(Primera Columna publicada el 24 de febrero de 2011)

Sabor a reminiscencia entreverada de actualidad tuvo ayer miércoles en San Juan la plática de Vittorio Zerbbera y César Pompeyo sobre el papel de las plazas en los sucesos decisivos de la historia. Imposible sería la reseña completa de la charla. Recogeremos sólo algunos momentos que la ligan con Yucatán.

—Las plazas han tenido un sitio prominente en la historia de Italia —evoca don Vittorio—. En la piazza del popolo (plaza del pueblo) pronunció arengas famosas, a sus camisas negras, el dictador Benito Mussolini. ¿Quién le iba a decir que en otra plaza, la de Loreto, en Milán, colgarían por los pies los cadáveres de él y su pareja sentimental Claretta Pettaci en señal de advertencia al fascismo que fundó y dirigió il Duce. Recuerdo ahora este episodio macabro porque, César, ¿quién le puede decir a madame Ortega qué le sucederá después del juicio que le van a hacer mañana jueves por la noche en la Plaza Grande?

—No creo que la sentencien a ser colgada de cabeza, Vittorio. No se trata de que lo merezca o no. Es que ella es distinta de Mussolini: Ivonne no tiene pareja sentimental.

—En el caso de que así sea, César, y carezco de noticias que me permitan dudarlo, es clara la similitud entre el déspota italiano y vuestra gobernadora en otros aspectos. Las camisas rojas de Ivonne y Angélica son un desplazamiento transcentúrico de las camisas negras que fueron las tropas de choque de Benito. Otro ejemplo es la administración fascista de la economía. Totalitarismo puro. La señora Ortega hace, como lo hacía él, lo que se le ocurre, según leo todos los días en el periódico.

—Con una diferencia, Vittorio. En los primeros tiempos de Benito tu país vivió más de una década de prosperidad económica que lo situó entre las potencias del mundo. No sucede lo mismo con Ivonne. Sus detractores aseguran, y nadie demuestra lo contrario, que lo que se le ocurre a la señora Ortega es casi siempre lo peor. No sé si está bien fundada o no, pero sí que está muy extendida la opinión de que bajo su gobierno Yucatán ha retrocedido varias décadas, como las han retrocedido los enfurecidos yemenitas bajo el régimen del presidente Alí Abdullah Saleh.

—Pero ustedes, los yucatecos —apunta Vittorio— son más pacientes que los musulmanes del Mediano Oriente y África. Aguantaron 70 años de estropicios del PRI y, como si les hubiera gustado mucho, cuando lograron sacarlo no tardaron en traerlo de nuevo. Aquí y en la gran China eso se llama masoquismo. A menos que en el juicio de mañana jueves en la Plaza Grande haya significativas sintonías con el espíritu que anima las explosiones democráticas en la Plaza Verde de Trípoli contra Muhammar el-Kahddafy, o en la Plaza de la Liberación contra los restos políticos del derrocado Hosni Mubarak, o en la Plaza del Martirio (antes Perla) en Manama, la capital de Bahrain, contra el yugo del monarca Hamad Bin Isa al-Khalifa.

—Te admito, Vittorio, que no hemos encontrado aún la fórmula para liberarnos del martirio, reconozco que la gobernadora se comporta como un califa en eso del derroche desenfrenado, pero no habrá bochinches como los que derribaron a Ben Alí en Túnez o han puesto en jaque al sultán Mahoma VI en Marruecos. Ya no ahorcamos a los bandidos en la Plaza Grande como lo hicimos antaño: ahora votamos por ellos. Además, ya no tenemos sogas: tan mal está el henequén. Te repito: los yucatecos somos pacíficos, pero sí creo que hay una coincidencia significativa entre los movimientos que ocupan aquellas plazas lejanas y el juicio que veremos mañana en la Plaza Grande: una insurgencia cívica.

—Creo, amigo Zerbbera, que el tribunal ciudadano de la Plaza Principal puede demostrar que el saqueo de las arcas públicas ha llegado a records que serán muy difíciles de remontar o de aguantar sin que algo se rompa. Debe ser un aglutinante del esparcido descontento popular. Puede ser la punta de un iceberg en que se estrellen el gobierno y su partido como colisionó el “Titanic” contra el témpano que lo hundió en el Atlántico.

—¿Hay alguna posibilidad, César, de que madame Ortega tenga las agallas de ir a la Plaza a encabezar su defensa desde el banquillo de los acusados?

—Ninguna, señores —informa el reportero, recién llegado de Palacio—. Ha trascendido que Ivonne se arrugó a última hora y ordenó al Ayuntamiento que impida a toda costa que el tribunal se instale en la Plaza Grande. Angélica se cuadró ipso facto y suscribió la prohibición correspondiente. Los jueces han acordado trasladar el juicio, a la misma hora, al callejón del Congreso.

—Otra coincidencia, pero más reveladora, con las atrocidades africanas —comenta don Vittorio—. El tirano Khaddafy, como Ivonne y su álter ego, madame Araujo, también ha prohibido las manifestaciones que enjuician a su gobierno en la Plaza Verde. Como ve, César, en Libia como en Yucatán, el miedo a la libertad de expresión no anda en burro, sobre todo cuando la conciencia, si la tenéis, os muerde y remuerde. No me espere usted mañana aquí en San Juan: yo no me pierdo el juicio. Lo bueno de todo esto es lo malo que se está poniendo.— Mérida, Yucatán, 22 de febrero de 2011.

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