El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
El movimiento que Juan el Bautista iniciara predicando y bautizando en el río Jordán, quizá en la Perea gobernada por Herodes Antipas, no fue, no, cosa menor: una lectura atenta de la información que conservan los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles a la que se suman las noticias que en relación con el Bautista ofrece Flavio Josefo, permiten una buena aproximación al fuerte impacto que causara este profeta en la Tierra de Israel del primer tercio del siglo I. Y si, como se sabe, Jesús de Nazaret se sumó al movimiento de Juan sometiéndose a su bautismo, no deja de llamar la atención una escena, por demás sugestiva, que conserva el capítulo 1 del evangelio de Juan: el Bautista, acompañado de algunos discípulos suyos habla de Jesús de forma tal que algunos de ellos le dejan para seguir al Galileo como maestro.
Vale, pues, puntualizar que Juan el Bautista genera en torno suyo un grupo de discípulos que, a más de haber recibido el bautismo, practican ayunos y tienen sus propias oraciones enseñadas por el mismo Juan; estos discípulos del Bautista —que le continúan fieles después de su muerte— acabaron viviendo una cierta rivalidad con los discípulos de Jesús. Esto en cuenta, resulta harto significativo que una palabra del Bautista venga a ser decisiva para que algunos de sus discípulos le abandonen para seguir a Jesús. Y es que tal fue el impacto que recibieron Andrés y un otro discípulo innominado —que suele identificarse con aquél al que el cuarto evangelio llama el discípulo amado— al oír a Juan el Bautista llamar Cordero de Dios a Jesús de Nazaret.
Por cordero hay que entender, en principio, un animal de vellón hermoso y rizado, de color blanco, de carne y grasa abundantes, que proporciona alimento y vestido y que se caracteriza por ser extremadamente noble, tranquilo e indefenso. Ahora bien, ¿qué significado religioso hubo de tener la imagen Cordero de Dios para un judío de entonces al punto de causarle una impresión tan honda?
Dado que para ese momento las esperanzas mesiánicas —esto es, de liberación—, están francamente teñidas de expectativas sociopolíticas en tanto que la situación existencial está signada por la dominación romana —con todas las implicaciones económicas que supone una carga tributaria feroz, la causa más señalada de la depauperación social—, y dado que la referencia por antonomasia de Israel para su autocomprensión como colectivo es, indudablemente, la gesta libertaria del Éxodo, el cordero acaba siendo el icono más acabado de la libertad. En efecto y como recuerda el capítulo 12 del libro del Éxodo, el cordero pascual tiene connotaciones de libertad y de vida: “… escogerán entre los corderos o los cabritos […]. Tomarán luego la sangre y untarán los dos jambas y el dintel de las casas donde la coman. Esa noche comerán la carne. […] La comerán así: con la cintura ceñida, los pies calzados y el bastón en la mano; y la comerán de prisa. Es la Pascua de Yahvé. Esa noche yo pasaré por el país de Egipto […] y haré justicia con todos los dioses de Egipto. Yo, Yahvé. La sangre les servirá de señal en las casas donde estén. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo; y no los afectará la plaga exterminadora, cuando yo hiera al país de Egipto”.
No resulta, pues, difícil comprender que, a los oídos de algunos de los discípulos del Bautista, el término Cordero de Dios referido al Galileo significase un mesianismo de carácter políticamente liberador: si el cordero de la Pascua es el signo del fin de la esclavitud impuesta por el faraón de Egipto, el Cordero de Dios —Jesús de Nazaret— habría de ser el signo de la liberación del César de Roma. No se equivocaron: sólo que la liberación a partir del Maestro no habría de pasar por la violencia como en el Éxodo, sino que acabaría siendo una auténtica revolución de la conciencia, de los valores y de la praxis.
Así, según la tradición del cuarto Evangelio los seguidores del Bautista, en su tránsito al discipulado del Galileo, no dejan sólo un oficio y un pasado, sino que experimentan una genuina transformación existencial al pasar de la concepción veterotestamentaria de la acción de Dios como juicio a la idea de Dios que, hundiendo sus raíces en el momento fundacional de Israel como nación, retoma el núcleo inspirador del camino a la liberación bajo la imagen de Jesús de Nazaret como Cordero de Dios.— Mérida, Yucatán.
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Presbítero católico
