(Primera Columna publicada el 27 de agosto de 2010)

A propósito de la polémica sobre el monumento a los señores Montejo en el paseo meridano del mismo nombre, es oportuno señalar que en 1541, mientras Miguel Angel, a los 66 años de edad, concluía una de las obras maestras de la civilización: la pintura de “El juicio final” en toda la pared que corre detrás del altar mayor de la Capilla Sixtina, en la Basílica vaticana de San Pedro, el señor de Zotuta, Nachi Cocom, protagonizaba la primera de sus dos agresiones salvajes a gente de su propia raza, en dos traiciones nefandas sin precedente en la historia del pueblo maya.

Su figura de matasiete despiadado bien puede servir de ilustración al juicio que escribe don Crescencio Carrillo y Ancona después de relatar en su “Historia Antigua de Yucatán” (1871), la decadencia y degradación en las que se habían sumido los mayas cuando llegaron los españoles.

Hijo de familia muy humilde de Izamal, el historiador asienta en el capítulo XX: “Si la triste época que inmediatamente antecedió a la aparición de los europeos se hubiera prolongado, ya habría sucumbido el pueblo maya bajo el triple despotismo de sus reyezuelos, de sus sacerdotes y de sus viciosas costumbres”.

El número de víctimas que hubo en la Conquista —añade— “tenía que ser y fue incomparablemente menor que el que resultaba de las guerras que los mismos indios entre sí se hacían, y sobre todo, que el de las frecuentes hecatombes humanas que los Nacones (jefes supremos militares) hacían a sus ídolos”.

Tutul Xiu, señor de Maní, había solicitado y recibido la autorización de atravesar el territorio de los cocomes en una peregrinación religiosa a los pozos sagrados de Chichén Itzá, pero Nachi Cocom, poseído por antiguos rencores, después de agasajar durante varios días de banquetes y fiestas a sus huéspedes —doncellas, sacerdotes, guerreros y nobles— incendió mientras dormían en las casas donde los hospedaba. Quienes no perecieron quemados vivos fueron asesinados a punta de flecha cuando huían de las llamas.

No escarmentó Tutul Xiu. Convencido de que vencer a los españoles era imposible, para evitar una masacre concertó una alianza con Francisco de Montejo y León, el Mozo, invitó a Nachi Cocom a unirse al pacto y le envió doce embajadores a Zotuta para cerrar el pacto. El cacique cocom recibió con honores a los xiues y ofreció una respuesta en cinco días, mientras meditaba cómo asesinarlos. Decapitó a once, violando de nuevo la tradición de respeto a diplomáticos e invitados que hasta entonces se había respetado sin excepción, y al duodécimo, Ah Kin Chi, hijo de Tutul Xiu, en vez de degollarlo, le sacó los ojos con flechas y con el rostro bañado en sangre lo devolvió a su padre, como respuesta a la oferta de alianza.

El resultado de la segunda matanza atroz fue la batalla decisiva de la Conquista. Tutul Xiu, aliado con los Canules, los Pech y los Cheles, solicitó y obtuvo el apoyo de Montejo para enfrentarse a la nube de sesenta mil cocomes, cupules y cochahues reunidos por Nachi Cocom para poner a Mérida en estado de sitio y exterminar a los españoles y sus partidarios. Era el amanecer del 11 de junio de 1542. Por la noche, sembrado de cadáveres el campo del fiero combate, el señor de Zotuta se batió en retirada. 11 de junio de 1542. Festividad de San Bernabé. Por eso el patrono de Mérida, por decisión de su fundador, es ese santo judío que fue discípulo de los Doce Apóstoles y amigo íntimo de San Pablo.

Una vez más tuvo que vencer Montejo a Nachi Cocom antes de que le perdonara cuando el cacique rindió homenaje a los reyes de Castilla y convertido a la fe cristiana adoptó en el bautismo el nombre de Juan. Generoso y magnánimo, el conquistador le permitió conservar sus territorios y demás posesiones.

Ahora, por quinta vez, se trata de enfrentar a Nachi Cocom con los Montejo. Algunos han sugerido desplazar las recién inauguradas estatuas del Adelantado y su hijo a otro sitio y substituirlas con una del cacique de Zotuta. Conviene recordarles que el gobernador Humberto Canto Echeverría, presa de un indigenismo extraviado, pretendió ponerle al Paseo de Montejo el nombre de Nachi Cocom y en la primera cuadra, la del oriente, levantó un monumento con una placa alusiva. Placa que fue destruida por un grupo de jóvenes y, aunque repuesta por el Ejecutivo, los meridanos nunca aceptaron la ofensa a su avenida principal y las autoridades tuvieron pronto que desistirse de su infeliz iniciativa.

Cien años tiene el Paseo de Montejo. Es justo que Mérida pague ahora solemne, con dos estatuas que nos hacían tanta falta, en un lugar por demás propicio, una deuda de gratitud con el hombre que puso la primera piedra de nuestra ciudad y vivió en ella 32 años, contribuyendo a su crecimiento y prosperidad hasta su muerte el 8 de febrero de 1474, honrado con el cargo de concejal vitalicio del ayuntamiento.

Digna ocasión para rendir este homenaje es el bicentenario, porque, si hemos de coincidir con el juicio de Carrillo y Ancona, los Montejo, el Adelantado y el Mozo, fusionaron la vitalidad, la cultura y la fe de la raza española con la decadencia irrefrenable de los mayas para formar y organizar al pueblo yucateco que ahora se dispone a celebrar los 200 años de su independencia.

Quien quiera ampliar estas referencias sobre las relaciones de los Montejo con los mayas, en particular los xiues y los cocomes, puede consultar “Los indios de Yucatán” (Mérida, 1954), de Sierra O’Reilly, primer tomo, capítulos IV y VI. “Monografía de los Montejo” (1930), de Rubio Mañé, pp. 106 a 108. “Relación de las cosas de Yucatán” (Mérida, 1938), de Diego de Landa, capítulos VIII, IX y XI. “Historia de Yucatán” (tercera edición, Mérida, 1867), de López de Cogolludo, pp. 216 a 219. “Historia de Yucatán” (Mérida, 1878), de Eligio Ancona, pp. 322 a 334. “Historia del descubrimiento y conquista de Yucatán” (Mérida, 1896), de Molina Solís, capítulo XVII. “Conquista y colonización de Yucatán” (México, 1974), de Richard Chamberlain (traducción de don Álvaro Domínguez Peón), pp. 133-138 y 219-226.— Mérida, Yucatán, 26 de agosto de 2010.

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