(Primera Columna publicada el 19 de septiembre de 2010)

Varias personas han comenzado a reunirse alrededor de la banca del parque de San Juan donde César Pompeyo imparte al investigador italiano don Vittorio Zerbbera las clases de español que éste ha solicitado para hacer más conciso y exacto su estudio sobre la repentina y prolongada explosión de parientes y amistades de la gobernadora en el Ayuntamiento de Mérida y otros informes que el investigador italiano rinde sobre las mafias yucatecas a la sede central de la cosa nostra en Palermo, Sicilia.

—Explíqueme, por favor, por qué en la Primera Columna se habla un día de “lambiscones” y al otro de “lamiscones”. ¿Cuál es la palabra correcta? —preguntó el “dottore” siciliano en la clase de ayer.

En efecto, en la columna del jueves 16 de septiembre se indica que nunca han faltado ni faltan tontos útiles y “lambiscones” que les rindan culto a los mitos y las manías de los descendientes del jacobinismo mexicano, que tuvo su expresión oficial —no lo dijimos entonces, pero reparamos hoy la omisión— en los gobiernos derivados de la Reforma de Benito Juárez y en los emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Después de llamar por teléfono al periódico, para recabar los datos pertinentes, el señor Pompeyo dio a don Vittorio la siguiente respuesta: Lambiscón era hasta hace poco un barbarismo. El barbarismo es un atentado contra la gramática normativa, que es el arte de hablar y escribir correctamente un idioma. Ahora es un mexicanismo aceptado por la Real Academia Española.

Lamiscón es un derivado de la palabra “lamiscar”, que significa lamer con ansia y aprisa.

Una y otra palabra son sinónimos del “adulador” profesional. Se identifica con el verbo “adular” a la persona que hace, dice o escribe intencionalmente lo que se cree que puede agradar a otro.

Los portadores y voceros de la adulación son el elogio desmesurado. La alabanza exagerada. La zalamería rastrera. El halago consuetudinario y pegajoso que por simple cobardía, ansias de trepar por la escala social, afán de poder o apetito de enriquecimiento repentino exponen a un gobernante a perder el piso.

La lamisconería torrencial oculta la verdad al amo, si es molestosa, y le unta la mentira, si lo favorece. A la lambisconería también recurre el funcionario desleal, para esconder un acto o una declaración censurables que pueden perjudicar al adulador o a un protegido suyo.

Ambos, el lamiscón y el lambiscón, son profesionales del lameteo: deslizar la lengua sobre algo para lamer o chupar repetidas veces.

Lambiscones, lamiscones y “lameteadores” son una bacteria capaz de infectar un gobierno hasta el grado de esa descomposición total en que las autoridades conocen perfectamente bien a los aduladores, los alientan y los premian. Llegamos así al gobierno de los besuqueos, las genuflexiones mutuas, las parentelas insaciables y las amistades voraces que son capaces de devorar la economía de un estado.

Si tienen sanas intenciones, Ivonne Ortega y sus colaboradores leales deben ubicar y neutralizar a esa congregación de parásitos para librarse de un naufragio moral, político o electoral en el mar de errores, fraudes, disparates y otros excesos u omisiones que se le atribuyen hoy casi siempre con una exactitud que es imposible de refutar, aunque no de rectificar.

A la luz de estos conceptos la columna no puede menos que ver con pena la actitud del presidente Felipe Calderón Hinojosa en la llamada ceremonia del “grito”, la noche del 15 de septiembre, en el balcón del Palacio Nacional. El presidente se explayó en sus citas de los “héroes” de la patria: nosotros nunca habíamos oído una lista tan larga de nombres. Casi llegó al agotamiento en su mención de los próceres, pero se abstuvo de mencionar a Iturbide, quien, nos guste o no nos guste, sean nuestras creencias las que fueren, cualquiera que sea nuestro partido, es el autor y padre de la independencia, el Libertador de México.

Triste que en el bicentenario de la independencia el presidente de México siga dependiendo de los vestigios vergonzosos de un jacobinismo trasnochado no sólo contrario a la educación y la ideología que se suponen en Felipe Calderón: contrario también a la manera de pensar que ha defendido el PAN desde que nació en 1939. ¿Cuándo seremos capaces de liberarnos, de independizarnos de los lastres, fanatismos y tantos otros ismos que arrastramos en una historia mentirosa que desorienta e infecta a la niñez y la juventud?
¿Lambisconería? ¿Respeto a la tradición viciada? ¿“Diplomacia” mal entendida para no irritar al adversario? ¿Poca estima a la verdad? ¿Indiferencia? — Mérida, 18 de septiembre de 2010.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán