Amigos aficionados…

La inocencia de los chiquillos y jovencitos de la escuela que dirige José Ventura papá en Calkiní y la espera, estoica y decidida, de Álvaro de la Calle, al otro lado del charco, permite hacer reflexiones importantes sobre la tauromaquia.

¿Qué tendrá que ver una, aquí en estos lares, con la otra, allá tan lejos?

Los amores propios de quienes están involucrados en esta fiesta de los toros que une a tantos.

Unos van haciendo de su deseo infantil un camino que, quizá pueda llevarlos algún día a la meta soñada de ser alguien en esta profesión tan dura. José Buenaventura Chuc, nombre de Ventura, reúne semanalmente a varios en una escuela que tiene lugar en Calkiní, y el 16 de septiembre pasado se juntaron 14 para meterse al ruedo ante becerros y vaquillas, probando y sintiendo lo que es torear. Siempre dice este torero de pueblo, que también es sastre taurino, que lo que pretende es que desde niños vayan sintiendo, pero, ante todo, que vayan tomando afición. Y al final, si no llegan a ser toreros, que al menos sean buenos aficionados y mejores personas. Valores fundamentales para el hombre, más allá que para el torero.

Y otros, como Álvaro de la Calle, van soñando también, pero por meterse a los carteles. Él sabe bien qué es eso de esperar, de sufrir, de aguardar que suene el teléfono para una contratación, el día a día a veces tormentoso para quien necesita torear para poder comer. Álvaro, el sobresaliente más famoso de esta última década, torea solo para cuando hay encerronas o festejos de mano a mano, esperando los titulares que no tenga que entrar al ruedo, como pasó con Emilio de Justo en Domingo de Ramos en Las Ventas. ¡Clase de suceso! Si a Emilio no le pegan esa voltereta casi trágica, no hubieran visto 24 mil almas en la plaza y miles más en televisión lo que De la Calle se cargó al hombro: matar seis toros con gran solvencia, pese a torear más de salón y en tientas, que en corridas formales. En estos días le dieron una oportunidad de hacer el paseíllo como parte central de un cartel en Arles, un festejo que, además, fue un desafío torista, y Álvaro cumplió cabalmente, cortando una oreja.

Nos había dicho en Madrid, en el pasado San Isidro, que añoraba vestirse de luces para actuar como torero de cartelera, no de sobresaliente. Y, pese a todo lo mostrado, poco le ha llegado. Tiene, toreramente hablando, atributos para estar donde están los demás que sí torean.

Sin embargo, su ilusión continúa firme, como la tienen esos chiquillos de Calkiní que, jugando al toro, van haciendo suya esa pasión por estar en el ruedo. Con solo recordar cuántas figuras de época salieron de las escuelas taurinas se alimenta la esperanza de que surja algo para la historia.

 

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