Mario Maldonado Espinosa (*)
Le llamaré María. Una joven muy trabajadora, amable, atenta, humilde y con ganas de seguir adelante en la vida a pesar de las dificultades. Dificultades que parecen no afectar su estado de ánimo y sus fuerzas para trabajar en lo que más le gusta. Por diversas razones no pudo continuar en la escuela, apenas terminó la primaria.
Por azares de la vida se embarazó, es madre soltera, la niña que tuvo requiere de especial atención y medicamentos, no puede estar sin vigilancia. Sus padres empiezan a perder fuerza. La mamá de María es ama de casa dedicada a su humilde hogar. El padre trabaja en el campo, pero su capacidad está menguando. No saben leer ni escribir.
María me dice que tiene que levantarse a las cinco de la mañana todos los días para viajar a la capital del Estado. Hace 28 años que lo hace. No desiste porque sabe que tiene mil motivos para mantener a su hija y papás. El asunto es que en su trabajo no solo hace una jornada laboral, hace hasta dos y cuando se lo piden para sacar la producción puede estar de siete de la mañana hasta las ocho de la noche.
Muchas veces la ha dejado el transporte y se le viene encima el problema de ver cómo trasladarse a su casa a altas hora de la noche. No tiene celular porque no tiene dinero para comprar uno, además que no lo sabe usar. Su desesperación es cuando no puede avisar que no llegará porque tuvo que doblar o “tripletear” turno. Ante ello, tiene que ver dónde quedarse a dormir y a veces regresar al trabajo al otro día muy temprano con la misma ropa. Trabaja de lunes a sábado, pero también trabaja domingo “cuando hay mucho trabajo y me dicen que me quede a trabajar”.
Ha trabajado días festivos también. Solo gana 900 pesos a la quincena y mucho de ese dinero lo gasta en pasajes y algo para comer. Es muy raro que le den vacaciones como en derecho corresponde o alguna compensación económica. Veintiocho años lleva en el puesto, su sueldo prácticamente es el mismo, no sube de puesto pese a su vasta experiencia adquirida tanto tiempo.
No tiene comodidades en su casa, dejó de comprar el gas y vendieron su estufa porque no tienen para pagar lo caro que es un tanque. A veces se quedan sin luz porque tampoco pueden pagarla y usan velas o veladoras.
Todo ha subido —dice— la leche, las tortillas, la carne, el pasaje ¿Dónde vamos a parar? Ni modo esa es la vida que nos tocó vivir, me preocupa y me desespera cuando se enferma mi hija o mi mamá, porque no tengo quien me la cuide.
Casos como el de María son un claro ejemplo de esclavitud moderna, en el que la gente humilde es explotada. Se abusa de sus derechos, de su dignidad y de su vida. A todo ello se suma la carestía de la vida, la inflación más alta en los últimos diecisiete años.
Ya no se puede procrastinar más el bienestar de las personas. Ya no se puede retardar más el desarrollo y progreso humano. Abusar de la humildad, de su falta de preparación y conocimiento es insultante e indignante.
María tiene trabajo, y qué bueno, pero con la cantidad que devenga pasa muchas necesidades. Es explotada laboralmente. Su vida prácticamente consiste en levantarse a trabajar, llegar a su casa solo a dormir porque dice que termina muy cansada.
Existen muchas Marías en Yucatán. Creo que es momento de hacer algo por ellas.— Mérida, Yucatán.
mariomaldonadoe@gmail.com
@mariomaldonadoe
Asesor jurídico
