El ritual de ir a los toros a la Plaza Mérida en Año Nuevo está más vivo que nunca.
Vivo, porque los aficionados yucatecos, y llegados de otras latitudes, han propiciado que se mantenga la tradición. En medio de tantos atractivos que tiene hoy en día la sociedad, el ver a tanta gente en los tendidos de un coso en una fecha difícil, es motivo de aplauso.
Vivo, porque, hoy en día esto de ver toros como los que mandó el hierro de Zacatepec a la primera tarde del año en el coso de Reforma, es señal inequívoca de que en el campo bravo mexicano hay hombres que dan la vida para que siga la estirpe intacta y, cercana del centenario, esa ganadería pueda, sino presumir, sí dejar de manifiesto que se trabaja con seriedad y pensando en que es el toro, por siempre, el eje central de esta apasionante liturgia que es la tauromaquia.
Viva, porque, aunque sea duro el andar cuando se es joven, más en toreo a caballo, se puede notar el avance cuando realmente lo hay. Dos jóvenes centauros mexicanos pusieron la nota alta, Fauro Aloi cortando la única oreja de una tarde muy interesante, y José Funtanet quedándose con las manos vacías por criterios de una autoridad que, en su forma de ver las cosas (y se respeta), considera que los trofeos no deben abaratarse, menos en la Mérida. Y lo hicieron al lado de un consumado Andy Cartagena, que perdió premios por marrar con el rejón de muerte una faena de gente grande a su segundo.
Viva, porque de pronto, como cada año en tardes de rejones, aparecen unos hombres que, a cuerpo limpio, arriesgan la vida. Los Forcados de Aposento de Chamusca hicieron que su natal Portugal volteara a ver a la Mérida con la magia de la tecnología (con la transmisión profesional en la plataforma One Toro), haciendo cinco pegas, con dos premiadas con dianas, especialmente la del último toro.
Y así, la Mérida y una de sus tardes insignia (la otra, es la del aniversario), con fervor. La Fiesta necesita públicos nuevos porque, a veces nos cuesta aceptarlo, los de la vieja guardia que adoraron y defendieron la tauromaquia en sus mejores tiempos se quedan en casa porque ir a una plaza de toros les resulta complicado.
Una corrida que deja detalles para todos los gustos, y que permite desarrollar sentido crítico es la que, dicen los que saben, alimenta a la tauromaquia en una mejora continua. El padre Alejandro Muñoz Reynaud, uno de los guardianes de la casi centenaria Zacatepec, dijo días antes, y lo sostuvieron sus hermanos ayer presentes en el coso, que uno de los puntos centrales era que de esta tarde, con colaboración de los toros, pudiera haber una corrida en que todos pudieran triunfar. O al menos, todos pudieran llevarse alguna ganancia.
Los toros, en primer sitio, dieron una lidia que ayudó bastante en ello, con presencia, recorrido. El tercero, toreado por el joven Funtanet, era un astado de pintura, alto, armonioso de cornamenta (hicimos Álvaro Cámara y el que escribe un simulado de cómo se vería en puntas). No se trata, decían los comentaristas de One Toro (Juan Antonio de Labra y Guillermo Leal) de tener toros a modo, sino de que el toro exija las cartas credenciales a sus lidiadores.
A los tres caballistas de ayer les pidieron el carnet. Cartagena, hábil, salió bien librado en sus dos enemigos, pero se fue sin trofeos, especialmente en el segundo, al que mínimo le pudo cortar una. Si está donde está en España, es porque ha hecho una carrera de alta escuela, en doma y toreo.
La sangre joven
Aloi gustó en sus dos toros. En sentido constructivo, puede que le falte un poco de la explosión que el toreo a caballo requiere. A su primero le colocó cuatro banderillas al quiebro, en situación de arriesgar para ganar, y, recordando lo visto un año antes, ha crecido. La oreja de su primero, justa. Pudo llevarse una segunda, pero su toro tardó en doblar.
Funtanet dejó ver esa alegría que a veces es tan fundamental en el arte de Marialva. El primero de su lote fue un tío de 530 kilos, y aunque se podría decir que es muy joven, no se amilanó, sino todo lo contrario, fue a mostrarle al ejemplar que venía a por todas. Le cuajó una faena llena de interés, con un enemigo exigente. Y eso es lo que se debe hacer: responde a la expectativa. El bicho era exigente, y el caballista se puso a la altura. El juez tuvo sus razones para negarle una oreja que pidió el público. En su segundo, estuvo en plan torero, y mató con fulminante rejón, pero igual el usía consideró que no era de oreja, y no se la dio.
La fortuna de la vida ha puesto cerca de nosotros a gente conocedora. De ellos valoramos el aprendizaje de ir a los toros todas las veces que se pueda, porque en todas las tardes puedes hallar el reconforte de interesarte más. Sensación de riesgo y peligro (incluso con el toro que asustó a todos al casi saltar al callejón, quedándose a nadita te lograrlo). Y ver también a los de casa, como “El Papo” y Julio Ventura haciendo quites entre aplausos.
Esta tarde de Año Nuevo, sin triunfador numérico, tuvo triunfadores en varios puntos de la tauromaquia. Y eso es lo que la Fiesta necesita: despertar interés, no que la quieran matar quienes se ufanan en su verdad absoluta. Zacatepec, Cartagena, Aloi, Funtanet, los Forcados y todos los que hicieron posible el ritual vigente desde hace casi cinco décadas (toros el 1 de enero) tienen para sentirse bien, pero con la carga pesada de que esto tiene que seguir adelante.— Gaspar Silveira Malaver
