Pensemos en el prójimo
Carmen López Cabrera (*)
De niños las discusiones eran para ver quién decía la grosería más fea o la frase más cruel para lastimar al otro y demostrar que somos mejores. Lo más serio era decir “¡Qué te importa, tu mamá gordota!” y con eso callabas a cualquiera, e incluso lo hacías llorar.
Dicen que en la casa se aprende lo básico, y que un niño empiece a criticar a sus compañeritos en una discusión es señal de que mamá o papá usaban esa técnica y les funcionó.
Con el tiempo, el niño crece y usa cada vez más las descalificaciones para todo. Que si se fue la luz, “¡Malditos de la CFE que no hacen bien su trabajo, porque claro, ellos tienen el servicio gratis!”. Si te chocó el hijo del vecino: “¡Hijo de su mamá pelona!, ¿acaso no sabes manejar?”, en este caso, si fuera una fémina la causante del accidente, el insulto se vuelve misógino: ¡Mujer tenías que ser!.
Si subió la gasolina, el insulto es mayor y hasta maldiciones le echan al Presidente, porque es el único que recuerdan que está en el poder, ya que de los legisladores, esos que elegimos en los comicios electorales, pues ni se acuerdan de sus nombres y solo dicen: ¡Malditas ratas!
Ahora con el uso de las redes sociales, cualquier hecho, por más pequeño que sea, es atacado con los calificativos más pelados y toscos. Los más groseros están escritos con faltas de ortografía, y son peores cuando se tratan de políticos y sus familias.
La cosa se pone peor en el periodo electoral, ya que la opinión pública se divide en dos bandos: los que odian con todo su ser al PRI y expresan una fidelidad inquebrantable a Morena, y los que despotrican en contra de los morenistas y su fundador. Los primeros son catalogados como “pejezombies”, por su ardiente fervor al partido instituido por Andrés Manuel López Obrador, precandidato de la coalición Juntos Haremos Historia. Los segundos son descritos como “cometortas” por hacer comentarios negativos contra el partido “de la esperanza de México”.
Es increíble el nivel de división que genera la política, ya que en discusiones sobre temas polémicos, los adjetivos calificativos sobran y hasta inventan nuevos.
Incluso un joven, quien asegura que nació en los primeros minutos del año 2000 y en este 2018 serán sus primeras elecciones, fue duramente criticado por los internautas por mostrar su preferencia por José Antonio Meade, candidato de la coalición Meade Ciudadano por México. Le dijeron que a su mamá le faltó tomar ácido fólico, que era una vergüenza, un cometortas… entre otros.
Lo más lamentable es que si estás en contra de Morena, o siquiera llegas a decir algo malo del partido o de López Obrador, te ganas enemigos acérrimos que te catalogarán con los peores adjetivos, al igual que su precandidato, quien también usa las descalificaciones para referirse a todo a aquél que no esté de acuerdo con su ideología. “Mafia del Poder”, “Señoritingo”, “Cochinos”, “Marranos”, “Cerdos”, “Pirruris”, entre otros, son usados por el morenista y aplaudidos por sus seguidores.
El uso de las descalificaciones en temporada electoral convierte al país en un mar de gritos y sombrerazos en el que los mexicanos son usados como peones y acarreados para que los políticos consigan el poder.
Solo ataques
No hay propuestas, solo ataques para ver quién tiene el mejor insulto que ofenda hasta en lo más profundo, para demostrar que eres el mejor y que no te importa si afuera hay un niño que no puede ir a la escuela porque sus papás no tienen dinero, una madre de familia que se quita el pan de la boca para mantener a sus hijos, un enfermo de cáncer que no puede gozar de un buen seguro médico y muere poco a poco esperando su cita para dentro de seis meses, un hombre que todos los días trabaja en un empleo que le ofrece para lo más básico y no le alcanza para ahorrar en el futuro.
Mientras que en estos momentos los mexicanos se la pasan viendo qué tontería dicen los precandidatos para discutir en las redes sociales, se olvidan que hay un país que necesita manos para trabajar para salir adelante, una nación que requiere menos ciudadanos que den mordidas y hagan las cosas como deben ser, un pueblo que pide que hayan más mexicanos que dejen de tirar la basura en las calles, que caminen en la acera, que respete los señalamientos, y que no ofenda a su vecino ni le meta el pie para que se caiga.
Los mexicanos no necesitan un mesías que lo salve de su miseria. Lo demostraron en los sismos de septiembre pasado, cuando salieron a las calles para ayudar a los que perdieron su hogar y un país mostró por primera vez unidad. Hay muchos que se sienten mejores personas criticando al opositor, pero los verdaderos patriotas son los que apagan su teléfono celular y se preocupan por sus semejantes, a esos que tienen cerca y que necesitan ayuda. No tiene que ocurrir una desgracia para que nos sensibilicemos y demostremos que podemos ser partícipes del cambio. ¿Qué pasaría si un día ignoramos por primera vez a los políticos y nos ponemos a trabajar unidos por sacar adelante al país?— Mérida, Yucatán.
Periodista
