Imagine usted que el romance con el béisbol comienza cuando ves a una pareja de adultos mayores, con sus jerseys, gorras y bolsa con cojines de los Leones caminando hacia el estadio. Que, cinco horas después, el parque de pelota explota con un batazo que no alcanza a caer de hit y se frustra un partido que se decidió con un toque de bola precioso y preciso.
No importa si ganas o pierdes cuando ves un juego de béisbol de esos que te tienen al filo de la butaca, total, que siempre decimos: esto es deporte. Pero vaya que debe de doler caer como anoche cayeron los Leones, 6-5, para quedarse con la soga al cuello ante los Diablos Rojos del México. ¡Que batalla! El equipo más ganador de la historia de la Liga Mexicana de Béisbol, con siete años sin saborear las mieles de la coronación, a un paso de eliminar a su némesis de los calendarios recientes.
Una asistencia de 14,917 espectadores se registró anoche para el Juego 4 de la Serie de Campeonato de la Zona Sur, la mejor sin duda en esta larguísima temporada.
Hoy los Leones tendrán que jugar como en el segundo partido, o como en sus retornos de varias partes de esta campaña. O encomendarse a todos los santos para poder extender esta batalla épica a un viaje a Ciudad de México. Algunas veces han podido venir de atrás, no hay imposibles, pero para que sea realidad el sueño de seguir reinando en el Sur tienen que jugar como nunca.
Ayer, de pronto, se vieron abajo 3-0 antes de pararse a batear. Y, por increíble que parezca, remontaron en el cierre. Ese jugoso racimo de cuatro registros causó explosiones de júbilo en el magno escenario. No hay como sentir en carne propia emociones como estas.
Igual sentir, porque se sienten de verdad, las tristezas y melancolías que dejan las derrotas. Los Leones, en el último suspiro, tuvieron para al menos empatar el partido, pero una línea débil de Cristian Adames que parecía se iba de hit al prado derecho, fue atrapada por el segunda base Moisés Gutiérrez.
¿Cómo pudo escapárseles esa victoria a los Leones?
Sencillo: los Diablos no se durmieron en sus laureles. No ganaron porque son los Diablos Rojos, sino porque vestir ese uniforme legendario quizá les hace pensar en todo, menos en vivir en una zona de confort. Los Leones, así se siente, parecen querer ganar simple y sencillamente porque son los Leones. Y por obligación, nada. Absolutamente nada.
En toda la serie se ha hablado de la baja ofensiva de algunos peloteros, como Luis Juárez. “Pepón”, el gran ídolo, está en un slump. Y sigue jugando tratando de enredarse con una pelota. El piloto Roberto Vizcarra hizo varios movimientos en el orden al bate, metió a Lázaro Alonso de titular, pero Juárez se mantuvo de tercero y se ponchó tres veces, igual que Art Charles y Wálter Ibarra. Quizá había que sacudir más la mata. Quizá…
Los hubiera siempre salen tras los partidos. Uno, en la quinta: con casa llena y dos fuera, Hunter Cervenka pareció ponchar a Roberto Ramos, con más de medio swing. El umpire de home pidió ayuda al de tercera, Daniel Rubio, quien no validó el swing. Se vio furioso el monstruo de las mil cabezas reclamando. Ramos fue golpeado dos pitcheadas después y entró la del 4-2.
Otro hubiera… los Diablos mandaron a Jesús Fabela a tocar con hombres en tercera y primera y con perfecto squeezeplay entró una carrera, que dejó la pizarra 5-4. ¿Y los que hacen scouteo? ¿Dónde quedaron los que persiguen las señas?
Hay que ponerse de pie ante lo bueno, como el atrapadón de Yadir Drake con casa llena en la novena, que evitó un desastre. Se pensó que eso motivaría la reacción monumental. Quedó en suspiro. Pero aun hay vida, y se espera que la de hoy no sea la última noche de esta gran temporada en el Parque Kukucán.— Gaspar Silveira M.
