Amigos aficionados…

Mientras sigue el debate entre los taurinos y los antitaurinos, que parece ser el cuento de nunca acabar, se volverá a hacer mención, como ejemplo, la enorme cantidad de famosos de diversas áreas de la vida que han defendido a capa y espada su afición por la tauromaquia.

Y seguimos pensando en que la única forma de poder seguir haciéndolo es manifestarse, cada quien en su trinchera.

Veíamos las corridas de la Feria de San Isidro y los entradones que están registrando la Plaza de Las Ventas en sus primeros días. Una novillada metió 18 mil espectadores. La Feria de San Marcos de Aguascalientes tuvo siete llenos de “localidades agotadas” y también la Feria de Abril de Sevilla y las otras que se han realizado en diversos cosos, allí y aquí, dejan ver que lo interesante que resulta la fiesta de los toros para las personas comunes y corrientes.

Decía Joaquín Sabina en una de sus varias posturas sobre la afición a los toros que, si a alguien no le gusta, “que no vayan a los toros”.

La culturización de esta apasionante rama de la vida, que tiene espectáculo, tiene deporte, tiene show y mucho más, es tan variada que permite ir a la reflexión desde diversos tópicos. Afirmaba, tajante, una doctora colombiana que “es algo que tiene que prohibirse”. Preguntada sobre las razones, apunta: “Porque es una barbarie”.

Pero, en las disertaciones, solo se vuelven radicales. El punto de vista que la semana pasada se hizo con palabras de Federico García Lorca, de “los toros son la fiesta más culta del mundo”, no deja lugar a dudas. Es tan culta y tan universal, que resulta tan triste que los que no la quieren no sean capaces de meterse a los libros, o al internet, para leer siquiera alguno de los apuntes de todo lo que representa lo taurino para el mundo.

La Plaza México, que ahora tiene otro amparo que prohíbe la Fiesta, ha visto desfilar por sus tendidos a gente de todas las artes, de los deportes, la cultura. Y ese coso, como otros en todo el planeta, dan de comer a millones de personas, las ganaderías generan una riqueza natural que no tiene punto de comparación.

Sorprende ver cómo, por ejemplo, en una corrida de toros convergen en sus tendidos gente de tantos países, ajenos muchos a la tauromaquia. En la Mérida, en su temporada, es común ver a decenas de extranjeros que van atraídos por su mosaico de opciones. Desde la curiosidad por los toreros, la necesidad de saber cómo se cría un toro y por qué tiene esas características como animal bravo, pero también porque, antes de decir, “no me gusta”, hacen lo primero que debe pensarse: conocer, sin denostar.

Madrid nos ha permitido ver, por ejemplo, que durante un mes de San Isidro (cifras de los cuatro ciclos de feria recientes), tiene en sus tendidos más de 600 mil aficionados. La México metió cerca de 90 mil en sus festejos de reapertura. Hay equipos deportivos, por ejemplo, de fútbol, que tienen escenarios de considerable capacidad que no logran llenar ni la mitad de sus estadios, con todo y que ese deporte tiene la mayor de las difusiones y arraigo en el mundo. Como en todo, hay sus excepciones y sus controversias, que son puntos que alimentarán los debates siempre.

Pero los razonamientos fundamentales eran, son y serán la libertad para escoger lo que uno quiere, pero siempre dentro de los límites de la decencia. El que no quiera acudir a los toros, que no acuda. Y, lo diremos en voz alta, el que quiera ir a un partido de fútbol a escuchar mentadas o gritos ofensivos, o a ver agresiones y pleitos entre ellos mismos, que vaya. Pero cada quien es libre de poder decidir por sus gustos y aficiones.

El que quiera hablar de toros, que lo haga, le escuchamos. Y el que quiera prohibirlos, le invitamos a documentarse. Siga a García Lorca, a Sabina. De siglos y siglos hay para entenderla, siempre que se tenga mente para pensar.

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