El colombiano Juan de Castilla, al que únicamente se recompensó con sendas ovaciones, sobresalió en Madrid con dos faenas de temple y valor sereno ante la corrida de Miura, ganadería que volvía a Las Ventas tras seis años de ausencia y cuyos toros dieron un juego decepcionante por su falta de raza y fuerzas.
Los méritos mostrados en esta corrida, que fueron muchos, vinieron a cerrar, además, una jornada épica del torero de Medellín, que por la mañana lidió dos serios ejemplares en la plaza francesa de Víc-Fezensac, con el corte de una oreja, y llegó, por vía aérea, a Las Ventas con la hora justa para volver a vestirse de torero en las mismas dependencias de la plaza.
Desde luego, ese no era el planteamiento más aconsejable para encarar una tardea tan ardua como la de matar dos miuras en Madrid, pero, con contados contratos, el colombiano no pudo elegir. Y lo cierto es que, en el ruedo, ante la seria cara de ambos toros, no se notó que acusara el esfuerzo.
Muy al contrario, De Castilla, que tuvo como mecenas en sus inicios como novillero al pintor Fernando Botero, se manejó con los dos de su lote con solvencia y una tranquilidad impropias de quien torea tan poco, basándolo todo en un sereno valor que le sirvió para sacarles más partido del que parecían ofrecer en principio.
El primero, un castaño estrecho y cornalón, acusó la misma falta de fuerzas que tuvieron la mayoría de su hermanos, pero el suramericano aprovechó la que pudo ser su única virtud, una nobleza chochona que le sirvió para poder asentarle y lograrle suaves muletazos sueltos, con suavidad y buena técnica, sin por ello perder un mínimo de sinceridad en sus planteamientos.
Sus fallos con la espada le alejaron de un posible premio, para conformarse con una ovación tan rácana como la que le dieron luego con el quinto, un cárdeno zancudo que mostró ya su mansedumbre saltando hasta dos veces al callejón nada más asomar a la arena.
Pero aquí volvió a servir y a hacerse presente la honestidad de Juan de Castilla, que, después de haber osado hacerle un quite por gaoneras al cuarto, abrió esa faena sin probaturas.
Y no sólo eso, sino que además citó al toro de largo y desde los medios, en una apertura similar a las de su paisano César Rincón, para torear al de Zahariche como si fuera bueno, cuando en realidad, no pasaba de dar unas embestida cortas y de escasa potencia. El público no tuvo reacción ante eso.
En el cartel se anunciaba también Jesús Enrique Colombo, el único venezolano que pasará por Madrid este San Isidro, y que se enfrentó, en tercer lugar, al único miura que mantuvo las fuerzas, solo que para atacar, más que embestir, con genio que este otro suramericano solventó con oficio y habilidad, sin grandes apuros.
Antes de eso había lo banderilleado con mucha exposición, porque, sin la espectacularidad física y el poco ajuste con que mal clavó los palos al último, Colombo vio cómo el toro, en tres pares muy apurados, le puso los buidos pitones en la cara y en el pecho, saliendo apurado pero con éxito de cada una de las suertes.— EFE
