Había preguntado varias veces a mis amigos de la generación antigua si recordaban algo grande de sus años mozos sobre la historia de los Mundiales.

Igual le pregunté a Google, hoy IA. La respuesta fue la misma: el “Maracanazo”.

Nada como aquella monumental, inesperada, humillante derrota de Brasil en la gran final de la Copa del Mundo de 1950, jugada ante cerca de 200 mil espectadores. “El Uruguay”, como reza el título del Diario del 17 de julio de ese año, protagonizó la más grande de todas las sorpresas escritas en el célebre torneo de fútbol.

El mundo tenía los ojos, entonces, puestos sobre un acontecimiento que iba más allá del deporte: la guerra de Corea. El Diario y los principales medios informativos daban puntual seguimiento a lo que se vivía en el Lejano Oriente, con temor, incluso, de que pudiera aparecer el arma que fue letal de Estados Unidos para acabar con la Segunda Guerra Mundial: la bomba atómica. Eso copaba las principales noticias.

Pero mientras el mundo iba en zozobra por ese tema, el balón rodaba en Brasil, que llegó a la gran final más favorito que nunca, y terminó perdiendo desastrosamente ante los ojos llorosos de los suyos. No solamente hubo lágrimas, sino hasta suicidios y desmanes tras lo ocurrido en el Maracaná. La reseña publicada en la página deportiva de este periódico destaca la “perfecta combinación de ataque y defensa” de los charrúas para batir “al Brasil”. Todo se firmó con el gol de Edgardo Ghiggia. Luego, dice The Associated Press, “muchos hombres y mujeres del público lloraban como niños y algunas personas tuvieron ataques de histeria”. El protocolo se les “olvidó” y las bandas de música olvidaron tocar el himno de Uruguay cuando Abdulio Varela, capitán de la “garra charrúa”, pasó a recibir la Copa Jules Rimet. Brasil aún lo llora. El mundo, lo guarda como la más grande hazaña-tragedia de la historia.

Periodista del Diario

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