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La muerte, en España, de Álvaro Domecq Romero resulta una verdadera pérdida para el toreo.
Fue, no hay duda, un gigante del toreo a caballo, y también una eminencia en la cría ecuestre, campeón nacional de doma, y reconocido también por sus famosas bodegas en Jerez.
Tomó las riendas de la famosa ganadería de Torrestrella, creada por su padre, Álvaro Domecq y Díez, que fue de la generación de Manolete y estuvo en el primer círculo del Monstruo de Córdoba cuando murió.
En sus inicios le llamaron “Alvarito”. Cuando creció y rejoneó, hasta sumar unas 2 mil corridas toreadas, formó parte de un cuarteto que fue bautizado como los “Jinetes del Apoteosis”, pues vivieron y ofrecieron una inolvidable época en el arte de Marialva, con los hermanos Ángel y Rafael Peralta, así como José Manuel Lupi.
Su muerte y funerales en Jerez de la Frontera fueron todo un acontecimiento. Doce caballos de alta escuela acompañaron su féretro, igual que reconocidas figuras del toreo. Pero adelante iba “Yute”, su caballo, a paso lento, con sus crespones negros en señal de luto.
Veía un vídeo de una faena suya de hace no menos de tres décadas en Jerez y muestra el portento de torero figura. Antes, mucho antes de Pablo Hermoso de Mendoza y los hoy grandes del rejoneo explotaran el arte actual, fue figura y de las buenas.
Recordaba la niñez que nos tocó vivir y, entonces, oír el apellido Domecq era saber que iban a beber brandy en casa. Pero años después pudimos saber toda la enorme estirpe y lo que es Domecq para el toreo y para los caballos. Un lujo para la tauromaquia y el arte ecuestre, que está de luto por su principal referente.


