Por Gaspar Silveir Malaver
Como deportista, no tengo nada que reprocharle a Rómmel Pacheco Marrufo.
Creo que cualquiera que piense y actúe de forma prudente, debería considerarlo así: sin reproches a la trayectoria deportiva de un hombre que, desde que tuvo sentido de competencia, luchó por estar entre los mejores, hasta en el último clavado de su vida olímpica.
La despedida del yucateco, en el Centro Acuático de Tokio, fue emotiva. No podía ser para menos. Decir adiós a lo que te ha dado vida durante décadas no debe de ser algo fácil de asimilar. Las lágrimas se justifican.
Pero el adiós no fue lo que todos hubieran deseado o esperado, ni siquiera el mismo Rómmel, dentro de sus expectativas deportivas.
Rómmel, viendo sus posibilidades reales, sabía que para vencer a los titanes chinos y los poderosos ingleses, tenía que hacer una competencia perfecta. Subir al podio requería derribar a esos gigantes, y para ello, era necesario tener la mente fría, y eso lo da, más que estar salta y salta desde el trampolín, el trabajo mental, sentirse seguro. Técnicamente, se quedó a mitad entre los avasallantes medallistas y el resto de los finalistas, a la mitad. Sencillamente no le alcanzó. Ese quinto clavado será difícil de olvidar.
Y fue en lo deportivo donde cojeó nuestro paisano, en los clavados en que tenía que “romperla”. Y muchos expertos (dejemos de lado a los “conocedores” de las redes sociales) dicen que sí tuvo que ver el poco tiempo que hizo en el tramo final de la concentración a Tokio.
Pero del resto, en lo deportivo, ¿qué puedes reprocharle a un atleta que se mantuvo tantos años en alto rendimiento y la élite, y fue referente del deporte nacional, no solo del yucateco?
Quizá pueda comentarse, sin que sea un reproche, que Rómmel haya tenido beneficios que otros no. Porque le permitieron estar ajeno a la concentración en la famosa “burbuja” mientras a los demás les pusieron, casi como exigencia, estar concentrados entrenando para afrontar la recta final. En todo caso, no es culpa suya, sino de quienes lo permitieron. Y eso es algo tan común en nuestro país, que a nadie le sorprende.
Si Rómmel Pacheco tuvo tiempo para dedicar a su campaña política en lugar de tener una concentración acorde a la magnitud de la justa que venía, fue simple y llanamente porque se lo permitieron, desde el ente mayor del deporte, la Conade y el COM, y la federación a la que representa. Si Rómmel tronaba un dedo y eran peticiones cumplidas, ¿culpa de quién era?
Los corajes surgieron desde entonces. A muchos no nos causó agrado que lo hiciera (su campaña), pero cuando logró el boleto para los Juegos, entre procesos que incorformaron a tirios y troyanos, con el honor de ser abanderado, medio mundo se emocionó, y cuando se puso a tiro de las medallas, Yucatán no durmió hasta que no finalizó la competencia.
A toro pasado, todos somos figuras del toreo. Considero que la gran mayoría que apostó a que ganaría medalla es la misma gran mayoría que, no cumplidos los objetivos, destapó el frasco de vinagre para sacar los improperios que inundan las redes sociales. Pero fue hasta que no pudo subir al podio que salieron los gallitos alebrestados con espolones para ponernos a pelear.
Así somos los mexicanos. ¿Qué nos espanta?
Para seguir creyendo en ti, querido México, tendrán que cambiar muchas cosas en todos los aspectos, en lo deportivo, en lo administrativo, en lo social. Pero tendrán que seguir habiendo personas que, como aquel chiquillo que tuvo la osadía de tirarse al foso de clavados del Deportivo Bancarios, casi tres décadas atrás, para que haya en quien depositar la confianza. Solo así, México lindo y querido.
