(Primera Columna publicada el 22 de marzo de 2009)
El de ayer fue sábado de recuerdos, con rocío de saudade, con llovizna de pena, para César Pompeyo: un regreso al pasado amargo con la lectura de “Ni la gobernadora ni el alcalde”, la nota sobre el veto de Ivonne Ortega a César Bojórquez decretado sobre la primera piedra de nuevo puente del Periférico meridano.
Este melodrama de si vas tú, yo no voy, de si tú hablas, yo me callo, tuvo como fondo musical, según la reseña, la canción “Devórame otra vez”, de Lalo Rodríguez. La crónica menciona algunas frases de la letra: “Castígame con tus deseos…Nostalgia por no verte”.
Pompeyo pensó en María Félix y algunas de sus 50 películas: las primeras, los éxitos de los años 40 que la llevaron al estrellato del cine latino. Le vino a la mente, claro, “La devoradora”, cinta en la que la actriz se despacha a Luis Aldaz.
Se acordó de “La mujer sin alma”, que consume en cuerpo y espíritu a Fernando Soler. De “Doña Diabla”, donde condena a Víctor Junco. Repasó escenas de “Una mujer cualquiera” y “Que Dios me perdone”, que colocaron a María entre las grandes vampiresas que en el mundo han sido.
Pompeyo midió con sus evocaciones cinematográficas la temperatura de esa animosidad, con tendencia a la fobia, que distancia a la gobernadora de nuestro presidente municipal. En este cotejo de la historia fílmica antigua con la actualidad política, permite lector que la columna, sin ánimo de ofender, recurra a la metáfora para exponer su extrañeza. ¿Por qué Ivonne Ortega no puede ver a César Bojórquez? ¿Por qué si César casi se muere por verla? Le pide audiencia, se la vuelve a pedir, la espera cuando llega tarde, la invita públicamente a conversar sobre asuntos meridanos. ¿Por qué le cae mal?
¿Será que quiere devorar a César detrás de la pirámide de Cecilia? ¿Que pretende consumirlo a punta de auditoría y fotocopias? ¿Condenarlo con las pesquisas inocentonas de la procuraduría? ¿Qué le hizo que hasta Dios pueda perdonarlo pero ella no? Si es que hay pecado que perdonar…
Como que ya es el momento de que la gobernadora nos informe qué tiene contra el alcalde. Su misma gente se lo pide entre líneas cuando Francisco Torres Rivas, su secretario de obras públicas, en la misma ceremonia del veto subraya en un discurso la importancia de la coordinación y expresa el deseo de que el nuevo puente sea símbolo de unidad.
¿Qué descoordina a Ivonne y César en una desunión negativa a pesar de que la jefa del Ejecutivo, poco después del veto, aconsejó a los representantes de la radio y la televisión, reunidos en Petcanché, que ayuden a la armonía, la concordia y las actitudes positivas que deben dirigir las relaciones entre los yucatecos?
Es cierto que Ivonne juró ayer que nada tiene contra el alcalde, que veto no hubo, sino contratiempo de último minuto, pero no se puede culpar de ver moros con tranchetes a quien opine que la señora Ortega, con el contraste entre su palabra y su ejemplo, predica el sermón trillado de “Haz lo que digo pero no lo que hago”. Si no hubo veto, ¿por qué Angel Prieto, presidente del Poder Judicial, y Jorge Carlos Berlín Montero, encargado en turno de la jefatura del Congreso, cancelaron también su presencia en la primera piedra? ¿Triple contratiempo simultáneo? Sus sillas vacías delataron su dependencia del Poder Ejecutivo. Dependencia que no recuerda a María Félix. Que recuerda a Mamá Cua Cua y sus patitos en la canción de Gabilondo.
Al concluir su evocación de María, el señor Pompeyo subió al final de los años 60, cuando el gobernador, para satisfacer los apetitos de su partido y cuidar sus intereses, hizo cuanto estuvo de su parte para consumir y condenar al inolvidable ayuntamiento de Víctor Manuel Correa Rachó, primera piedra de la democracia en Yucatán. Hambriento de sectarismo político, buscó devorarlo en circunstancias similares a las de hoy: en vísperas de elecciones.
¿Es el veto de Ivonne una nueva señal de un regreso retrógrado a las confrontaciones políticas que tanto reprimieron el progreso de Yucatán? Si la señora Ortega dice lo que siente, que lo demuestre. Que le tienda la rama de olivo a César Bojórquez. Que propicie la paz, no la guerra que ponía a Mérida de un lado y al resto de Yucatán del otro. Su ejemplo, como primera autoridad del estado, puede decidir si la discordia o la armonía, si el “tú o yo” o el “tú y yo” dictarán el rumbo que tomen los yucatecos en su gobierno y los comicios que se avecinan. La palabra, sola, suena a hueca. Viajará en lo que el viento se llevó en la noche del sábado, lloviznada de recuerdos amargos de una historia que no se debe repetir.
