Dicen que lo bonito que se vive, lo valioso, siempre lo traes en la mente. Y cuando se abre el baúl de los recuerdos lo vuelves a vivir.
Así que, como dicen los taurinos, destapamos el frasco de las esencias para esta reseña en la que se pretende, por encima de todo, que los aficionados de todas las épocas nos cuenten algo de lo que les lleva a la mente cuando se refieren a la Plaza Mérida.
El coso de la Avenida Reforma, un monumento verdaderamente histórico para Yucatán, emblema de la fiesta brava mexicana, cumplió 94 años de haber abierto sus puertas el viernes 27 pasado. Lo hemos dicho varias veces, sus fotos han salido infinidad de ocasiones en las páginas del Diario, pero, como dice un veterano aficionado, “las veces que las pongas, nos enchinará la piel”.
También, las veces que ellos saquen del baúl sus vivencias, remembranzas, enchinarán la piel de quienes las vean.
Para fortuna, muchos lectores nuestros han estado presentes allá durante largas décadas. No precisamente para ver toros, porque la Mérida ha sido sede de grandes eventos, memorables peleas de boxeo, funciones de lucha libre de las épocas de oro, espectáculos musicales, religiosos y de deportes extremos. Tristemente, también de política (imposible olvidar la tragedia de 1982 con el derrumbe y los cincuenta muertos).
Y así la Mérida. “Prácticamente mis recuerdos se inician allí, con la Plaza Mérida”, dice el ingeniero Luis Carlos Fernández López, “Ele Carfelo”, nonagenario aficionado, cronista, aficionado práctico, que vio a Manolete, a su admirado Paco Camino, el faenón de indulto de Manolo Martínez a un toro de “Cantinflas”.
Y cómo se van tejiendo las hileras. Miguel Duarte Medina es su vecino de colonia (San Miguel), también compañero de edad y de afición infantil y adulta. Le apodan “Lalandita II” porque es hijo de Miguel Duarte y Baqueiro, que fue un gran aficionado, que le hizo de novillero en el desaparecido Circo Teatro Yucateco. Los papás de “Carfelo” y “Lalandita II” fueron pieza clave para el crecimiento de muchos aficionados, no solamente de sus hijos. Del viejo recinto de Santiago, donde se fueron a la Mérida. “Algo grandioso, inolvidable”, dice Duarte Medina.
También se une a la hilera Fernando Castilla Patrón, cercano a los 80 años. Él, como “Lalandita”, se vistió de corto en el Circo. Pero su vida comienza a ver la luz, literal y real, en la Plaza Mérida. “Nací allí. Mi familia vivía en la Mérida. ¡Qué más puedo sentir de alegría y de orgullo”, dice Fernando Manuel, hijo de Tomás Castilla García, quien fue encargado de los asuntos de los hermanos Fernando y José Antonio Palomeque Pérez de Hermida. Fue, igual, ahijado de los hijos de don Fernando, Fernando hijo, médico, y la fallecida Lía Venancia Palomeque Peón.
“La Mérida fue todo para mí”, y presume una veintena de imágenes en que aparece, aun en pañales, jugando al toro, citando con capote y con banderillas, y, años después, como alguacilillo. Rememora tardes grandes como la del mano a mano de Calesero y Procuna, que, a pesar de una lluvia que no se fue nunca, “nadie se movió porque hubo grandes faenas, un gran acontecimiento”.
La Mérida tiene muchos encantos. Desde afuera se viven muchas cosas. “Vivíamos en Reforma y escuchábamos claramente los compases de Cielo Andaluz, que anuncia el paseíllo”, relata el licenciado Héctor Navarrete Muñoz, aficionado desde la infancia. “Y me preguntas qué significa. Pues significa una gran parte de mi vida. Cuando estoy en otra plaza y escucho parches y metales, entonces recuerdo nuestra plaza. Bueno… hasta un libro le hicimos, y se nos quedaron tantos recuerdos”.
Dice don Arturo Millet Molina, otro vecino de la García Ginerés, que “nosotros allá vimos de todo. Me llevaron a ver a Manolete, era un chamaco de seis, siete años. Cuando ya era estudiante, estando en Monterrey, primero llegaban allá los toreros y luego a Mérida. Vi entonces a El Viti allá y luego aquí, también a Mondeño. Pero nosotros queríamos mucho a la Mérida porque también vimos las primeras peleas de un Miguel Canto que era un maestro, que llenaba el coso. El ‘Zurdo’ Vicente Pool era un deleite. Es parte de nuestra vida, allá vivimos grandeza”.
A don Juan Castillo González, último patriarca de Sinkeuel, le contactamos con este respecto. Primero le viene a la mente, aunque lo recordaba de forma tenue, que él fue a la Mérida el día que Manolete lidió a “Farolito” en 1946, toro al que el “Monstruo de Córdoba” calificó como “el más noble que le ha toreado”, tras cuajarle una faena para el recuerdo. Y tiene el ganadero de Maxcanú, como si lo viviera, el gran recuerdo de la vuelta al ruedo junto a David Silveti tras la faena de indulto a “Lunero”, el 31 de enero de 1988. “Recuerdo la foto, ustedes la publicaron en el Diario: yo saludando la ovación y David aplaudiendo”. La instantánea de Fernando Acosta Yam lo muestra tal y como don Juanito la describe.
Esa tarde la recuerdan muchos. Raymundo Pérez Bojórquez era un chiquillo al que traían sus papás por primera vez a los toros. “¡Esa tarde… esa tarde fue!”, dice el ahora sacerdote, aficionado práctico también. “Recuerdo que el toro rompió un burladero. Luego lo torearon en grande y le dieron el indulto por Silveti. No puedo quitarme ese recuerdo de la mente. Es eterno”.
La señora Beatriz Espinosa Castellanos rememora: “Fui por primera vez en 1955, era una niña. Toreó Carlos Arruza, lo recuerdo bien, fue de corto. Después vi a otros grandes toreros, a todos, y, desde entonces, no he dejado de ser aficionada. En la Mérida hemos vivido grandes acontecimientos, junto con mi esposo. Mi barrera no la cambio por nada”. Leales aficionados desde barrera, ella y su esposo Gabriel Torre Pastrana.
“El primer recuerdo, casi con seguridad te digo, que me pareció un aula magna, un gran salón en donde alguien enseñaba y muchos aprendían. Esa fue mi primera impresión”, relata Antonio Rivera Rodríguez, promotor de las causas que defienden la tauromaquia, aficionado práctico, colaborador del Diario. “Mi padre me dijo de mi primera corrida: ‘Son grandes maestros’. Era para ver el festival de Silverio, Garza, El Soldado (que no toreó), Calesero, Huerta, Leal. Tenía 11 años tal vez. Había que observarles de hasta cómo caminaban, porque era una verdadera lección de maestros”.
El doctor José Antonio Ceballos Rivas, aficionado práctico en sus años mozos, comentarista, compositor musical, nos escribió: “Mi primera tarde fue cuando toreó Joselillo de Colombia. Creo con Calesero, si mal no recuerdo. Y mi impresión fue de deslumbramiento. Fue impactante ver a un animal negro y peligroso enfrentándose a un joven valiente, delgado y vestido como un rey y salir victorioso. Me impresionaron la bravura, la fuerza y la muerte del toro. En la noche, después de la corrida en casa de mi tío (de cariño) Franz Fortuny y Carlos Loret de Mola Mediz, el torero me mostró una cornada que tenía en la pantorrilla. No lo olvidé nunca”.
Muchos quedan atrapados de esa primera impresión. El click se vuelve eterno. “Así me sucedió: fui de camarógrafo hace muchos años y ahí agarre el virus del toro, ya no me puedo despegar, la emoción que me causaba ver a los toreros minutos antes de partir plaza, lo elegante y vistosidad de sus trajes, el ambiente, sus nerviosas o confiadas miradas, el aroma del puro, el espeso silencio entre los que allí se encontraban. ¡No se olvida nunca!”, cuenta Ariel López Tejero, camarógrafo de televisión y maestro universitario.
Otros guardan anécdotas. “Llevamos más de 20 años usando las mismas barreras de primera fila, de la 14 a la 19. No cambiaríamos ese hábito por nada, la Mérida nos apasionó desde el primer contacto. Los aficionados deben ir a todas las corridas, o a las más que puedan, porque en cualquiera puedes encontrar lo que te haga vibrar sentir”, relata el abogado Rafael Ramos Vázquez, quien también recuerda una tarde en que Eloy Cavazos cortó dos orejas y, al iniciar su vuelta al ruedo, alzaron a su pequeña hija Hanady. “Eloy pidió que bajaran a la niña y dio la triunfal vuelta con mi hija. Imposible olvidarlo”.
La gran mayoría lo tuvo como herencia y lo perpetuaron en su persona. “Mi padre me llevó por primera vez a ver una corrida de toros en la Mérida cuando tenía 12 años. Antes ya había presenciado varias corridas de toros y charlotadas en el antiguo Circo Teatro, también de la mano de mi padre junto con mi hermano Javier. Ya siendo adolescente, asistía con regularidad y siendo estudiante de la Universidad de Yucatán constituimos entre un grupo de amigos la Peña Taurina Universitaria”, relata el contador público Carlos Pasos Novelo, exrector de la Uady.
Su amigo y compañero de aficiones, el maestro Víctor Sierra Matos, expresa que “tenía 11 años, fue en 1961. Un tío hermano de mi mamá me llevó por primera vez a la Mérida, en una época en que habían corridas en las colonias Sarmiento, San Jerónimo, El Cabrío. Mi primer recuerdo: la diferencia de cómo salen los toros al ruedo, de cómo salen en los tablados. Impresionante. Y aquí seguimos admirando y disfrutando la Fiesta”.
En lo personal, sorprende cómo queda en la memoria grabado. José Alcocer Gómez, otro aficionado que sigue las informaciones en el Diario, expresa: La segunda vez que regresó a los toros, anunciaron a Fermín Rivera, Manuel Capetillo y Benjamín López Esqueda, con seis toros de Piedras Negras. Y relata: “Lo histórico de esa tarde es que el quinto toro, llamado ‘Poeta’, fue muy bravo, pero fue lidiado indebidamente porque a su salida se despitorró desde la cepa en un burladero. Capetillo le cuajó una gran faena y el público lo indultó. Lo curioso fue que al último López Esqueda hizo una bonita y torera labor, pero que el público no se lo tomó en cuenta por lo que había acontecido antes”. Lo recuerda tal cual.
La Mérida, su solera, su respeto y todas sus tradiciones, hacen una sola. Esa fue una de las frases que presentó Joselito Adame en una charla con aficionados yucatecos. “Volvería cada que fuera posible. Y quiero hacer una gesta grande aquí. Pronto lo veremos, no sé, una encerrona. Pero si eso pasa es porque a la Mérida la queremos mucho. Yo, desde la primera vez que vine”.
Así muchos, como el que entró de niño en brazos de su padre o su tío, y luego fuera árbitro profesional de fútbol, Freddy Sansores Carrillo, o la jubilada doctora Margarita Erosa González que evoca siempre las tardes de su torero favorito, Paco Camino, pero tiene en mente a tantos diestros. “Uyyy… parece que los estoy viendo”. Quien va una vez a la Plaza Mérida, no la olvida nunca.— Gaspar Silveira Malaver
