad desnuda está el velo diáfano de la fantasía”.

Una inscripción feliz porque la fantasía de Eca de Queiroz, por medio de sus novelas -recordemos que una es “El crimen del padre Amaro”-, entró como bisturí en la sociedad contemporánea de Portugal para exponer las verdades incómodas ocultas por el relumbrón de la riqueza, la elegancia y el poder.

En nuestro artículo “Los crímenes del padre Amaro y la jueza Cobá”, publicado en este periódico el domingo último, hablamos sobre lo que encontraría el abogado, periodista y novelista portugués si hundiera el bisturí en las entrañas tenebrosas del caso Medina Abraham, que es en algo o en mucho un álbum fotográfico de la vida social, religiosa y política yucateca.

No es necesario el bisturí para llegar a los crímenes de la jueza.

Ni son indispensables los estudios jurídicos y científicos que presentan los encargados de la defensa. Son crímenes que están a simple vista. Desnudos.

En los explorados caminos del caso Medina Abraham, ley que la jueza encuentra es una ley que atropella. Su contacto con las constituciones y los códigos, con las garantías, los derechos y los procedimientos que tutelan, es el mismo que el de un chivo encerrado en una cristalería.

La Constitución dice que un juez debe aceptar las pruebas y los testigos que presentan un acusado. Más aún, le ordena que ayude al acusado a presentarlos.

Leticia Cobá hizo lo contrario en el juicio. Una y otra vez. De principio a fin. Es sólo un ejemplo de las infracciones de la jueza, tan claras y prominentes que las comprenden un paletero o un auriga. Hasta un abogado, si no está en el Colegio.

Le falta el respeto al Poder Ejecutivo contestándole al Procurador con estúpidas certificadas. Hay acuerdos suyos que no cuadran con el sentido común. Le enmienda la plana a la ciencia. Harvard, Stanford, el FBI, Scotland Yard, la Interpol, los grandes centros de la criminología mundial, resuelven misterios y rectifican errores con la prueba del ADN, que revelan la identidad de los vivos y los muertos. Los muertos de hace 50 ó 500 años. Para Leticia Cobá, el ADN está inválido después de una semana.

No vale el estudio que demuestra que la blusa del juicio a Armando Medina y la sangre que la mancha son falsas. La jueza contra el mundo.

Por su ignorancia de la ley o su hábito de violarla, Leticia Cobá es un peligro para cualquier yucateco, es cierto, pero en esta amenaza más peca el que agarra la pata que quien mata a la vaca. El que agarra la pata es el Tribunal Superior de Justicia del Estado. El verdadero crimen en el caso de la jueza Cobá no lo cometería ella sino los magistrados si le renuevan el nombramiento que está a punto de expirar.

No vive en Yucatán quien no ha oído que el Poder Judicial es el baluarte del cerverismo en el Estado, el muro de contención construido para proteger los intereses de los hombres del pasado y ponerlos a salvo cuantas veces la ley y la justicia les piden cuentas.

La renovación del nombramiento de la jueza se desnudará al Tribunal Superior.

La ley viste a los magistrados con el manto de primeros defensores de la sociedad. La revalidación de Leticia Coba los destaparía como enemigos.

El crimen de la jueza Cobá pintará una raya en el camino del cambio.

Revelará dónde están el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial. Si habrá colaboración o tendremos confrontación. Si vamos a trabajar en paz o vamos a seguir peleando. Si nos podemos dedicar a reparar o nos espera un escándalo cada vez que los esfuerzos por componer a Yucatán se topen en el camino con un miliciano del pasado con uniforme de juez o armadura de magistrado.

La renovación del nombramiento de Leticia Cobá sería una declaración de guerra. ¿Fantasía? La fantasía es el velo diáfano que cubre a la verdad.- ERA- Mérida, Yucatán, septiembre de 2002.

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