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Profundización de propuestas

Filiberto Pinelo Sansores (*)

Hemos entrado en la parte sustancial y definitoria de la contienda electoral. A partir del primer minuto del viernes 30 arrancaron de manera oficial las campañas para que quienes buscan acceder, el próximo 1 de julio, a alguno de los puestos de elección popular en disputa, profundicen en sus propuestas.

Cada candidato y cada partido harán gala de su mejor esfuerzo para atraer los votos de un electorado cuyas preferencias definirán quiénes serán el próximo presidente del país, nueve gobernadores estatales, quinientos diputados federales, ciento veintiocho senadores, cientos de diputados a congresos locales y miles de ediles municipales. Nunca antes había habido una contienda así.

Importancia

Será ésta la madre de todas las batallas electorales, no sólo por el número de las candidaturas, sino por el grado de competitividad que ha alcanzado la oposición de izquierda, que es la única que representa la posibilidad de una auténtica ruptura con las formas de gobernar que han privado en México desde que el neoliberalismo le fue impuesto por todas las camarillas gobernantes que se han sucedido en el poder. Si miramos en retrospectiva lo ocurrido en los últimos 35 años, veremos, que, en muchos aspectos de su vida, el país, en lugar de avanzar, ha retrocedido.

Es el caso de la economía, desarrollada de una manera tal que produjo resultados notoriamente inferiores, insuficientes —y, sobre todo, contraproducentes—, comparados con los obtenidos por los gobiernos que antes tuvo el país, a pesar de ser todos priistas y llevar, por tanto, el sello de la casa: la corrupción y las formas represivas y antidemocráticas de gobernar. Sin embargo, en materia económica, resultaron menos malos que sus sucesores, defensores éstos del mismo dogma neoliberal con que han conducido al país a la difícil situación en que se encuentra, causa del rechazo de millones de mexicanos que, por eso mismo, están optando en número creciente por la opción de izquierda.

Un análisis superficial así lo muestra. Durante el periodo señalado (1940-1982), México creció económicamente, como lo hace China hoy, a ritmos que promediaron 7.21 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país. Incluso, todos esos gobiernos, llamémoslos no neoliberales, obtuvieron en, cuando menos, uno de sus años, tasas mayores a 8 por ciento.

Ávila Camacho obtuvo 9.68, en 1941 y 8.4 en 1944; Alemán, 9.72 en 1950; Ruiz Cortines, 8.48 en 1955; López Mateos, 8.11, en 1960 y 11.01, en 1964; Díaz Ordaz, 9.42 en el sangriento 1968; Echeverría, 8.23 en 1972 y López Portillo, no obstante haber fallado en su auto asignado papel de “perro defensor del peso”, tuvo registros de 8.96, en 1978, 9.23, en 1980 y 8.53, en 1981. Después, ningún gobierno, con todo y sus concesiones de territorio nacional, entregas de empresas y bienes públicos y transferencia de funciones del estado a particulares, nacionales y extranjeros -corazón de sus políticas- ha siquiera arañado tasas de crecimiento como esas. Al contrario, las suyas son cada día peores. Las cifras no mienten. Desde que Miguel de la Madrid implantó el sistema actual que, supuestamente nos llevaría al Primer Mundo, México ha crecido paupérrimamente: 0.34 por ciento en su sexenio; 3.9 en el de Salinas; 3.5 con Zedillo; 2.3 con Fox; 1.9 con Calderón y alrededor de 2.1 por ciento en lo que va del periodo de Peña con todo y sus llamadas Reformas Estructurales. El promedio de crecimiento del país durante ese lapso ha sido de 2.32 por ciento anual. O sea que han sido gobiernos peores que los siete que los antecedieron. Eso quiere decir que con sus políticas salimos de Guatemala y caímos en Guatepeor (Ver www.mexicomaxico.org).

Este mediocre desarrollo es una pálida muestra de lo que nos esperaría en el futuro si ahora mismo los mexicanos y los yucatecos no optáramos por cambiar a los representantes de esa filosofía del poder que, con promesas vanas, pone éste al servicio de minorías convirtiéndolo en un poderoso freno al desarrollo de un país, en el caso, el nuestro.

La alternancia en la dirección de México de dos partidos —PRI y PAN— que defienden lo mismo en materia económica y social, sólo representó un cambio tipo Gatopardo: cambiar algo para que, en esencia, todo siga igual.

Los candidatos de los dos partidos que, históricamente, comparten la responsabilidad de haberlo llevado por esta senda, no están haciendo más que seguir dando gato por liebre a los ciudadanos al prometerles lo mismo de siempre: cambios superficiales, sin tocar la esencia del sistema.

Nadie puede estar loco para exigir que regresemos a aquel pasado, anterior a 1982, entre otras cosas porque eso es imposible: la base material de él ya no existe. Más de dos mil empresas estatales que daban sustento al capitalismo de Estado, que existió hasta que llegó el neoliberal, pasaron a la esfera privada o desaparecieron, malbaratadas, en medio de una oleada de corrupción, por los neocorruptos, tan corruptos o más que los anteriores.

Pero sí es necesario estar muy lúcidos para exigir que los nuevos gobernantes y representantes populares orienten su trabajo a atender, no en el discurso, sino en los hechos, los intereses de las grandes mayorías, sobre todo de los excluidos, aunque para ello haya que afectar los de quienes, hasta hoy, por la vía del saqueo, la corrupción y la impunidad, han sido los grandes beneficiarios de este sistema. Esto, es obvio, no lo harán quienes forman parte de partidos plenamente identificados con este modus operandi, aunque en tiempos electorales se peleen por los cargos

En el transcurso de las campañas se irá decantando, aún más que como ya ha sucedido en las etapas anteriores del proceso, la visión de la gran mayoría de los votantes hacia lo que, a su juicio, más conviene a la nación y al estado. Así lo muestran las encuestas que aparecen todos los días en todos los medios y en las redes sociales, que confirman que la opción antineoliberal se fortalece cada vez más. Ahora habrá que prevenir el fraude electoral. Esperemos que México pase la prueba.— Mérida, Yucatán.

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

La alternancia en la dirección de México de dos partidos —PRI y PAN— que defienden lo mismo en materia económica y social, sólo representó un cambio tipo Gatopardo

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