Durante décadas, el fútbol mexicano encontró la manera de resumir cada Copa del Mundo en una sola frase: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”.
Era una forma de aceptar que, por más digna que fuera la actuación, siempre llegaba el final del sueño.
Hoy esa frase no ha desaparecido. Pero, por primera vez en mucho tiempo, empieza a compartir espacio con otra: “Y si sí…”.
No es una declaración de grandeza. Mucho menos una candidatura al título. México todavía no ha derrotado a una potencia y sería un error adelantar conclusiones. Sin embargo, también sería injusto ignorar lo que esta Selección está construyendo.
Los equipos que aspiran a dejar huella rara vez llegan a un Mundial mostrando desde el primer partido su mejor versión. Crecen con el torneo. Corrigen sobre la marcha. Encuentran sociedades, confianza y ritmo cuando la competencia comienza a separar a los protagonistas de los simples participantes.
Eso es exactamente lo que ha mostrado México.
Cada encuentro ha sido mejor que el anterior. El funcionamiento colectivo ha ganado solidez, varios futbolistas parecen haber encontrado su mejor momento justo cuando empiezan los partidos que definen un Mundial y los números respaldan esa sensación: cuatro victorias consecutivas, la portería invicta y nueve goles anotados, a sólo uno de igualar la mejor producción ofensiva de una selección mexicana en una Copa del Mundo.
También Javier Aguirre merece el crédito.
Desde este espacio no han faltado críticas a decisiones del “Vasco”. Ganarle a Ecuador no borra esos cuestionamientos. Pero sí obliga a reconocer una virtud que quizá sólo dan los años: la capacidad de evolucionar.
Durante buena parte de su carrera, Aguirre transmitió la imagen de un técnico que pretendía controlar cada detalle. Hoy parece entender que dirigir también significa rodearse de quienes pueden enriquecer una idea. La influencia de Rafael Márquez es evidente en aspectos como la salida desde el fondo con balón controlado, la construcción paciente y la ocupación de los espacios. Son conceptos que el exdefensa absorbió en el Barcelona y que hacen recordar al Tri de Ricardo La Volpe en 2006. No eran rasgos habituales de los equipos de Aguirre. Incorporarlos no le resta autoridad; habla de un entrenador más maduro.
Pero el entusiasmo no debe de salirse de control.
Contra Ecuador apareció una advertencia que no conviene minimizar. Después del segundo gol, México cedió la iniciativa durante prácticamente todo el complemento. Eligió defender cerca de su área y apostar por la solidez antes que por el control del balón. Funcionó porque enfrente había una selección con limitaciones para generar peligro. Difícilmente bastará la misma fórmula cuando del otro lado aparezca una potencia con mayor calidad individual.
Y ahí está la frontera entre la ilusión y la certeza.
México ya había llegado al quinto partido en 1986, aunque bajo un formato distinto. Hoy el camino ha sido más largo y exigente. El triunfo sobre Ecuador rompió una barrera que acompañó al fútbol mexicano durante décadas. Pero la historia no recordará esta generación por haber llegado hasta aquí. La recordará por lo que sea capaz de hacer a partir de ahora en el Mundial.
Quizá por eso el ambiente alrededor de la Selección resulta diferente.
Durante años, el aficionado mexicano aprendió a blindarse contra la decepción.
Antes de cada partido importante aparecía el mismo pensamiento: “No te ilusiones”. La conversación ya cambió. En las calles, en los análisis y en las redes sociales empieza a repetirse otra frase: “Y si sí…”.
No porque México haya demostrado que puede ser campeón. Todavía no.
Tampoco porque ya haya derrotado a uno de los gigantes del fútbol mundial.
Sino porque esta Selección transmite la idea de que aún no ha mostrado su techo.
Durante décadas, el fútbol mexicano convivió con una sentencia que parecía imposible de borrar: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”.
Esta generación tiene la oportunidad de cambiarla.
El próximo partido no sólo pondrá a prueba a un equipo. Pondrá a prueba una vieja historia. Y entonces sabremos si aquella frase seguirá definiendo a México… o si, por fin, podrá ser sustituida por otra mucho más poderosa: “Y si sí…”.
A ese contexto se le suma ahora un cruce que cambia completamente la escala del desafío: Inglaterra será el rival de México en los octavos de final.
No es un detalle menor. Es, probablemente, la primera prueba realmente estructural de este proceso.
Inglaterra llega con una idea distinta a la de los rivales anteriores. Más allá del orden o del desgaste físico que pueda proponer un equipo como el que enfrentó previamente México, el conjunto inglés introduce un factor que no había aparecido: la diferencia individual.
Ante Inglaterra, incluso los equipos que han intentado sobrevivir desde el orden han terminado expuestos. Ya lo vivió la propia selección de la República Democrática del Congo, que planteó un partido con una lógica muy similar a la que muchas veces ha caracterizado a México en su historia reciente: bloque bajo, líneas juntas, prioridad absoluta de la resistencia y la esperanza de que el partido se mantuviera cerrado el mayor tiempo posible.
Pero no funcionó.
Porque Inglaterra no necesita desordenar para dañar. Le basta un segundo. Un duelo individual. Una acción aislada de talento para romper cualquier estructura. Y ahí es donde aparece el matiz que importa para la lectura de México: los rivales anteriores no habían tenido esa capacidad de resolver partidos desde la diferencia técnica individual.
México no llega en las mismas condiciones. Llega con confianza, con una dinámica creciente, con una identidad que ha ido apareciendo partido a partido. Pero ahora el margen de error se reduce.
Porque contra Ecuador, la gestión defensiva funcionó. Contra Inglaterra, ese mismo plan puede no alcanzar.
Y a partir de ahí, todo se reduce a una sola línea, cada vez más delgada, más incómoda, más decisiva: la que separa el eterno “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”… del nuevo “Y si sí…”.
La pregunta es cuál de esas frases va a sobrevivir cuando termine el torneo. — Gonzalo Enrique Sandoval García
Periodista del Diario
