Estampas
Jorge H. Álvarez Rendón (*)
Uno de los atenienses más sabios que hubo (y no lo digo yo, sino Platón, Alcibíades y Jenofonte, entre otros) fue el vecino Sócrates, discutidor empedernido y con propensión descifradora, quien tenía un lema aparentemente sencillo: Tan sólo sé que nada sé.
El lema no era realmente suyo, pues lo tomó de un pórtico en el oráculo de Delfos, pero revela un profundo escrutinio crítico. Tal es el principio de todo verdadero conocimiento. Dejarse de pretensiones y no cesar de averiguar para alzarse con el aprendizaje genuino y cabal. Indagar humildemente. Aceptar las verdades de donde procedan.
Bajo esa perspectiva, Sócrates se enfrentaba en las vías públicas a esos maestros de retórica y dialéctica llenos de ínfulas a quienes se conoce como sofistas. En diálogos escalonados y ágiles, medía lentamente sus líneas de fuerza y les demostraba la fragilidad de sus supuestos conocimientos.
Recordé al buen Sócrates a principios de este abril que se cumplieron 46 años de mi ingreso en las nóminas de Diario de Yucatán, primero como corrector de pruebas y más tarde como redactor con momentáneas variantes de cronista de espectáculos.
Ingresé en la corrección de textos después de un examen de ortografía y sintaxis que aprobé satisfactoriamente, lo que me produjo una perniciosa seguridad. No transcurrió ni un mes para que don Pepe Navarrete me demostrara, diccionario en mano, que mi conocimiento del idioma presentaba fisuras. Bajé varios peldaños de mi orgullo y acepté todos los consejos que pude.
Ya en las alturas de la redacción, el jefe me envió una noche a reseñar un espectáculo de zarzuela en el hoy desaparecido teatro Cordemex. La crónica que escribí era propicia como ejemplo de todo lo que no debe incluirse en un texto de esa naturaleza: ausencia de organización, repeticiones, despliegue de datos innecesarios, confusión, dimensión extrema.
Con tinta roja, el jefe me señaló los defectos. El diablillo de Sócrates (aquel “daimon” benefactor) se me hizo presente y tomé la decisión de reducir el velamen del amor propio y aprender lo más posible. Cuatro veces redacté esa crónica hasta que estuvo más o menos satisfactoria. Lo mismo sucedió con las 400 restantes hasta que llegó el día —de alegría— en que no hubo ningún trazo rojo. Había captado lo esencial de la estrategia, ser objetivo y no exhaustivo; evitar la fragmentación y restituir sólo el placer del detalle.
Pero de ahora en adelante —medité— quedaba en manos del censor más exigente que siempre es uno mismo. En el momento en que un redactor confía a ciegas en sus habilidades y relega los auxiliares, llámese diccionario o critica sensata, tabla de sinónimos o apoyos sintácticos, navega ya en aguas peligrosas porque el idioma jamás es dominado. Quienes lo manejamos nos sometemos a una travesía donde hay indicadores y normas. Aceptamos lo imprescindible de la corrección y la revisión continuas.
Recientemente, he tenido encuentros con jóvenes artistas de la pluma. Muchachos que se inician en la aventura lírica o la narración, y he podido constatar en muchos de ellos la fiebre de la vanidad. Antes que ceder a una enmienda o aceptar una crítica, prefieren ir por el camino “revolucionario” de los neologismos, las estructuras raras, los saltos de garrocha en detrimento del idioma.
Les parece que la libertad está por encima de la pureza. Que es el lector —destinatario— quien debe someterse a los caprichos del “artista” y ceder en sus propios parámetros. De esta manera, lo enunciativo pretende regir lo receptivo: el creador literario ya no consideraría la aptitud de sus lectores en el momento de trazar sus líneas.
Volvemos a la enseñanza socrática. El que se cree sabio ya no aprende. Quien considera sus fisuras como logros de exploración se empecina en moverse a oscuras. Sólo el que acepta y redime los errores crece en cada escrito.— Mérida, Yucatán.
jorgealvarezredon@hotmail.com
Cronista de Mérida
Recientemente, he tenido encuentros con jóvenes artistas de la pluma… y he podido constatar en muchos de ellos la fiebre de la vanidad…
