Los Juegos Olímpicos de Tokio estaban huérfanos de una estrella de la velocidad, luego del retiro del jamaiquino Usaín Bolt. Pero llegó alguien llamado Andre De Grasse.
El canadiense ganó la medalla de oro en los 200 metros planos, dejando atrás a un par de estadounidenses: Kenny Bednarek y Noah Lyles, que era el gran favorito.
También puso fin a una sucesión de agónicas derrotas del velocista de 26 años, completando una colección de medallas a la cual solo le faltaba el oro. No sorprendió que se pusiera llorar después de subir al podio.
